El reloj hace un rato que sobrepasó las seis de la madrugada y, sin embargo, parece que nadie quiere, o puede, irse a dormir. En el patio de un colegio madrileño que durante estos días se ha convertido en el hogar de cientos de peregrinos de distintos puntos del mundo, se respira un ambiente festivo. Las jornadas se alargan casi hasta que sale el sol para recordar los momentos más especiales del día y compartir experiencias con otros jóvenes.
La tertulia de la primera noche que pasamos allí gira en torno al Vía Crucis y, sobre todo, a la entrada del trono del Cristo de Mena en el Palacio Real, un espectacular acto del que acabamos de regresar. Giovanni, estudiante de Arte llegado de Roma, dice «estar aún emocionado» con el especial mecer del paso al son del himno legionario entonado por cientos de gargantas. Su amigo Roberto asiente mientras nos enseña las fotografías que ha tomado porque «será difícil explicar esto a la familia sin imágenes», afirma.
Al entrar en el gimnasio, sigilosos para no despertar a los que están ya durmiendo, nos sorprende el mar de cientos de sacos con jóvenes que tratan de descansar para el sábado. A pesar de la oscuridad, podemos ver que en las paredes cuelgan camisetas de la JMJ y banderas que reflejan que allí hay gente de Argentina, Colombia, Italia y media docena de países más.
La organización y el respeto que se vive en el centro educativo llama la atención casi desde que entras. A pesar de las colas en las duchas, las pocas horas de sueño e, incluso, de guitarras y cánticos que no dejan de sonar desde primera hora, nadie pone una mala cara ni recrimina nada al compañero. «El buen rollo de la gente nos facilita el trabajo», comenta José, uno de los voluntarios que va por los grupos informando sobre el calendario de actividades del día.
La mayoría de los peregrinos ha venido en grupo, pero todos se relacionan entre sí. «Yo he pasado más tiempo con los franceses, que con mis amigos y eso que apenas hablo su idioma», nos cuenta divertida María, que llegó el martes desde Salamanca.
Otra vez el patio se convierte en el punto clave de charlas y tertulias. Los participantes que no han venido con un coordinador deciden allí el plan del día con la Vigilia como colofón perfecto. «Estamos mirando cómo llegar a Cuatro Vientos, porque no nos apetece ir andando», comenta Miguel que ha venido desde Palencia con otras nueve personas más.
El sábado, antes de llegar al aeródromo, los jóvenes se dispersaron por Madrid para disfrutar de la ciudad en una jornada sin tanta carga de actos como las anteriores. Casi en cada rincón del centro de la capital podías encontrarte con algún peregrino que aprovechaba para comprar algún recuerdo o para visitar distintos monumentos. «Mi hermano me pidió una camiseta de Benzema y tengo que llevársela», confiesa un joven profesor francés que se llama Henry y que, tras la compra, disfrutaba de un refresco en una terraza cercana junto a sus compañeros.
Muchas de las nuevas amistades que salen de la JMJ, y que como nos contaban los jóvenes seguirán gracias a las redes sociales, se han forjado en la noche madrileña. «Algunos se creen que como somos cristianos no salimos de fiesta», afirma Vicente que el lunes estaba ya en la ciudad y que se enorgullece de haber cumplido el papel de guía nocturno para los grupos extranjeros.
«Nunca he visto la sala así en agosto» subraya Jorge, aparcacoches de un local de copas donde varios peregrinos acabamos el día, por sevillanas, tras abandonar Cuatro Vientos debido a la tormenta. A pesar de que la agenda del domingo comenzará temprano, la noche se prolonga de fiesta hasta casi el amanecer porque el cansancio parece no entrar en el vocabulario de estos jóvenes.
No hay billetes
Un encuentro de gente tan multitudinario como éste, tiene también su parte negativa, precisamente, por las aglomeraciones. Así, tanto la noche del viernes como la jornada del sábado entrar en un establecimiento de comida rápida del centro de la capital se convertía en una odisea de la que muchos desistimos por no tener paciencia para aguantar las colas.
Algo similar ocurría en las tiendas de recuerdos y en un céntrico local que vendía el merchandising oficial de la JMJ. Y los comerciantes, claro, encantados con los jóvenes.
En los jardines del Retiro, los peregrinos caminaban sin rumbo buscando un hueco a la sombra para descansar un rato, pero la tarea no era fácil. Decenas de jóvenes habían tenido la misma idea y en todo el parque se podía colgar el taurino cartel de «no hay billetes».
También la Puerta de Sol, a pesar de las altas temperaturas y de que allí no hay árboles bajo los que cobijarse para evitar el calor, permanecía repleta de peregrinos que animaban la céntrica plaza con sus cánticos.
