Se han cumplido dos meses desde el inicio de la competición. Todos los clubes han tenido que hacer un esfuerzo importante, en muchos casos por encima de sus posibilidades logísticas y presupuestarias para acomodarse a protocolos con sus normas, cambios, excepciones y actualizaciones. Lo que luego cada uno interpreta sería otra historia.
En estas categorías, sin socios o abonados que paguen cuota o entrada, la ausencia de público no ha supuesto más que otra situación a la que adaptarse. ¿Ambiente más frío? Sí, pero con la misma frialdad debemos valorar si es el momento de abrir las puertas libremente en los pabellones. ¡Ah!, una mala noticia para padres y madres forofos: En todos los partidos disputados no se ha producido ninguna crisis melancólica de jugadores añorando la presencia de aquellos en la grada, no han necesitado mirar más allá de las dimensiones de la cancha buscando la aprobación en cada acción que realizaban, y se ha reducido el ruido exterior que originaba confusiones mayúsculas, con mensajes que se cruzaban desde el banquillo y graderío, provocando el caos en el receptor-jugador.
Ahora los partidos se retransmiten por Instagram, Facebook o Youtube. Sí se aprecia que en bastantes jugadores eso ha provocado una reacción, nueva en algunos casos, en otros muy asentada y es creer que esa difusión ‘televisiva’ les otorga un protagonismo que les exige estar a la altura. El problema viene cuando se confunden esos términos de exigencia con caer en la tontería permanente, con gestitos, desafíos, provocaciones y comentarios que te hacen maldecir la hora (mala) en la que empezó todo esto.
¿Culpables? Nosotros, los entrenadores. Sin duda. Se ha abierto la veda y vale todo para ganar. Bienvenidos a la misma-nueva normalidad.
