El padrón va camino de 10.000 almas, un signo de vitalidad que produce alegría; también, como todo crecimiento rápido, implica cambios para todos.
Nuestro pueblo “es pinar”. Esta sierra nos moldea desde hace siete siglos: somos serranos, fríos, recios, celosos del patrimonio natural que hemos conservado, con el que estamos enraizados; y también acogedores, como la ventera del Cornejo ante la llegada del Arcipreste. El sol, cuando sale por el Alto del León, es para todos.
La belleza de este valle no necesita pregones. Existe. Entiendo el enamoramiento repentino de los que llegan en busca de bienestar. Muchos se van pronto, quizá porque aquí los inviernos son largos y crudos, y no es fácil echar raíces. Por eso, antes de que el flechazo se torne en desencanto, es preciso fortalecer ese romance a través el conocimiento y la actitud. Sólo se ama algo de verdad, tras conocerlo y comprometerse con ello. Entonces surge o no el arraigo.
Este pueblo cumple años cada 8 de junio, y ya van 724, su patrón es San Eutropio y el Caloco baja el sábado previo al segundo domingo de septiembre. San Rafael creció en torno a la fonda y a la carretera abiertas por Carlos III, a finales del XVIII; y un siglo después, ya despuntaba como enclave turístico. En los años 70 del siglo XX, en La Estación surgió un movimiento vecinal tan intenso que, medio siglo después, sigue vivo. Por esta tierra pasaron Juan Ruiz, Machado, Alberti, Gil de Biedma, Menéndez Pidal… y aquí dejaron su esencia.
Sin prisa, conocer y respetar éstas y otras cosas sencillas favorece la integración y facilita el arraigo.
