Queridas madres, queridos padres:
Me dirijo a vosotros con profunda preocupación y con la necesidad urgente de invitaros a reflexionar sobre lo que estamos viviendo en los campos de fútbol base. En las últimas semanas hemos vuelto a ver situaciones que nunca deberían tener lugar en un espacio dedicado a la formación, el respeto y el crecimiento de nuestros hijos e hijas.
En la temporada 2024/25, los árbitros españoles sufrieron 177 agresiones físicas, de las cuales 24 las recibieron menores de edad. Entre estos casos, incluso un padre esperó a un colegiado en el aparcamiento para agredirlo brutalmente. ¿Os dais cuenta de lo que significa que un adulto llegue a ese extremo delante de niños que solo quieren jugar?
Y lo ocurrido hace apenas unas semanas en Segovia debería encender aún más nuestras alarmas: un partido juvenil terminó suspendido por una pelea multitudinaria en la grada, en la que participaron unas treinta personas, dejando cuatro heridos, dos de ellos trasladados al hospital ¿Cómo podemos pedir a los jóvenes que respeten el juego si son los adultos quienes lo ensucian con su comportamiento?
El fútbol no es violento. La competición no es el problema. El problema somos quienes olvidamos nuestro papel. Muchos padres interpretan el partido desde la pasión, desde la frustración o desde la necesidad de que su hijo destaque. Pero esa emoción mal gestionada se convierte en agresividad, y esa agresividad se traslada a los árbitros, entrenadores, rivales e incluso a los propios jóvenes.
Demasiados adultos reaccionan con insultos o violencia ante una simple decisión arbitral, sin entender que equivocarse es parte del juego, y … de la vida
Un árbitro, igual que un jugador, decide en segundos. Puede equivocarse. Claro que sí. Pero como decía Rafael Nadal, ‘en el deporte lo más habitual es cometer errores’. El error no define a la persona. Y, sin embargo, demasiados adultos reaccionan con insultos o violencia ante una simple decisión arbitral, sin entender que equivocarse es parte del juego, y … de la vida.
Quien no sabe aceptar un error en un campo de fútbol difícilmente sabe aceptarlo en su día a día. Y esta falta de educación emocional no solo perjudica al deporte: perjudica a nuestros hijos, que aprenden del ejemplo que les damos.
Os pido, desde la responsabilidad y desde el amor hacia vuestros hijos, que reflexionéis sobre lo siguiente: El entrenador es quien forma al jugador, no la grada. El árbitro garantiza el juego, no es un enemigo para abatir. Los niños necesitan un entorno seguro, no un ambiente hostil. El respeto es el valor más importante que pueden llevarse del deporte, mucho más que una victoria.
Cuando os levantáis, gritáis, insultáis o discutís, vuestros hijos no aprenden fútbol: aprenden miedo, tensión, arrogancia o violencia. Y eso, creedme, no es lo que queréis transmitirles. Si queremos que el deporte eduque, primero debemos educarnos nosotros. No podemos pedir calma, respeto y deportividad a los jóvenes si los adultos somos incapaces de demostrarlo.
Por eso os animo a: respirar hondo antes de reaccionar, recordad que vuestros hijos os observan. Entended que nadie —ni jugadores, ni entrenadores, ni árbitros, ni padres— es perfecto y aceptad que el objetivo en el fútbol base no es ganar, sino crecer.
Por el bien de vuestros hijos e hijas, dejad que el deporte sea deporte. Os lo digo con toda claridad y sinceridad: no os entrometáis en las funciones de los entrenadores y árbitros, no trasladéis vuestras frustraciones al campo, no hagáis del fútbol un lugar de conflicto, permitid que vuestros hijos jueguen, se expresen, aprendan y disfruten. Porque el fútbol debería ser un espacio donde crecer como deportistas… pero, sobre todo, como personas.
Con respeto y con la esperanza de que reflexionemos juntos. Feliz año.
