Es todo un desafío y hasta tiene algo de locura, pararse frente a centenares o miles de personas y comenzar a hablar teniendo como objetivo principal hacerlas reír. Es el trabajo del monologuista, que aunque trabaje con un material fijo debe enfrentarse cada noche a un público diferente, y que a veces hasta la falta de público.
Si no somos asiduos a locales nocturnos donde se presentan comediantes nuevos, lo más seguro es que que la mayoría de los monologuistas que conocemos sean profesionales exitosos, que ya superaron la etapa más difícil, en la que un buen número de aspirantes renuncian y prefieren apostar por otra actividad.
Juan Dávila: de policía a comediante
Un pequeño número de monologuistas vienen del cine, el teatro o la televisión, son actores que ya tienen un nombre y un público que los sigue cuando comienzan a presentarse en unipersonales. Estos son los afortunados.
La gran mayoría de los humoristas se forman a través de cursos privados o provienen de otras profesiones, como es el caso de Juan Dávila, que trabajó como policía en Alcobendas, Madrid, durante seis años antes de dedicarse de lleno a la comedia y convertirse en uno de los humoristas más queridos de España.
Las personas que asisten a los espectáculos de Juan Dávila saben, o deberían saber, que en cualquier momento pueden ser interpelados por el humorista, ya que este basa gran parte de su trabajo en la interacción con el público. Y además en tratar cualquier tema, sin importar lo incómodo que pueda ser, prácticamente sin filtros o temor a un comentario que pueda herir susceptibilidades.
En 2012, Juan Dávila abandonó definitivamente su empleo como policía para hacerse comediante, y en un año, varios años después, pasó de presentaciones con 300 personas a un espectáculo en el Movistar Arena con 15.000 personas.
“Mucha gente lo deja por eso”
Lo que quizás mucha gente no sabe es que para Dávila esas 300 personas “ya eran muchas”, y así lo ha contado recientemente en el podcast Me pasa una cosa, de Manuel Burque, pues antes de alcanzar ese número pasó 12 años presentándose en bares y otros espacios para hacer comedia, así como en eventos organizados por ayuntamientos o entes privados.
“Hay cómicos que van en su coche de local en local por España haciendo bolos”, coincidió Burque con la apreciación de Juan Dávila sobre lo duro que pueden ser los primeros años para los monologuistas.
No siempre la presencia del público estaba asegurada; sí cuando se trataba de eventos organizados por los ayuntamientos, con sus excepciones (como veremos más adelante), pero si se trataba de “el dueño de la bolera, un pub o un billar… no estaba tan claro”.
Es una etapa dura y a ratos poco gratificante, y “mucha gente lo deja por eso”, pero también es necesaria e importante porque “te curte”, y hace que puedas resistir esas noches en las que el público no presta atención o peor, en las que no se logra establecer conexión con el público y este termina burlándose del comediante, y no de su material.
Y hay momentos casi surrealistas, como una ocasión en la que le tocó realizar su monólogo sin nadie al frente:
“Tuve que actuar para nadie. Me contrató el concejal, y le llamé para decirle: ‘Oye, no hay nadie en la plaza’. Eran las cinco de la tarde, y me dijo: ‘Ya… Pero es que esto está en el programa de festejos y se hace. Y empieza a actuar, que voy a pasarme yo a ver si estás actuando, y si no estás actuando esto no se paga‘. Y lo hice solo. Empecé a soltar texto».
A este y otros momentos logró sobrevivir este comediante que hoy goza de un gran reconocimiento en España, y que difícilmente volverá a encontrarse en una situación parecida.
