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Aguederas en el Nordeste segoviano

por Elena de Frutos Manrique
30 de enero de 2022
en Provincia de Segovia
Entrega del bastón de mando a la alcaldesa Felisa Gómez Ruiz en el antiguo salón del Ayuntamiento. Riaza. Año 1989. / Familia de Diego Alcón

Entrega del bastón de mando a la alcaldesa Felisa Gómez Ruiz en el antiguo salón del Ayuntamiento. Riaza. Año 1989. / Familia de Diego Alcón

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En unos tiempos tan convulsos e inciertos como los que nos está tocando vivir desde hace prácticamente dos años, en los que infinidad de eventos sociales se han visto suspendidos, aplazados o modificados en aras de mitigar los efectos de la atenazante pandemia de la covid-19, queremos poner de relieve una vez más todo el legado cultural que heredamos de nuestros mayores y que ha llegado a nuestros días tras atravesar en el pasado otras difíciles vicisitudes de las que la sociedad, por fortuna, se ha terminado recuperando.

Dentro de las fiestas de invierno, una de las fechas más populares marcadas en el calendario cristiano es la que protagonizan las mujeres conmemorando la festividad de Santa Águeda. Son multitud de localidades en nuestro país las que, con especial arraigo, han venido celebrando esta efeméride cada 5 de febrero o uno de los dos fines de semana siguientes a la citada fecha. Así ha sido año tras año hasta que la llegada de la pandemia coronavírica irrumpió de forma abrupta en nuestras vidas alterando por completo nuestra cotidianidad y manera de vivir. Mas como nada es eterno, llegará el momento en que esta importante crisis sanitaria deje de tener el impacto social que actualmente tiene y eso permitirá que las fiestas de Santa Águeda junto a las demás tradiciones de nuestra tierra vuelvan a resurgir con más ahínco si cabe.

Hace veintiún años publiqué en el periódico El Nordeste de Segovia un artículo en el que trataba de forma somera algunos aspectos inherentes a esta tradicional festividad, aspectos que, aunque ciñéndome al ámbito territorial del nordeste segoviano, bien pueden ser extrapolables a cualquier otra zona de nuestra provincia o región. Así pues, teniendo como base aquel documento, intentaremos reflejar a través de las siguientes líneas cómo ha llegado hasta nuestros días la fiesta de las mujeres por antonomasia.

Para entender el significado de esta fiesta comencemos desde el principio. ¿Quién fue Santa Águeda? Pues según la tradición cristiana una mártir siciliana a la que el procónsul Quintiliano ordenó cortar los pechos allá por el siglo III. En un contexto en el que los romanos perseguían con dureza a todo aquel que profesara el cristianismo, la joven Águeda de Catania tuvo la osadía de abrazarse a esta fe y entregar su ‘honra’ a Jesucristo. El caso es que Quintiliano se fue a encaprichar de la joven y esta se negó en redondo a satisfacer los deseos del procónsul, que no aceptó de buen grado la actitud de la joven y en represalia le envió a un lupanar para que perdiera la virginidad. Sin embrago, el castigo no surtió efecto porque Águeda milagrosamente no la perdió y esto enfureció aún más a Quintiliano. El resultado de todo ello fue la brutal mutilación de sus senos, que acabaron en una bandeja y así es como se la representa desde antiguo; con una bandeja en su mano izquierda y en la derecha agarrando una palma, atributo y símbolo de la pureza y del martirio. Por ello, se erigió como patrona de las mujeres y en particular de las lactantes.

Las investigaciones de la etnógrafa cántabra Nieves de Hoyos (Matamorosa, 1908-Madrid, 2001) corroboran que la fiesta de Santa Águeda se extiende mayormente por la mitad norte de la Península, justamente en la zona donde el papel de la mujer ha tenido más preeminencia con respecto a otras áreas del país. Su protagonismo en la economía rural tradicional -basada en la agricultura y ganadería a pequeña escala-, y las reminiscencias en los usos consuetudinarios, marcadamente favorables a las mujeres y casi ausentes en la zona sur, avalarían este hecho.

Sin duda alguna, la provincia de Segovia es una de las de mayor abolengo folklórico en esta celebración, organizándose la fiesta en una gran cantidad de municipios. Ayllón, Bercimuel, Campo de San Pedro, Carrascal del Río, Casla, Cedillo de la Torre, los dos Cerezos, Corral de Ayllón, Duruelo, Fresno de Cantespino, Montejo de la Vega de la Serrezuela, Moral de Hornuez, Navares de Enmedio, Prádena o Riaza son, entre otros, algunos de los pueblos del nordeste segoviano en los que se ha venido conmemorando a la también llamada ‘Virgen de los pechos’. En algunas localidades la fiesta dejó de celebrarse tras la Guerra Civil (1936-1939) o se conservó a duras penas pese al envite del éxodo rural que tan profundamente afectó a esta comarca en las décadas posteriores. Pero fuera como fuere, las celebraciones se mantuvieron en la mente de muchas mujeres y, ya a partir de la década de los 90, fueron numerosas las localidades que recuperaron o revitalizaron la fiesta, gracias en no pocas ocasiones al amparo de las asociaciones de Amas de Casa que se formaron por entonces en toda la provincia. Cabe señalar también que en los últimos años las aguederas suelen ajustar las fechas de celebración a la disponibilidad del párroco, a menudo compartido entre varios pueblos en esta comarca de la España vaciada.

Aunque con matices diferentes en cada lugar, en realidad, las celebraciones en honor a Santa Águeda poseen unos rasgos sólidamente definidos que se repetirán hasta la saciedad. Para empezar, hay que destacar que los ritos cristianos y paganos que componen la fiesta conviven en todos los sitios en perfecta simbiosis. Así, en medio de las misas y procesiones que se dedican en honor de la santa, aparecen las mujeres -por lo general casadas o viudas- ataviadas con la indumentaria tradicional y dispuestas a disfrutar de sus reuniones, comidas y bailes. Para ello se organizan previamente y todas ellas constituirán el grupo de las aguederas o ‘santaguederas’. De entre ellas saldrá elegida una alcaldesa -bien por sorteo, deseo propio u otros métodos- y al frente de sus concejalas, regidoras, alguacilas o secretarias, tendrán libertad plena para organizar cuantos actos vengan celebrando por costumbre el día o días que dure la fiesta. Dependiendo de cada pueblo y del número de mujeres participantes, este grupo será variable. Así por ejemplo, en Duruelo son aguederas cuatro mujeres -la alcaldesa, dos concejalas y una secretaria-, en Cerezo de Arriba son actualmente tres -la alcaldesa y dos concejalas- y en Riaza por lo general serán nueve, la alcaldesa y ocho concejalas. A ellas se les sumarán otras mujeres que, vestidas o no de serranas, participarán en todos los actos.

La alcaldesa se diferencia de las demás porque lucirá como tocado la clásica montera que, según la periodista e investigadora segoviana Esther Maganto “se ha considerado privativa de las mujeres casadas que han ostentado el cargo de alcaldesas, regidoras o mayordomas”. Aunque a partir de la década de los 70 esta prenda se vinculó con el traje de alcaldesa de Zamarramala, localidad próxima a Segovia que dio gran renombre y popularidad a la fiesta de Santa Águeda con su declaración de Interés Turístico Nacional en 1976, la montera se ha convertido a día de hoy en una prenda indispensable para las alcaldesas de toda la provincia, portándola al menos en las fiestas de mayor relevancia. Otro de los atributos que suelen ostentar es el bastón de mando, que recibe de manos del alcalde de la localidad en el mismo Ayuntamiento como acto simbólico de traspaso de poderes.

En otras localidades la fiesta se ha venido celebrando de una manera más informal. Como curiosidad, cabe decir que en Sepúlveda las mujeres no disponen de cargos, pero sí asisten a una novena precedida por una misa y procesión el 5 de febrero en el santuario de la Virgen de la Peña. Algunas vecinas de la localidad nos refieren que allí no ha habido costumbre de sacar los manteos para lucirlos ese día, aunque “el último año se vistieron algunas”. Por la tarde solían juntarse para ir al cine y por la noche acudían a una concurrida cena seguida de baile en un conocido establecimiento de la villa.

Para recaudar fondos y poder sufragar los gastos de la fiesta, tradicionalmente las mujeres pedían a los forasteros. Así lo hacían en casi todos los pueblos de la comarca hasta no hace muchas décadas. En Saldaña de Ayllón, Sagrario Martín, Mercedes Holgueras y Celia Martín, recogieron de las vecinas más mayores interesantes testimonios sobre la fiesta de Santa Águeda que precedió a la guerra en su libro ‘Saldaña de Ayllón, el latido de un pueblo’, editado en 2020. Según la señora Encarnación Martín, nacida en 1918 y entrevistada cuando contaba 92 años, la víspera de Santa Águeda los chicos se encargaban de avisar a las madres en cuanto divisaban algún forastero por el pueblo: “Y entonces, las mujeres cogían un peine, una palancana, una toalla y ¡hala!, a peinarlos para que dieran la propina. Eso hacían las santaguederas”. A parte de hacer de improvisadas peluqueras, también tenían la costumbre de pedir por las casas. Por aquel entonces, en Saldaña -actual pedanía de Ayllón-, había dos familias que se encargaban de celebrar la fiesta junto al Ayuntamiento. Las pedidoras eran dos mujeres pertenecientes a cada una de esas familias, que se turnaban cada año para portar un cuadro con la imagen de la santa y una cesta llena de ceniza. Después de echar algún baile, solían recibir dinero, patatas y hasta manos de cerdo o morrera. “Y a quién no nos daba nada le echábamos ceniza”, rememoraba la señora Encarna. Con lo que obtenían organizaban una comida en la que no faltaban los bailes con guitarras y panderetas.

Montejo de la Vega de la Serrezuela es una localidad donde la fiesta de Santa Águeda se ha mantenido con especial arraigo desde muy antiguo. Tal es así que, según la montejana María del Val Martín Miguel, ya en el siglo XVIII existía una cofradía formada por mujeres casadas. Tradicionalmente la junta estaba formada por la alcaldesa, cuatro regidoras y dos alguacilas, siendo este último cargo ocupado por las recién casadas. En la actualidad, los cargos por orden de jerarquía son los siguientes: mayordoma, alcaldesa, portadora de la cruz procesional, primera regidora y segunda regidora. Nos comenta María del Val Martín que “antes solo se apuntaban a la cofradía las mujeres casadas, pero desde hace seis o siete años se apuntan todas”. También cabe decir que desde hace una treintena de años la fiesta se celebra el primer domingo de febrero precedida el sábado por la celebración de San Blas, patrón del pueblo. Una de las peculiaridades de esos días en Montejo es la elaboración -por los maridos de las aguederas- de la clásica limonada elaborada con el vino salido de las tradicionales bodegas locales, pues no en vano este pueblo es uno de los pocos de la provincia que se engloban a día de hoy en la Denominación de Origen Ribera del Duero. El día de Santa Águeda, tras la misa y procesión, se ofrecerá esta bebida a todos los vecinos y visitantes que, en animada concurrencia, la degustarán junto a otras viandas al son de la insustituible dulzaina. Por la noche las aguederas compartirán cena con sus maridos o acompañantes hombres, algo también verdaderamente excepcional en la dinámica de unas fiestas donde el papel del varón queda reducido a su mínima expresión.

Las burlas y pullas destinadas a los hombres se manifiestan en algunos lugares con la quema o manteo de muñecos o monigotes grotescos rellenos de paja que, por lo general, reciben el nombre de peleles. En el nordeste de Segovia quizá no esté tan extendido este ritual como en otras zonas más próximas a la capital pues, al menos que sepamos, se ha quemado el pelele de formal puntual en Casla, Fuentemizarra, Navares de Ayuso y Riaza.

En esta última localidad, las mujeres recuperaron la fiesta de Santa Águeda en 1989 y decidieron nombrar alcaldesa a Felisa Gómez Ruiz por ser su madre la última que ostentara aquel cargo antes de que la fiesta desapareciera en la villa tras la guerra. Con la firme voluntad de que esta tradición no volviera a caer en el olvido, las aguederas riazanas adquirieron un traje completo de alcaldesa al estilo zamarriego, un libro para hacer constar los actos a celebrar cada año y hasta una imagen de la santa para procesionar con ella.

Solo cabe esperar que, tras dos años aciagos de parón festivo, las celebraciones en honor a Santa Águeda emerjan de nuevo cual Ave Fénix en nuestros pueblos y se incentive la participación de las más jóvenes para asegurar la continuidad de la fiesta. Porque en pleno siglo XXI, Águeda de Catania puede seguir siendo un ejemplo para las mujeres que luchan sin descanso por mantener su integridad e independencia en el complejo mundo actual.

Para concluir, elegimos la siguiente coplilla recogida en San Román de Hornija (Valladolid)que no puede resumir mejor el espíritu de la fiesta:

“Santa Águeda Maqueda
Reina y señora
venga usted a dar la teta
al niño que llora.
Ni puedo ni quiero
ni tengo lugar
que estoy en el baile
y quiero bailar”

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