Cien es un número redondo, un número con estatus porque permite decir que algo es centenario. Centenario como esos árboles que desde nuestra escala humana parecen eternos. Centenarios nos gustaría ser a todos, como esas personas que colocan tres velas de cifra (o cien velas individuales) rodeados de familiares emocionados. Y este año se hace centenaria la Pastelería Yagüe fundada en 1921 por Pedro Yagüe y Elisa Aceña, nombres y genes que combinados dan, por ejemplo, en mí.
Yo no sería yo si mi familia no hubiera sido pastelera, las circunstancias nos dan esos materiales con los que nos construimos y construimos nuestras vidas. En mi caso, esta circunstancia me enseñó a trabajar duro, a levantarme pronto, a estar cara al público, a ser creativa y a escuchar mucho. A escuchar a quienes tenía que atender y a escuchar a quienes estaban trabajando. Y puede que ahí creciera mi amor por escuchar historias, porque siempre alguien tenía algo que contar. De hecho, había historias que me gustaba escuchar una y otra vez, que solían contarse en una fecha exacta –con los roscones o con los buñuelos–. Y es que hay trabajos que dan para cantar, pero en un obrador, o al menos en este obrador siempre se ha contado, conservando la historia familiar y de alguna manera parte de la historia –o intrahistoria– local.
Este verano, tras escuchar a narradores orales, leer sobre despoblación y conocer iniciativas que trabajan en la conservación del medio rural, siento que vamos perdiendo nuestra memoria colectiva. Siento que nuestro municipio puede convertirse en un municipio dormitorio sin alma, y por eso, saber que un establecimiento es centenario, que lleva existiendo más tiempo que muchos edificios emblemáticos, me devuelve cierta esperanza en que todavía podemos recordar y elegir lo que queremos ser. Escuchemos y contemos.
