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Aquellas primaveras vividas

por Moisés Migueláñez Gómez
23 de mayo de 2021
en Segovia
Foto: Moisés Migueláñez

Foto: Moisés Migueláñez

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Al llegar estos días luminosos de mayo, mis recuerdos me retrotraen a mi infancia, allá por los años 50 ó 60 del pasado siglo, en mi pueblo, Migueláñez.

Ya acabado el duro y largo invierno al calor del hogar y del brasero, a medida que llegaba la primavera, ya anunciada por la madrugadora cigüeña y las también tempranas golondrinas al acercarse San José, poco a poco, los días iban aumentando sus horas de luz y la vida de esas gentes del campo iba a cambiar tanto como el paisaje.

En aquellos tiempos los municipios estaban muy poblados, siendo la principal ocupación de sus gentes la agricultura, muy distinta de como ahora se concibe. Pequeñas posesiones, que combinadas casi siempre con algunas actividades ganaderas proporcionaban el sustento diario; a veces, con bastantes estrecheces si la cosecha se torcía.

Parecía como si la vida diaria fuera marcada por las fechas y el santoral del calendario. Así, al principio de esta estación primaveral, allá por San José ( 19 de marzo), en esta tierra, que conocí entonces con abundantes viñedos que producían un excelente verdejo, las labores se realizaban cumpliendo estos refranes:

“Quien por San José no poda
la viña, pierde la vendimia”

“Si quieres tu viña regalada, haz la poda en marzo
y en abril la cava”

Era la poda y el cavar la viña un trabajo duro, debido a las ‘marzadas’ de nieve y granizo de los últimos coletazos del invierno que helaban las manos que, con habilidad, manejaban la tijera de podar para cortar los sarmientos de la cepa, que iban a ser el brasero del próximo invierno o proporcionarían las ascuas para asar las ricas chuletas de lechazo en alguna celebración.

Principiado abril, llegaba la Semana Santa, vivida con la austeridad castellana de esa época, y que la madrugada alegre de Pascua, a los primeros rayos del sol, los mozos repicaban las campanas anunciadoras de la resurrección. Había una costumbre, hoy perdida, que en ese amanecer primaveral, tras el toque de gloria mañanero, los jóvenes pusieran la enramada, que consistía en colocar en la torre del campanario y en las verjas de las ventanas de las mozas ramas con esos brotes tiernos de primavera, como indicando el renacer de la vida y la alegría tras la austera Cuaresma. A partir de esa fecha, a la consabida sesión de cine se iba a añadir la alegría del baile en el salón durante todos los festivos.

Avanzando ya en el tiempo, otro santo del ‘zaragozano’, San Marcos (25 de abril). Los campos ya espigados y, como siempre, mirando al cielo. Aquí, en Migueláñez, ese día, muy temprano, al amanecer, un buen volteo de campanas y primera ‘rogativa’. Don Mariano, el cura, tan tempranero, congregaba a los parroquianos y precedidos del pendón rojo iban desgranando los cánticos de las letanías de los santos en latín por caminos y cerros, implorando los favores del cielo para los campos, mientras el sol apuntaba por el horizonte sus primeros rayos. Después, esas rogativas se repetirían el lunes, martes y miércoles que precedían a la Ascensión. Mis recuerdos de aquello se mezclan con los aromas a tomillos floridos del cerro de Peñamora y esos musicales ‘ora pronobis’ rutinarios en los amaneceres de mayo entre el polvo de los caminos.

En este periodo, hay que destacar la fiesta de la Cruz de Mayo (3 de mayo), y con los campos verdes salpicados de abundante blanco de manzanilla y rojo de amapolas, un día especial de asueto: el día de la merienda. Jornada especial para los escolares que con una cruz vestida con lazos, lilas y lirios que eran las flores de esos días, recorrían las casas pidiendo ‘una propina’ al tiempo que entonaban unos estribillos. En la merienda participaban familias, chicos, jóvenes … todos a comer la tortilla y la ‘tanganilla’ (pequeña rosca de chorizo de la matanza hecha expresamente para esta ocasión). Ese día el cerro de San Isidro estaba muy concurrido. Sobre las meriendas, curioso, los criados de labranza tenían derecho a ese suplemento alimenticio de la tarde desde la cruz de mayo a la cruz de septiembre (14 de septiembre).

Avanzaba mayo y llegaban las novenas a San Isidro, el patrón del lugar, preludio de la gran fiesta. Días peligrosos por las heladas tardías. Los labradores al salir de las novenas, miraban al cielo, y:

“¡Vaya cielo raso!”
“¡La que va a caer!”

Madrugar, abrir el cuarterón, mirar al corral… “¡Ha habido suerte, los tejados no están blancos”, pero otras veces: “¡Vaya hielo! ¡Se nos ha jodido media cosecha!”. Dura vida… siempre mirando al cielo.

Celebraba, como dije, la fiesta grande Migueláñez los días del santo labrador con grandes festejos donde no faltaba la procesión a los sones de la jota, las verbenas en la plaza, recién regada, y cubierta de mesas del bar del bizcochero, tan concurridas de forasteros a tomar los ricos pasteles de la casa. Los gigantes y cabezudos y los fuegos artificiales con el toro de fuego hacían las delicias de vecinos y forasteros. Como siempre, la hospitalidad de los vecinos era tenida a gala, siendo numerosos los invitados compartiendo lo que se tenía. Se elaboraba un amplio programa de fiestas. Tengo alguno de esos años y es increíble la actividad del pueblo en esa época, como demuestra en dicho programa impreso las tiendas, carnicerías, estanco, bares, pequeñas industrias… que se anunciaban.

Era época de romerías; destacar aquí la de la Virgen del Castillo de Bernardos, el martes anterior a la Ascensión, celebrada por bastantes vecinos, ya que debido a la proximidad de ambos municipios, en muchos matrimonios uno de los miembros era de esa localidad. Muy concurrida, entonces, era la también romería de la Virgen de Prados de Miguel Ibáñez, pueblo siempre hermanado a Migueláñez. Se celebraba el lunes de pascua de Pentecostés y allí se acudía en carro o andando por un camino que acortaba distancia a la ermita. Eran las romerías, fiestas singulares de primavera, reencuentro de vecinos, de compartir meriendas en el campo bajo el cálido y luminoso sol primaveral, disfrutando de bailes populares, devociones, juegos…

Ya los campos iba cambiando el color, amarilleando el cereal al finalizar las fiestas. Ahora recuerdo que allá por los años 50, hubo un año que, debido a la helada y a la sequía, se comenzó a segar finalizadas las fiestas del patrón.

Era normalmente, vísperas de San Antonio (13 de junio), cuando se iban preparando las eras donde se depositaría el cereal. No faltaba por esas fechas la consabida visita a ‘Curtidos Migueláñez‘ de la villa (Santa María la Real de Nieva), que con un excelente surtido abastecía a toda la abadía y pueblos de alrededor. Allí se compraba de todo, desde hoces hasta botijos, sombreros de paja, garios….

Ya se afilaban las hoces, se preparaban los ‘atillos’, las ‘zoquetas’… mientras las mujeres sacaban de las despensas las enormes ollas con las conservas de la matanza… La siega iba a comenzar.

Por esos días las cuadrillas de gallegos llegaban a la estación de Ortigosa de Pestaño, con sus bicicletas, sus paraguas negros y su maletas de madera o cartón, a veces atada con una cuerda. Les solían acompañar algún zagalillo jovencito, casi niño, que se dedicaría a atar las mieses. Unas faenas muy duras, para gallegos y castellanos, con ese sol abrasador de finales de primavera que en otra ocasión analizaré, pues creo merece la pena recordar y que las generaciones jóvenes conozcan esa dura forma de vida.

Y así transcurría la vida en la estación florida en nuestros pueblos castellanos entre trabajo, fiestas y ante todo sana convivencia de sus vecinos.

Ya es el segundo año que debido a la pandemia no se han podido rememorar esas fechas. Esperemos que por fin se vea ya la luz al final del túnel y podamos celebrar con alegría el reencuentro la próxima primavera. ¡Salud!.

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Edición digital del periódico decano de la prensa de Segovia, fundado en 1901 por Rufino Cano de Rueda

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