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Aquellos febreros festivos y carnavaleros

por Moisés Migueláñez Gómez
21 de febrero de 2021
en Segovia
Procesion de la fiesta de San Blas en Miguelanez

Procesión de la fiesta de San Blas en Miguelánez.

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Acercándose las fechas centrales del invierno, la memoria me retrotrae a épocas pasadas y celebraciones festivas que tuvieron importancia y que algunas han caído en el olvido.

El Carnaval era en España un periodo festivo de distinta duración, según los lugares, pero que en todos se centraba con mayor fuerza durante el domingo, lunes y martes anteriores al Miércoles de Ceniza.

El origen del Carnaval como fiesta profana se remonta a la Edad Media, precisamente cuando la Iglesia Católica propuso la etimología de carnaval, del latín vulgar “carnem-levare”, que significa abandonar la carne (que era la prescripción obligatoria para todos los viernes de Cuaresma).

Los carnavales gozaron de gran predicamento en España, remontándose su celebración a la Edad Media. Parece ser que los primeros en nuestro país fueron, allá por el siglo XV, los de Cádiz, debido a la presencia de comerciantes y mercaderes venecianos. No obstante, se extendieron rápidamente por toda la Península, desde las grandes ciudades hasta las más recónditas aldeas.

El Carnaval quizás era la fiesta más abierta a la participación sin tener en cuenta el estrato social al que se pertenecía. La calle era el lugar más propio de celebración. Trajes, máscaras, disfraces… eran el fundamento de esta fiesta, que hacían cambiar la identidad por unas horas de los participantes. Eran días en que todos participaban, de acuerdo a sus posibilidades económicas y ante todo a su imaginación.

En nuestra comunidad castellanoleonesa hay referencia escrita de las celebraciones carnaveleras en Ciudad Rodrigo en el siglo XV. Se puede afirmar que estos carnavales figuran entre los más antiguos de España, destacando actualmente sus corridas de toros y ante todo su famoso encierro a caballo por el campo. Muchos carnavales destacados hubo, y han llegado hasta nuestros días, tales como los de La Bañeza en León, Mucientes en Valladolid…

Los carnavales nunca fueron bien vistos por la Iglesia y fueron fuertemente censurados por la dictadura franquista, hasta que un decreto de 1937 acabó por prohibirlos en todo el territorio nacional. Parece ser que en 1947 hubo en Cádiz una fuerte explosión, y para levantar el ánimo se autorizó la celebración, pero ya, excepto en lugares donde habían sido muy tradicionales, las celebraciones no llegaron a brillar como las anteriores, entre otras cosas porque los días eran laborables.

En general estas fiestas han decaído en nuestros pueblos por dos motivos. El primero porque ya no es la agricultura la que emplea a la mayor parte de sus habitantes; antes estos pueblos, eminentemente agrícolas, disponían de más tiempo de asueto en invierno cuando las labores eran escasas en el campo. El segundo motivo ha sido la despoblación que tan mermados ha dejado a nuestros pueblos.

Yo ahora quiero recordar cómo se vivían en mi pueblo, Migueláñez, a mediados del siglo pasado estas jornadas, aunque anteriormente, según oí, las celebraciones eran más sonadas y participativas…

Llegaba el mes de febrero, el mes más corto, y sin duda, entonces, el más cargado de festivos. Para empezar, el día 2, las Candelas, en el que se celebraba la fiesta de la Sociedad de Socorros Mutuos, a la que pertenecía todo el pueblo; tras la misa, la procesión con banda de música se dirigía hacia el cine (sede de dicha sociedad) con la Virgen llevando una vela encendida, entonándose una salve y tras retornar a la iglesia se celebraba un convite para todos con bollos y pasteles de Mariano el Bizcochero. Por la noche, en el cine, donde se habían retirado las butacas se celebraba un animado baile hasta altas horas de la noche. Esta fiesta era muy participativa porque el local del cine, hoy bar y centro cultural, fue levantado con el esfuerzo, trabajo personal y dinero de todos. Gracias a la labor de los últimos alcaldes, bien podemos estar orgullosos de este Centro.

Seguía la fiesta al día siguiente, el 3, San Blas, con nueva procesión y verbena. Esta era la fiesta eminentemente de la juventud, aunque participaba todo el pueblo.

Los jóvenes tenían su propia sociedad, disponiendo de un local en el salón donde se celebraban bailes los domingos, después de misa y acabada la sesión del cine dominical. Esta fiesta estuvo arrinconada en el olvido durante tiempo. El año 1980 fue recuperada fundamentalmente por el ahora alcalde, el conocido Frutines, siendo actualmente una de las fiestas más bellas y concurridas en la localidad. Se celebra el último fin de semana de enero con una cena popular y una verbena el sábado, teniendo lugar los actos religiosos el domingo. A partir de 1997 se unen a la fiesta numerosos capistas de todas las asociaciones de Amigos de la Capa de España, aportando colorido y animación a lo que se ha convertido en el principal evento festivo del año.

Los días 5 y 6 se celebraba, por parte de las mujeres casadas, Santa Águeda. El día 4 pasaban las dos alcaldesas, una mayor y otra que se había casado el último año por el Ayuntamiento a recoger el bastón de mando municipal, que ostentaban durante dos días. Celebraban misa y procesión acompañadas de dulzaina y tamboril u orquesta, dependiendo de los fondos recaudados pidiendo a forasteros desde quince días antes. Era una celebración exclusivamente de mujeres casadas; solamente los maridos de las alcaldesas podían pasar a tocar las campanas y sacar el pendón en la procesión. Celebraban un baile, teniendo que pagar entrada los maridos para asistir. Tras muchos años en el olvido hace unos cuantos se ha recuperado, siendo una fiesta abierta ahora a todas las mujeres, independientemente de su estado.

Llegaban, a continuación, los carnavales y era la alegría de la chiquillería, pues había lo que llamábamos vacaciones de Carnaval.

El primer día carnavalero era el domingo, denominado “domingo gordo”, quizás porque al consabido cocido se le añadían más viandas, entre ellas el chorizo gordo, que era el más preciado de la ya bien curada matanza del año. La gente se disfrazaba y ante todo en esa fecha se lucían los trajes regionales segovianos con los vistosos y ricos mantones de Manila, que esos días sacados de arcas y baúles, veían la luz y se aireaban. El baile, después de misa dominical, en el salón de Jonás, ese día era más animado y bullicioso que de costumbre. Luego, por la noche, después del cine la sesión de baile con el picú se prolongaba más de lo habitual, ya viéndose algún que otro disfraz.

El lunes era el carnaval de los escolares. Recuerdo como nos habíamos agenciado nuestras caretas de cartón, con una goma, que representaban leones, tigres, elefantes, toda una fauna africana, así como caras siniestras o graciosas. Se salía a pedir en distintas pandillas por las casas, dándonos unas monedas o unos huevos. A mediodía se hacía el recuento de lo obtenido, y por la noche los de edades similares celebrábamos una cena en una casa distinta cada año. Recuerdo siempre el menú era una tortilla de escabeche, unas aceitunas negras aliñadas, un postre… con el alboroto correspondiente, pero que estoicamente era soportado por la madre de turno de ese año, pues era una tradición.

Era el martes el día grande, el carnaval de los quintos. Éstos tomaban un carro tirado por una mula y con orquesta iban recorriendo las casas de las “mozas” pidiendo para la cena, bailando frente a cada casa animadas jotas y pasodobles. Recolectaban una gran cesta de huevos y chorizos.

A mediodía los quintos corrían el gallo en la plaza donde las aves se colgaban en una soga desde la balaustrada del jardín de la iglesia hasta la farola; esto lo conocí algún año ya que posteriormente fue terminantemente prohibido.

Culminaba el martes con la gran cena de los quintos y un animado baile, primero, si el tiempo acompañaba, en la plaza, y después en el salón. Era el día de los disfraces y de las bromas en las que todos participaban. El vino había corrido en abundancia, lo que hacía que se perdiera un poco el sentido de timidez y las coplas y bailes fueran más espontáneas.

Y así llegaba el Miércoles de Ceniza, y el cura decía que había que desagraviar de los desenfrenos carnavaleros (yo pienso que de eso poco podía haber, y sí mucha convivencia sana, alegre). Empezaba la Cuaresma con sus calvarios, ayunos, penitencias… y a comprar “la bula” en la sacristía que eximía de la obligación de abstenerse de comer carne los viernes del año, excepto los de cuaresma.

Aquí no había entierro de la sardina pero, eso sí, en pueblo chocolatero no podía faltar, como fin de fiestas, un chocolate en pandilla la noche del miércoles, que marcaría el final festivo de ese mes de febrero. A partir de entonces se acabaron los bailes del salón los domingos, era tiempo de cuaresma (y de potaje los viernes).

El Carnaval, como cualquier celebración, tenía su propia gastronomía. Además del cocido del chorizo gordo, se solía sacrificar un buen pollo de corral por estos días y en cuanto a repostería destacar las rosquillas fritas y los ricos florones… Por esas fechas muchas casas hacían una segunda matanza, esta vez pensando en almacenar embutidos y demás productos de cara al estío, teniendo en mente las jornadas de segadores de aquellos tiempos para alimentar a las cuadrillas que obligaban a tener reserva de productos del cerdo.

Celebraciones que han ido decayendo, excepto la de San Blas, que este año debido a la situación en la que nos encontramos pasará hoja. Ojalá pase pronto esta pesadilla, que veamos la luz pronto y se pueda celebrar con la alegría habitual el próximo año.

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Edición digital del periódico decano de la prensa de Segovia, fundado en 1901 por Rufino Cano de Rueda

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