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Apuntes sobre la Navidad en el Carracillo

por
20 de diciembre de 2020
en Segovia
Pablo Zamarrón

Pablo Zamarrón

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El Fuego

El fuego es un elemento importante presente en la vida humana. Aparte de todos los beneficios que aporta en su uso cotidiano, asociados al fuego existían ritos ancestrales con referencias a los ciclos anuales de paso de una estación a otra, como son el solsticio de invierno y de verano. En fiestas religiosas, de origen muy antiguo, el fuego tomaba un efecto mágico y purificador: de eliminar lo malo para que entrara lo bueno, de renovación, de fin de un ciclo y comienzo de otro.

Posiblemente nuestra civilización judeocristiana adaptó numerosos ritos ancestrales preexistentes. Así en el Tiempo de Adviento, hasta la llegada del Mesías, se sucedían celebraciones alrededor del fuego, con luminarias y hogueras, como en la festividad de Santa Bárbara (4 de diciembre), La Inmaculada (8 de diciembre), Santa Lucía (13 de diciembre) o en la Nochebuena (24 de diciembre).

En el Carracillo, concretamente en Arroyo de Cuéllar, aun se sigue encendiendo la Chisquereta en la víspera de Santa Lucía, patrona y titular de la iglesia parroquial y fiesta mayor del pueblo. El encendido de la Chisquereta es una celebración popular muy esperada por el vecindario. No ha dejado de encenderse la hoguera en la víspera de esta celebración, fiesta de la Luz. Aunque el ritual ha ido variando con el paso del tiempo, al añadirse elementos al festejo comunal, como acompañarlo con bebida, comida y música, o el cambio de ubicación, la esencia prevalece. Anteriormente se mantenía el fuego, en la plaza de la Fuente, los tres días que duraba la función, era la costumbre y aparte de los rituales heredados, el motivo era una cuestión práctica, se trataba de mantener un foco de calor en esos días de intenso frío, nevadas o nieblas y heladas.

En un pasado cercano, en los pueblos del Carracillo era muy habitual poner lumbre en cualquier sitio, como en los pinares o cerca de ellos, se encendía de inmediato para alivio del frío en las faenas del campo, pero también era una manera de congregar y facilitar las conversaciones y la camaradería junto al fuego. El chiquillerío solía poner lumbre a las afueras del pueblo, cerca de los ramereros y burrajeros, incluso dentro del pueblo. En Mudrián, los muchachos que ni eran niños ni suficientemente mayores para estar en el baile de pianillo se pasaban buena parte de las fiestas del periodo navideño alrededor de la lumbre en la plaza de los Caños, comiendo bollos y bebiendo quina y otras bebidas dulces. Como decía Jose Luis Olmos: “Lo de los Botellones llevan inventados muchos años”.

Los niños de Arroyo de Cuéllar desde la fiesta de la Inmaculada, o desde el comienzo de las vacaciones de Navidad, daban las cencerradas. Estas las terminaban alrededor de una lumbre que enseguida preparaban a las afueras del pueblo, en los burrajeros o en la peguera. Así lo comentaba Jesús Pascual, quien añadió: “En invierno se hacía lumbre en cualquier sitio. Como había años con las lagunas heladas poníamos lumbre encima del hielo. Yo lo he llegado a hacer en La Adobera; un año pusimos tanta lumbre que se calentó tanto el hielo que se hizo un hueco. Entonces caían unas heladas… una tras otra, una tras otra. Pisábamos sobre el hielo y con un cacho teja tirábamos a ver si cruzaba la laguna”.

O los muchachos de Narros de Cuéllar que, en la fiesta de Los Inocentes, 28 de diciembre, salían a pedir por las casas, y las patatas del aguinaldo las asaban en una lumbre. También las muchachas del pueblo hacían lo propio el día de San Silvestre, último día del año, pero en este caso las cocían en una caldera, también en una hoguera que ponían en los arenales, a las afueras del pueblo. Decían en las puertas de las casas:

Ángeles somos, / del cielo bajamos,
pedimos patatas / y huevos también.
Si no nos lo dan, / en el infierno se verán.

Esta costumbre desapareció en 1970. En el campo de las creencias, a la Nochebuena se consideraba una noche mágica. En el ámbito privado, en Arroyo de Cuéllar, en algunas casas, por costumbre, aún echan en la lumbre “el Nochebueno”. Se trata de un buen tronco de pino que, al anochecer o más tarde del día de Nochebuena, se ponía a arder en la lumbre baja. El tronco se iba quemando y a las doce de la noche, o antes de que se consumiera, se sacaba lo que quedara del tronco, se apagaba, se le echaba al tejado o se dejaba apartado. Servía de protección para la casa y cuando el ganado se ponía malo, se cogía un trozo de tizón del Nochebueno, se quemaba y el humo se echaba por donde se encontrara el animal enfermo para que sanara.

En Gomezserracín lo llamaban “Nochebuenero”. En la crónica publicada en el periódico El Adelantado de Segovia de 20 de noviembre de 1984, el corresponsal Alberto Herreras daba cuenta de las costumbres en la Nochebuena de “hace un siglo” según contaron sus entrevistados Asunción y Rafael. Sobre el “Nochebuenero” comentaron al corresponsal y maestro del pueblo, que los tizones también se usaban para “ayudar a echar las pares a la vaca, pero para eso también valían los cachos de pan que sobraban de esa noche y que se guardaban… también se guardaba la cola del bacalao y se les daba a las vacas a morder si no les venía el rumio”.

Desde el punto de vista religioso cristiano, en la Nochebuena se solía comer de vigilia, o sea sin carne. Luego en la Pascua no faltaban pavos, parros, gansos o un buen gallo. Así lo comentaron en la misma crónica de Alberto Herreras, la señora Asunción y el señor Rafael: “Entonces la cena era de vigilia, sopa de castañas pilongas, bacalao, de distintas formas, hasta en tortilla. ¡Y buena sed que daba!, así que luego borracheras —añade Rafael—, los que no lo podían comprar, sardinas arenques. Se cocía media herrada de castañas y duraban toda la noche. También comíamos nueces con higos —turrón de pobre—…”.

La herencia del culto y los ritos del fuego, teorizados por importantes antropólogos, está presente actualmente en el ciclo navideño en países europeos. En España desde Santa Bárbara, cito Sevilla la Nueva en Madrid; La Purísima como en la villa de Fuentidueña en Segovia, Molina de Aragón en Guadalajara, o “Los rehieles” de Aracena en Huelva; Santa Lucía como en Tíjola en Almería, y en numerosos festejos populares en la Nochebuena, que reúne a los vecinos de tantos pueblos, antes o después de la misa del Gallo y en la Nochevieja alrededor de la fogata. La recogida de ascuas, tizones y cenizas como elemento protector está presente en la tradición de pueblos extremeños según indica el amigo Aniceto Delgado. En el ámbito privado citaré algunos ejemplos como “La Troncha” en pueblos de Ribagorza en Aragón, “El leño de Navidad”, o “La Toza”, “El Tió” y posiblemente el Olentzero, hoy día el bonachón gigante que trae los regalos a niños en el País Vasco y Navarra, en origen fuera un tronco de leña.

Los pavos

Uno de los alimentos demandados en la gastronomía navideña era el pavo. En los pueblos del Carracillo, además de parros y gansos que se criaban en las numerosas lagunas y arroyos, también se criaban pavos.

Trascribo una conversación de 1991 con Nicolasa Arranz, de Arroyo de Cuéllar, nacida en 1906. Comentaba que: “Se iba de seis años a la escuela, se cumplía a los doce, pero no iba todos los días. Como mi madre criaba gansos y pavos pues teníamos que ir a cuidarlos y muchos días no íbamos a la escuela. Entonces no importaba, ahora tienes que justificar por qué no has ido. Los maestros no te preguntaban ¿Cómo no has venido a la escuela? Los pavos corrían mucho y hay que correr detrás de ellos, yo cuidaba los pavos, que andaba más suelta y mi hermana cuidaba los gansos. Mi madre tenía dos gansas, criaban a lo mejor veinte, diez cada una, y después otros seis o siete de redrojo, porque daban dos crías. Y los pavos, mi madre tenía dos pavas y un pavo, pero luego los daban a medias: una la tía Fulana, la tía Mengana tenía una pava y la daba a mi madre los pavos a medias. Con esa pava, a lo mejor echaba treinta huevos. Nos juntábamos con sesenta pavos. Luego el día de San Bartolomé, el 24 de agosto, las avisaba que vinieran a partir los pavos. Los pavos son muy delicados, se morían muchos, muy delicados, no creas que no, había que andar con un cuidao… Luego se vendían en Cuellar, yo iba a venderlos, mi padre y yo, y los gansos también. Se llevaban en unas cestas, banastas muy grandes, que era donde mi madre tenía las pavas y los pavillos pequeños, claro, luego les hacía mi padre un cuchitril, pero bien tapadito, ¿Eh? Para que no cogieran frío que son muy delicados. En las angarillas llevábamos esas cestas, que las lavaba bien mi madre, ¿Eh? Ponía mi padre unas varetas de esas con las que se cernía, en un burro, una caballería, y enganchaba las banastas, pues ahí iban cinco a seis en cada banasta grande, pues ¡Hala! a venderlos a Cuéllar. Empezábamos a vender, desde el Henar y el Henarillo, ya empezaban a comprar. Para Nochebuena dejaba alguno porque venía un señor a comprarlos por Nochebuena. Luego ya venía uno que se los vendieron dos o tres años, luego ya mi padre no podía y yo me casé y tenía muchas ocupaciones. Venía uno de Mozoncillo que le llamaban el tío Morucho y ese se los llevaba a la salida de verano, pero mi madre se quedaba con alguna pava y un pavo para criar y pa nosotros, ¡Oye! Que también comíamos pavo y ganso… ya te dije que cuando mi boda, mi madre preparó una buena petitoria de pava para después del chocolate, pava, ¿Eh? No pavo, que las pavas son más finas, y hasta don Miguel (el cura) se chupó las uñas. El tío Morucho se los llevaba cuando terminaba de eras y no nos los pagaba. Luego él los llevaba a las eras en su pueblo arrebañaban y no tenía necesidad de gastarse con ellos, nada más les soltaba en las eras. Pero no les vendía hasta San Frutos (25 de octubre) Se los llevaba nada más partirlos, a primeros de septiembre, eran dos meses, no tardaba mucho, pero se le exigía un recibo, aunque venía mucho, venía todas las semanas, también compraba gallinas y pollos. Se entendió con mis padres y ya dos o tres años se los llevó él. Yo ya me llené de hijos y no podía yo ir a criar pavos”.

Los pavos, como apunta Nicolasa, de pequeños son delicados, hasta que desculazan. Cuento una anécdota que le ocurrió a una señora del mismo pueblo: era habitual que encima de las cortes o cochineras se colocara un cierre a base de palos o tablas y que las gallinas y pavos tomaban como acostadero para pasar la noche, a cuenta de ser un lugar más acogedor debido al calor que desprenden los cerdos. Un día, pronto, poco antes de San Martín, parece ser que una pava cayó al interior de la corte, produciéndose un gran revuelo en el gallinero todavía acostado. Con el ruido acudió la dueña y comprobó que el cerdo se había llevado una buena tajada de pava. No se resigno el perder el ave que estaba previsto que hiciera avío en Navidad. Dio cuenta a la vecina y entre las dos alargaron la piel del animal y cosieron, como si de una camisa se tratara, la piel del animal. Parece ser que recuperó y se comió en las fiestas navideñas, aunque con una tajada de menos.

También Viviano Pascual, de Sanchonuño, nacido en 1924, además de sandía y melones vendía gansos vivos. En unas aguaderas los llevaba a Cuéllar y Aguilafuente. Antes de entrar en la villa los soltaba para que fueran comiendo y pesaran más.

Las castañas

A pesar de la escasez, no faltaba algo especial para esos días de Navidad. Las castañas, los higos y las naranjas suponían un aguinaldo apreciado. Era habitual que el día de Navidad, o Pascua de las Castañas, la gente menuda fuera a felicitar la Pascua a las madrinas y estas les daban la colación. La colación podía consistir en castañas, higos, nueces o alguna naranja, con arreglo a las posibilidades.

Las castañas también valían de juego de chicos, como si de cantos rodados, morrillos o chatos se tratara, con el valor añadido de poder comer las ganancias, si se daba el caso. Aquí lo de jugar con las cosas de comer estaba permitido.

En este sentido, Justa Gómez, de Gomezserracín, nacida en 1914, me comentó que competían en puntería desde una raya, pretendiendo meter una castaña en un boche u hoyo practicado en la tierra en el suelo. Quien lo conseguía o estaba más cerca, se llevaba las de los demás. Justa decía que eran felices.

Añadió: “En Navidad como no había turrón, nos decía mi madre: -Tomad, anda, ir en ca la tía Patacorta a por unas castañas. Nos daba unas alforjas que tenían así abajo en los senos unas borlas muy bonitas y nos daba un duro de plata para una arroba de castañas. Las comíamos asadas, cocidas y jugábamos las chicas con ellas”.

En Sanchonuño, b, nacido en 1917, comentó que sus padres tenían comercio y vendían las castañas por Navidad. No se acordaba a cómo estaba la arroba, pero a un real o así. Vendían ocho, diez o veinte sacos.

Continuó diciendo que: “Por Nochebuena me mandaba mi abuela Emilia a que repartiera… Llevaba la colación a todo el que no tenía para ello. La colación era huevos, aceite…, me preparaba una cesta y la llevaba a quien me dijera. ¡Quisio las que repartiría! Estaba toda la tarde repartiendo”.

Como decía Justa Gómez: “Qué felices éramos con lo poco. Antes teníamos poco dinero y éramos felices y ahora con mucho la gente no es feliz”.

——

(*) Musicólogo. Académico de número de San Quirce. Miembro del consejo asesor del Instituto González Herrero.

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