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Caravaggio y el retablo de San Andrés

por Daniel Cuesta Gómez
29 de mayo de 2022
en Segovia
El retablo de San Andres

El retablo de San Andres

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Por poco que se conozca la Parroquia de San Andrés de Segovia se sabe que su seña de identidad es la cruz de aspa rematada por una corona. Ésta se encuentra en muchos lugares de su iglesia parroquial, constituye el emblema de su Feligresía, aparece en sus medallas, bordada en el estandarte y en sus túnicas de Semana Santa, en insignias e incluso en las mascarillas realizadas durante la pandemia. Quizá por eso, al observar atentamente el retablo mayor del templo llama la atención que, si bien la cruz de aspa se encuentra presente en los escudos de su predela, está sin embargo ausente en las principales imágenes que representan el martirio del Apóstol San Andrés. Así, en su relieve central, obra del genial escultor barroco Gregorio Fernández, nos encontramos con una representación de San Andrés, rodeado por sus verdugos, elevando sus ojos hacia una cruz latina que sobresale enormemente de la hornacina que enmarca este altorrelieve. Lo mismo ocurre en la escena que se encuentra a su misma altura, en la calle derecha del retablo. En ella ubica un magnífico lienzo tenebrista del pintor segoviano Alonso de Herrera (conocido principalmente por su trabajo en el Monasterio de El Escorial). Allí, el martirio del Apóstol tiene lugar en una cruz latina, de un modo semejante al de Jesucristo.

Como se puede imaginar, la presencia de estas dos representaciones artísticas del martirio de San Andrés ha supuesto un interrogante no sólo para los propios feligreses, sino también para aquellos que han estudiado este retablo. Para algunos, el uso de la cruz latina obedecería a razones prácticas. Siguiendo esta explicación, Gregorio Fernández habría optado por una esta tipología de cruz debido a que la falta de espacio y puntos de apoyo en el retablo harían muy difícil la inclusión de una cruz de aspa. Así, en un momento posterior, Alonso de Herrera habría optado por representar a San Andrés en concordancia con el relieve central del retablo. Hay quien, sin embargo, razona de un modo contrario, aludiendo a que habría sido Herrera quien hubiera reutilizado el lienzo de una crucifixión, adaptándolo al martirio de San Andrés. Este hecho habría sido la causa de la inclusión de la cruz latina en la composición de Gregorio Fernández. Para otros, la presencia de la cruz latina en el retablo respondería a motivos iconográficos. Siguiendo esta explicación, el relieve central representaría el momento en el que San Andrés, al ver la cruz preparada por sus verdugos, afirma que no es digno de morir del mismo modo que su Salvador, provocando el cambio de la cruz latina por la cruz en aspa. Sin embargo, esta explicación se topa con el problema de que, en la pintura de Herrera, el Apóstol aparece crucificado en una cruz latina.

En realidad, las razones por la que la cruz de aspa se encuentra ausente en el retablo de San Andrés son de tipo iconográfico. Al elegir la cruz latina para la crucifixión del Apóstol, Gregorio Fernández y Alonso de Herrera están tratando de conectar con la tradición más antigua en lo que la crucifixión de San Andrés se refiere. Y es que, por sorprendente que pueda parecer, lo cierto es que los primitivos relatos del martirio de San Andrés no hablan de la cruz de aspa con la que hoy todos lo identificamos. Así, en el libro de las Acta Andreae (datado hacia el año 150 de nuestra era) se narra cómo, al llegar al lugar de su suplicio y ver la cruz que se había preparado para él, San Andrés elevó sus ojos hacia ella y pronunció una oración. En ella, exclamaba “¡Salve, oh cruz!” y le decía que conocía su misterio, cosa que es muy interesante, puesto que no deja dudas de que se trata de una cruz latina. Puesto que el Apóstol afirma que está plantada en el mundo para establecer lo inestable, ascendiendo hacia el Cielo para dar a conocer los misterios y palabra de Dios, a la vez que para unir las cosas celestiales y las terrenales. Y otra parte de la cruz se extiende de derecha a izquierda para reunir y unir todo aquello que se encuentra disperso por el mundo. Por lo tanto, en este relato no sólo se encuentra ausente la versión de que San Andrés se consideró indigno de morir en la misma cruz de su Señor, sino que está en contradicción con ella, al presentarnos a un Apóstol que saluda con veneración a una cruz latina, a la que entrega su cuerpo para ser martirizado. En esta misma línea, es interesante comprobar como en el texto de la Leyenda Dorada (compuesto por el dominico Santiago della Voragine en el siglo XIII, y que es uno de los más influyentes en la iconografía de los santos), se siguen estas mismas líneas guía a la hora de componer el relato del martirio de San Andrés.

Por tanto, con los textos y las representaciones artísticas en la mano, todo parece indicar que la cruz de aspa en relación con el martirio de San Andrés no aparecería antes del siglo XIII, concretamente en las Islas Británicas, particularmente en el territorio de Escocia, del que el Apóstol fue nombrado patrono en el siglo XII. Sin embargo, la expansión de esta iconografía por el continente no tendría lugar hasta el siglo XV y estaría muy ligada a la llegada a Europa de una reliquia con esta forma y a la adopción de la misma como emblema de la Casa de Borgoña y a la Orden del Toisón de Oro. A partir de este momento se crearía el relato que todos conocemos, según el cual, San Andrés, al considerarse indigno, habría rechazado morir del mismo modo que su Señor, y habría sido crucificado en una cruz con forma de aspa. Una narración que, por otra parte, es prácticamente un calco del martirio de su hermano San Pedro en una cruz invertida en la ciudad de Roma. Es muy interesante ver como en pocos años este relato debió prácticamente sustituir y anular al anterior, aunque esto no excluye que existan todavía ciertos ejemplos en los que se puede contemplar a San Andrés o bien crucificado en una cruz latina o bien portándola en sus manos como atributo de su martirio.

Ahora bien, después de conocer todo este proceso, surge la pregunta de por qué, en pleno siglo XVII, en la ciudad de Segovia, aparece una representación del martirio de San Andrés que sigue la forma primitiva y original de su relato. Una representación que, aparte de ser prácticamente única en el territorio español, no tuvo demasiada repercusión en el panorama artístico local. Así lo demuestra el hecho de que en el retablo de la Capilla de San Andrés de la Catedral, realizado pocos años después, se representara a San Andrés crucificado en una cruz de aspa, y en los de la Parroquia de Santo Tomás y la capilla sacramental de San Miguel, el Apóstol se identifique por medio de esta cruz.

Por extraño que pueda parecer, las razones que explican la elección de la cruz de aspa en el retablo de San Andrés de Segovia nos llevan hasta la península italiana. Y es que, debemos tener en cuenta que esta obra de arte se realizó en el siglo XVII, dentro del espíritu de la Reforma Católica marcado por el Concilio de Trento. De este modo, tenemos que entender que, durante estos años en Italia, y por ende en toda la Iglesia Católica, se dio una tendencia que trataba de eliminar todos los aspectos anecdóticos, ornamentales y distractivos de las obras de arte sacro, para lograr así que éstas, por un lado se adecuaran lo más posible a las narraciones originales y, por otro, representaran los aspectos esenciales de las mismas. Éste es el motivo por el que en esta época encontramos varios ejemplos del martirio de San Andrés en una cruz latina a lo largo de la geografía italiana. Todos ellos son probablemente fruto de una revisión de la iconografía de la crucifixión del Apóstol a la luz de las narraciones de la Leyenda Dorada y de las Acta Andreae.

En el caso concreto del retablo de San Andrés de Segovia, juega una importancia decisiva una de estas obras de arte italiano. En concreto un lienzo de la Crucifixión de San Andrés, obra del famoso pintor Michelangelo Merisi, il Caravaggio, que desde que el Gobierno de España autorizara su venta en 1973, se encuentra en el Museo de Cleveland. Se trata de un cuadro pintado por el famoso pintor barroco durante una de sus estancias en Nápoles, entre los años 1606 y 1607. En él se representa precisamente al Apóstol San Andrés crucificado en una cruz latina, siguiendo las fuentes citadas anteriormente. La pintura fue adquirida por el virrey de la ciudad, el quinto duque de Benavente, Juan Alfonso Pimentel de Herrera. Éste, finalizaría su servicio napolitano en el año 1610, trasladándose inmediatamente después a Valladolid, trayendo consigo varias obras de arte, entre las que se encontraba este Caravaggio, que se instalaría en el Palacio de Pimentel de la ciudad del Pisuerga. Por testimonios de la época sabemos que la llegada de la pintura a Valladolid fue todo un acontecimiento que causó una gran fascinación entre el mundo de los artistas y los amantes del arte, que se apresuraron a visitarla y a admirarla en dicho palacio. Entre ellos estaría aquel que era uno de los mayores protagonistas del panorama artístico vallisoletano del momento; el escultor Gregorio Fernández. Y también es probable que hasta el Palacio de Pimentel se acercara el pintor Alonso de Herrera, puesto que su hijo era fraile en el convento de la Merced de Valladolid y su yerno era colaborador de Gregorio Fernández.

Ambos, escultor y pintor, debieron quedar fascinados por la obra y por ello la estudiaron, no solo desde el punto de vista técnico, sino también desde su vertiente iconográfica. De este modo se entiende que, a partir del año 1610, a la hora de realizar el retablo de San Andrés de Segovia, se decidieran, (con la aprobación del mentor eclesiástico del conjunto artístico), por la utilización de la cruz latina y no por la de aspa. Con esta elección se colocaban en la vanguardia artística y también espiritual del momento. Puesto que, por un lado, seguían a uno de los pintores más afamados de entonces, y también de ahora, como es el Caravaggio, mientras que, por otro, encarnaban de alguna manera los dictámenes de la Reforma Católica en lo que a la claridad y a la búsqueda de las fuentes originales se refiere. Una apuesta que debió de contar con no pocas críticas, como lo demuestra el hecho de que esta iconografía no fuera seguida en adelante ni en la ciudad ni en el territorio de nuestro país.

Por todo ello, se puede concluir afirmando que el retablo de San Andrés de Segovia no solo constituye uno de los mejores ejemplos del barroco clasicista de la ciudad, sino que también se trata de un ejemplar único en el campo artístico e iconográfico. En primer lugar, porque nos remite al gran pintor Michelangelo Merisi, il Caravaggio, y a una de sus obras que llegaron a España y que cuenta además con una historia y unos avatares muy interesantes. En segundo lugar, porque nos habla de un proceso muy curioso y desconocido, como es el del cambio de la iconografía de San Andrés de una cruz latina a otra de aspa, así como de la popularización de esta misma, hasta el punto de hacer olvidar la primera. Y, por último, en tercer lugar, nos abre a un período de la Historia de la Iglesia, y por ende, al de la Historia del Arte Sacro, como es el de la Reforma Católica, posterior al Concilio de Trento.


Más información: artículo en Estudios Segovianos

Cuesta Gómez, D., (2022), “El martirio del Apóstol San Andrés en una cruz latina en el retablo mayor de la Parroquia de San Andrés de Segovia”, Estudios Segovianos, 120, Tomo LXIII, pp. 197-222.

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