Con el concierto de The Mavericks de la noche del sábado concluyó un fin de semana de buena música, dos jornadas enteras de un Festival que ha puesto el listón en el puesto más alto de sus tres ediciones. En ésta, según la organización, han pasado alrededor de 10.000 personas.
La noche del sábado dio comienzo con una vuelta atrás a los primeros años del country; una voz dulce, suave y melódica sonaba en el campo de fútbol de la localidad, era Whitney Rose, un prodigio entre los virtuosos del “vintage country”. Y mientras, el ritmo no paraba entre acordes a corazón abierto llegaba Sam Outlaw, un californiano con toques de mariachi, una mezcla de contrastes y sentidos que abrían paso para unos viejos conocidos. Un público acogedor recibía con cariño e ilusión las voces de la auténtica música popular americana, The Mavericks, el grupo revelación de ediciones anteriores rompió el silencio y trajo al convite la diversión, el gancho y la animación. Fue una noche sublime, propia de un Festival extraordinario.
Sin lugar a dudas, la sensación de los asistentes fue de satisfacción al mismo tiempo que de agradecimiento. Los visitantes corroboran haberse sentido durante todo un fin de semana como en casa, y ello es debido al esfuerzo que dirección, personal técnico, personal de equipo, colaboradores y la propia localidad han puesto para que todo saliera a pedir de boca. La música country es una música de raíces, de campo, una música cuyos orígenes son transmitidos de generación en generación, y eso mismo es Riaza, un pueblo de naturaleza, de tierra trabajada, un pueblo de productos agrícolas y ganaderos, un pueblo donde las costumbres y el “buen saber” vienen del tú a tú entre su gente. El sábado por la mañana los aficionados al western no fueron los únicos que bailaron al son de banjo, guitarra y tejanos; los riazanos y riazanas se encontraron como uno más entre el abolengo. De esta sincronía y conexión ya van tres años, tres años de un perfecto equilibrio que hacen este lugar y su Festival un evento inédito en España.