Hay un concierto de colores ahí fuera. En las lindes, en la periferia, allí donde las calles se vuelven veredas. Allá donde alcanza la vista, las floraciones se superponen dejando cada día que una especie sea la solista. Ahora predomina el amarillo, pero las pinceladas de morados, violetas o lilas van agrandando sus manchas, mientras los tonos de verde son el fondo que todo realza.
Así también se concierta la vida en este municipio, las cosas de las que podría hablar en esta columna. Cosillas entre las que pecorar, como las abejas entre las flores, buscando un sonido solista que destacar, algo que transformar en lectura de domingo: actividades de los últimos días, comuniones, barbacoas, la educación vial y las bicicletas en el colegio, juegos en la calle, los jardines y huertos que comienzan a prepararse, paseos por el campo y cañas en las terrazas, la victoria del equipo masculino juvenil de la Unión deportiva El Espinar-San Rafael o el partido de hoy del equipo femenino de las Arlequinas. Pero también la alergia, las limpiezas de las casas de verano, el último esfuerzo para acabar el curso, los refugiados ucranianos que viven en el hotel Náyade o la prohibición del paso por las vías en la Estación de El Espinar.
De tanto se puede hablar… Pero en esta temprana hora de escritura los gorjeos y los trinos, el olor de las lilas cortadas y los colores del amanecer tiran de mí y solo se me ocurre pedirte algo. Cuando llegues al punto final de esta columna, levanta la cabeza, observa tu alrededor, cierra después los ojos y escucha, ¿hasta dónde alcanza tu oído? ¿a qué huele? y, ¿qué percibe tu piel? Tal vez estés en el municipio, tal vez ahora lo evoques desde otras tierras. Al menos, seguro que sientes que estás, donde estés, aquí y ahora. Eso, esto, es casi un momento de eternidad; esto, eso, es sentir la vida.
