Desde hace año y medio la localidad de Los Huertos tiene cuatro vecinos de nacionalidad chilena (Miguel, Maritza, Diego y Javiera) plenamente integrados en la vida del pueblo, y que quizá por regentar actualmente el único bar de la localidad, son un punto de encuentro, referencia y convivencia diaria con los vecinos. Primero llegó a España el padre, Miguel, y después los demás. Con anterioridad, han vivido en Zamarramala y en Ortigosa del Monte.
Un toque chileno, cálido y acogedor tiene Los Huertos, en su punto de encuentro más popular o referencial, como es su bar. Un sitio tan importante, para la vida social y de convivencia de los pueblos. Desde hace dos meses, los chilenos Miguel Rojas Bórquez y su mujer Maritza, tras una importante reforma para poner el mismo al día, rigen los destinos del único bar de la localidad, con el afán de “ofrecer un buen servicio a todos los habitantes y a la vez ganarnos la vida”, señala Miguel, al que en Los Huertos, sus paisanos y clientes llaman “Chileno”, señala con orgullo.
La pequeña cronología de la llegada de esta familia a España comienza hace cinco años, cuando Miguel, por los designios de la vida, toma destino a España en solitario para trabajar con la empresa Cobra, para la compañía Telefónica. “Después al año, traje a España, a mi mujer, y a mis dos hijos, también chilenos, Diego y Javiera, de 14 y 10 años respectivamente”, explica. Un primer paso y un primer trabajo, “que por razones de la crisis perdí, estableciendo entonces mi primera residencia, en Zamarramala”.
El siguiente destino fue Ortigosa del Monte, “donde trabajé unos meses en el Ayuntamiento”, y es en la localidad serrana, donde actualmente trabaja su mujer, Maritza, ocupada en las labores de auxiliar de enfermería en la residencia del Doctor Barrios.
Pero es en Los Huertos donde residen desde hace año y medio, cuando han encontrado la tranquilidad para hacer una vida feliz. “Un pueblo pequeño, donde la tranquilidad es impagable”, recalca el chileno. La adaptación a España en ningún momento ha sido difícil, “ha sido buena, hablamos la misma lengua y vamos cogiendo todos los modismos del castellano, sin problemas”, expresa Miguel, que recuerda que en Segovia “hay pocos compatriotas”.
Otro aspecto es el de las comidas, “los productos aquí son los mismos, sólo que preparados de otra manera”. ¿Y qué echa de menos de su país?. “Sin duda, a mi familia y a mi madre (María), en especial”. Miguel Rojas recuerda que antes de ponerse al frente del bar del pueblo, trabajó como alguacil un periodo de seis, “un hecho que aún me ha aportado, sin duda, una mayor integración, al conocer a todos los vecinos, y al pueblo más de cerca”. Si algo destaca Miguel, “es la disposición y ayuda de los vecinos desde que llegamos”, asegura agradecido.
Entre algunas de las diferencias que encuentra nuestro protagonista entre España y Chile alude sobre todo “a conversar con la gente, aquí el alterne del bar es más de todos los días; en Chile, la gente sólo va a los bares el fin de semana, y se hacen muchas cosas en las casas”, indica. El trabajo es otra de las pautas importantes, “sin duda, el horario de trabajo en España te deja más tiempo para la vida familiar y social, en Chile te ocupa la mayor parte del día, con jornadas más largas”.
Finalizado nuestro encuentro, al que su mujer Maritza ha llegado más tarde, al estar ocupada, Miguel recuerda que sueña con enviar este recorte de prensa a los suyos “allá a Chile”.
‘Sopa i pillas’, y otros dulces
Al entrar al bar de Miguel y Maritza, además del aspecto remodelado que mantiene el mismo, la mirada inevitablemente se desplaza hacia una bandera, la de Chile, que se sitúa en la parte superior de la barra, entre el botellero, y que destaca por su color y exposición. Nunca se olvida a la madre patria, aunque ambos no tienen pensado volver, según manifiesta Miguel, de 47 años de edad y natural de Batuco (Chile), un pueblo de 16.000 habitantes, situado a 40 kilómetros de la capital, Santiago de Chile. Pero no sólo se vislumbran símbolos chilenos, ya que Maritza elabora frecuentemente productos del país latinoamericano. “Preparo cosas que la gente prueba y les gusta, empanada chilena y una masa frita denominada ‘sopa i pillas’, así como tartas, en las que incluyo mucha fruta, o dulces de leche entre otros, que la gente prueba en porciones”, relata con satisfacción. Este encuentro en una mañana de otoño, junto a una estufa y una mesa del interior del bar, no lo quiere dejar escapar Miguel para recordar de nuevo, “el agradecimiento a la gente de Los Huertos, por el cariño que nos han demostrado en todo este tiempo, nos han acogido muy bien, siempre dispuestos a ayudarnos”, concluye. A.P.