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Aquellas fiestas de invierno en pueblecitos de la Campiña segoviana

por
6 de diciembre de 2020
en Segovia
24 INSTITUTO
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En el último tercio del siglo pasado en la Campiña Segoviana, tierra eminentemente agrícola, acabadas las duras faenas de la recolección y ultimadas las de la sementera, ese rosario de pueblos que rodean a Santa María la Real de Nieva, que yo conocí en mis años de docencia, pequeños entonces y casi despoblados hoy, vivo ejemplo de la España vaciada, llegaban al merecido descanso invernal con sólo la ocupación de atender a la pareja de mulas, cuidar al cerdo para la matanza, así como el gallinero que proporcionaba huevos y carne para el consumo familiar.

Las faenas entonces, si descontamos a los sufridos pastores que con sus rebaños salpicaban los campos, consistían en cuidar el pinar (se decía que los fuegos se apagaban en el invierno), recoger leña para calentar el hogar, hacer pequeños arreglos en corrales, cijas… Siempre había algo que hacer, pero menos penoso que las duras faenas del campo.

Las mujeres, como siempre, cuidando de la casa, con sus ratos de tertulia cosiendo alrededor del brasero o de la mesa camilla alternando sus charlas en distintas casas; algunos días se animaban a echar una partida de julepe, cambiando al final los garbanzos que habían hecho las veces de fichas por unos céntimos de ganancia. La partida, a veces, se alegraba con unos bollos caseros de la anfitriona regados con el dulce “mostillo” de la casa.

El bar, que aunque pequeñas localidades, en ninguna faltaba su bar o taberna, eran el refugio de los hombres al calor de la estufa de leña, echando la partida o departiendo las incidencias locales.

Es curioso como en este periodo de otoño-invierno celebraban estos pueblos sus fiestas, las fiestas de invierno, que a veces tenían más resonancia que las de verano, pues en éstas debido al cansancio acumulado eran empleadas más que nada al descanso corporal.

Ya había pasado hace meses las fiestas de la Soterraña de Santa María la Real de Nieva que habían marcado el final de la recolección y que habían reunido a las gentes de los pueblecitos de alrededor para disfrutar de sus procesiones, sus toros, su feria y de un buen cuarto de asado en la Posada de la Virgen. Era el reencuentro de todos en la cabecera de la comarca.

Ahora llegaba el turno de las fiestas de estos pequeños municipios. Significaba romper la monotonía de los días de ese largo otoño-invierno. Las notas alegres de la dulzaina y del tamboril alegraban cual gran orquesta el silencio del lugar. El vestirse de domingo, ver las banderas en el Ayuntamiento, la misa mayor, la procesión, el baile… cambiaban el aspecto diario y la alegría contagiosa se apoderaba de todos.

Recuerdo con especial cariño y nostalgia esos días festivos en los que sus gentes se desvivían con los invitados forasteros, sacándoles lo mejor que tenían, seguramente el guiso con el pollo más hermoso del corral guardado para la ocasión, o el rico asado de cordero que únicamente se consumía en grandes solemnidades; en fin, un abrirse a la amistad y a la armonía realmente envidiable y que hoy, en la sociedad actual, echamos de menos; siempre el ágape acababa de la misma forma: “¡Bueno, que lo veamos otro año por San Tal!”.

Numerosas fiestas, repito, de aquellos pueblos en esa época, tales como San Clemente en Tabladillo y Ochando, San Andrés en Aldeanueva, Santa Catalina en Hoyuelos, San Sebastián en Balisa, San Gregorio en Pascuales, Santa Cecilia en Domingo García…

Ahora me viene a la mente el sonique de aquellas “letrillas” que con alboroto y alegría oí cantar en mi primer destino de maestro, Juarros de Voltoya, a mis amigos Frutos y Valentín (Hacha), que denominaban “la política”, donde hacían un recorrido de “25 pueblecillos” indicando sus fiestas. Alguna estrofa decía algo así:

“San Andrés en Aldeanueva,
En Ochando San Clemente,
Los Inocentes en Juarros
Donde se crían los hombres
Cojonudos y valientes”

Las fiestas han ido decayendo debido a la despoblación; algunos pueblos las han trasladado a fines de semana, otros a julio o agosto -que es cuando los pueblos se llenan y es una forma de celebrar el reencuentro-, y en el peor de los casos, otras funciones han pasado al recuerdo.

Ahora, en los meses que estamos sufriendo los efectos de esta pandemia con desazón y adaptándonos a lo que se denomina “nueva normalidad”, que bonito es recordar aquellos tiempos sin internet, ni móviles, sin televisión, pero con el calor de una buena gente abierta a la amistad y convivencia, gente castellana, sobria, que en esos días festivos se enorgullecían y gozaban ofreciendo al visitante lo que tenían y que compartiendo eran felices.

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Edición digital del periódico decano de la prensa de Segovia, fundado en 1901 por Rufino Cano de Rueda

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