Los griegos eran tan respetuosos con lo religioso, especialmente con los dioses, que en el ágora (plaza) de la polis (ciudad) existían altares dedicados a diversos dioses, de manera que cada ciudadano pudiera tener devoción a alguno o algunos de ellos, es más, en la sociedad grecorromana existían los llamados “lares” o dioses del hogar.
Hoy, también en la sociedad llamada secular (seglar) o laical (popular), existen altares a los dioses: el dios de la política, el dios de la guerra, el dios del consumo, el dios del vino, el dios del genero, el dios del sueño, e incluso el dios de la ecología. Hoy se adora a estos dioses y se les ofrece culto con manifestaciones, estandartes, pancartas y sometimientos. Algunas personas son capaces de morir sirviendo a estos dioses e incluso son recluidos en la cárcel por haber servido corruptamente a estas divinidades.
Todo ello muestra que el ser humano es un ser “religioso” pues necesita religarse a alguien o a algo. En este caso, el cristianismo se religa a un dios personal que se llama el Dios del amor y de la generosidad. Así para el cristiano la Navidad y la semana santa son momentos para acercarse a descubrir la ternura amorosa de un Dios que quiere una sociedad solidaria con la humanidad y con la naturaleza.
Pues bien, los elfos traviesos han querido que estos días se comente lo que de manera imprecisa se ha llamado el ‘giro católico’ de la cultura. A raíz del libro de Cercas que le ha llevado a conocer algunos aspectos de la iglesia católica, el éxito de la película ‘Los domingos’ de Ruíz de Azua y el fenómeno de Rosalía con su disco ‘Lux’, cuyas referencias teológicas son explícitas, se puede decir que lo católico se ha puesto de moda. Sin contar la recuperación de la filósofa francesa Simone Weil por parte de Byung-Chul Han, recientemente galardonado con el Príncipe de Asturias de las Humanidades. Una Simone Weil que, por cierto, inspira la letra y arreglos del disco de Rosalía.
Los comentadores están sorprendidos porque en el universo cultural de bien entrado el siglo XXI lo relacionado con la fe, la esperanza y la caridad como virtudes teológicas siga teniendo predicamento cultural. Algunos esperaban que la religión siguiera siendo el opio del pueblo como deseó Marx, que el desencantamiento anunciado por Max Weber tuviera la última palabra sobre el sentido de la historia o que el tecno-post-humanismo nos hiciera felices a todos acelerando el número de artefactos (teléfonos móviles, TV, etc) con los que entretenernos y aborregarnos. Otros esperaban que el consumo y el estado de bienestar regulen la brújula de las necesidades a través de nuevos ateísmos, agnosticismos y descreimientos con interpretaciones laicistas del presente, como si los procesos de manipulación política consiguieran desvitalizar la memoria histórica. Pues no, lo que se está produciendo es una adaptación de la sed de Dios a la ciudad secular.
El fenómeno es complejo y sus análisis deben arrancar con tres presupuestos. Primero que los teóricos de la secularización han revisado sus planteamientos y descubierto que la vida sigue teniendo cierto encanto y gracia, aunque su interés político no lo perciba. El propio Peter Berger ha reconocido que hay pluralidad de altares en la modernidad y es más correcto hablar del fin del laicismo. Segundo, que los humanos somos, como decía Gustavo Bueno, ‘animales divinos’, o como nos recordaba Zubiri ‘constitutivamente religiosos’. Esta apertura constitutiva es una fuente inagotable de creatividad y huella de un Infinito, que se manifiesta en que la pasión por la libertad, la verdad y el poder de la imaginación son veredas de gracia metafóricamente desbordantes. Y tercero, porque la clave no está en las respuestas o formas liquidas y sedantes complacientes, más o menos saludables, sino en el fenómeno natural, carnal y navideño de la sed.
Han nacido nuevos movimientos, alguno de ellos juveniles, que buscan a Dios en la religión. A quienes no les convencen ni les hacen felices los dioses de la política y del consumo, se acercan a la religión y a veces a las sectas. Otros por desgracia, caen en la esclavitud del suicidio: pero no hay duda, está surgiendo un movimiento juvenil con sed de religiosidad.
