Aunque sea menos frecuente, los españoles tenemos una gran experiencia como migrantes, y desde hace siglos: desde que nos topamos con América hace más de quinientos años hasta los cientos de miles de españoles que emigraron desde el fin de la Guerra Civil hasta principios de los 60.
Desde los años 80, la situación en España comenzó a mejorar y las nuevas generaciones cambiaron la migración por el turismo. Aunque este bienestar parece haberse interrumpido a partir de 2020 y hecho que muchos jóvenes comiencen a aventurarse de nuevo en el extranjero, en busca de mejores trabajos y salarios.
La experiencia de José Luis en Alemania
En 2020, José Luis se encontraba en Barcelona, era carnicero, tenía 32 años y estaba sin trabajo, la pandemia había hecho que cerraran muchísimos comercios, y ya no contaba con el paro.
Fue entonces cuando se le presentó la oportunidad de irse a trabajar a Alemania, a un sitio llamado Schönau en la Selva Negra, aunque él prefiere referirse a ella como “la Toscana alemana”.
Su plan fue irse por año y medio, reunir dinero y volver a España: comenzó a trabajar como conductor de autobús en una hermosa zona rural y, en apenas 3 años, pudo comprar un coche, dar la entrada para una casa y ahorrar. Ahora lleva seis años en Alemania, con un trabajo estable y en una hermosa región.
Sin embargo, no se siente del todo bien y hay cosas que extraña y que no ha podido conseguir todavía en Alemania.
Lo que echa de menos
En una entrevista para La Vanguardia, José Luis contó que nació y creció en el Carmel:
“Echo de menos la niñez, el colegio, mi barrio y mi calle. Recuerdo haber pasado muy buenos momentos con mis hermanos y amigos. Teníamos el Park Güell al lado y el Tibidabo de fondo. Recuerdo que jugábamos a los bandoleros y nos tirábamos piedras, lo típico que se hace cuando eres un niño. Esa infancia ahora ya no la ves tanto. Los tiempos han cambiado mucho. Echo también de menos a mi abuela”.
Pero sobre todo extraña la vida social en España, ya que en Alemania hay días en que los únicos intercambios que tiene son las palabras que cruza con los pasajeros al informar sobre una línea, o cobrar tickets.
“Aquí la vida empieza y acaba antes (…) A las seis de la tarde es más probable que te encuentres a un jabalí que a una persona. Aquí la vida es trabajar, comprar e irte a casa. Y si no buscas un entretenimiento, se te va la vida solo trabajando”.
Necesita la vida emocional: “tener a un amigo con quien puedes contar en el día a día, quedar para un café espontáneo, no perderme nacimientos o momentos pequeños. El dilema está en que, cuando estoy aquí, echo de menos Barcelona, pero cuando estoy allí, echo de menos Alemania”.
Comenta que muchos mediterráneos no aguantan esta vida tan solitaria y vuelven a sus países al poco tiempo.
“Es normal. Por ejemplo, aquí raramente verás la típica abuela sentada en un banco hablando con sus amigas. La gente hace vida en sus casas. Tampoco es muy común entablar una conversación con el cajero del supermercado o con el carnicero. Entonces a veces haces el balance y te preguntas: ‘Tengo dinero y seguridad, pero no tengo vida social porque solo trabajo’”.
Para José Luis se trata de una experiencia fundamental, siente que emigrar le sirvió para abrir su mente y desechar tópicos (como el de la frialdad de los alemanes). Ha aprendido a saber cómo enfrentar situaciones complejas y salir adelante: “ahora sé que tengo la valentía suficiente para empezar de cero en cualquier otro sitio”.
“Alemania es mi casa y Barcelona también, y he aprendido a valorar lo que dejo en cada sitio. Es una lucha mental constante cuando me cuestiono dónde dar el siguiente paso”.
