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Calaveras en el muro

por Redacción
1 de noviembre de 2011
Cráneos humanos colocados en uno de los muros de la Casa de Ánimas de Hontalbilla

Cráneos humanos colocados en uno de los muros de la Casa de Ánimas de Hontalbilla

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Las festividades de Todos los Santos (1 de noviembre) y de de los Fieles Difuntos (2) traen a la memoria de las personas de mayor edad escenas de su juventud, de un tiempo no demasiado lejano pero radicalmente diferente al actual. ¿Qué octogenario no recuerda cuando las campanas de la iglesia de su pueblo se tiraban toda la noche del 1 de noviembre con su lúgubre cantar?.

Con el inexorable paso de los años, los ritos han variado hasta tal punto que lo que en un momento era comúnmente aceptado se convirtió después en extravagante, hasta finalmente ser claramente rechazado. En la provincia de Segovia, varios casos corroboran esta tesis.

Hasta hace escasas décadas, la relación de los vivos con la muerte era más natural a la que es hoy en día. Solo así se entienden imágenes como la que se puede ver en la Casa de Ánimas de Hontalbilla, en cuyos muros se colocaron calaveras humanas. Aunque para la mentalidad actual pueda parecer tétrica esa visión, tal tradición refleja un hecho, el de que la muerte estaba todos los días presente entre quienes construyeron ese edificio. Era un recordatorio diario de la muerte, que a todos alcanza.

Al parecer, esa costumbre de poner calaveras en los muros de edificios religiosos llegó a ser frecuente, aunque cayó en desuso a inicios del siglo XX. La llamada ‘Encuesta del Ateneo’ —la mayor encuesta etnográfica realizada a nivel nacional, llevada a cabo en los años 1901 y 1902— señala que en algunas iglesias segovianas, como en Cuéllar, era habitual poner en la pared del pórtico varias calaveras empotradas. La misma encuesta señala que, en la comarca de Fuentepelayo, “raro es el pueblo en cuyo cementerio no haya una cruz en la tapia que mira al pueblo hecha con calaveras empotradas”. El paso de los años ha borrado esa estampa. En ese sentido, Hontalbilla ha quedado como un solitario testigo, sin olvidar el caso de Tejares, donde en el exterior de la iglesia también quedan restos de cráneos.

El tiempo se llevó también a las lloronas o plañideras. Escribe Gabriel María Vergara, en su magna obra “Derecho consuetudinario y economía popular en la provincia de Segovia” (1909) que en Prádena y otros pueblos de la provincia, en particular los de la Sierra de Guadarrama, se conservaba todavía entonces la costumbre de que fuera alguna mujer a casa del difunto “a llorar y a rezar hasta que sacan el cadáver para enterrarlo”. Y, si el muerto era un niño menor de siete años de edad, “cantaba coplas alusivas a la alegría que produce que un ángel vaya al cielo”.

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