Desde el año 2014 la provincia de Segovia cuenta con un folleto turístico sobre los encierros campestres que se celebran a lo largo del periodo estival: aunque las citas se concentran en los meses de agosto y septiembre, el mes de julio también figura en el listado, y el traslado de las reses desde el campo hasta los núcleos urbanos se contabiliza en este trimestre en un total de dieciséis localidades, siendo uno de los “puntos fuertes” dentro de las celebraciones patronales. No obstante, la denominación de encierro campestre requiere ciertas particularidades recogidas a su vez en diversos estudios cuyo ámbito se extiende a Castilla y León: en tales trabajos, Segovia está muy presente, con ejemplos que los dan a conocer en toda España, como el caso de Cuéllar, Pedraza o Sepúlveda.
Los encierros campestres de cara al turismo El título Encierros tradicionales de Castilla y León anticipa el reconocimiento a los numerosos eventos festivos que se concentran en nuestra comunidad, y en un territorio denominado por su autor, Mata y Martín (2011: 56), “la geografía mágica de los encierros”, que acota a los que tienen lugar en “las provincias de Segovia, Valladolid, Zamora, Ávila y Salamanca, junto a la capital soriana. Unas tierras en las que la vinculación con el toro de lidia y la afición al caballo han permitido que perviva la costumbre de encerrar reses bravas, en una sucesión de generaciones que han mantenido incólume la esencia ritual”. Mientras que en Zamora, Ávila y Salamanca es el territorio donde se puede ver “la ritualidad del encierro truncado” con ejemplos en Fuentesaúco, Fuentelapeña y Guarrate (pueblos zamoranos), la localidad salmantina de Ledesma acoge los “espantos”, al igual que la abulense de Pedro Bernardo.
No obstante, el número de poblaciones castellanoleonesas destacables que conservan encierros tradicionales supera las cuatro decenas, y entre ellas Mata y Martín destaca a los festejos de Cuéllar como “el buque insignia de los encierros”, a los que titula “Antigüedad y fidelidad: el ejemplo de Cuéllar”: […] La historia, la antigüedad, la fidelidad a la tradición y el rigor, se dan de un modo tan singular, preciso y emocionante que este rito no sería lo mismo si no se contara, más de cinco siglos después de la primera noticia escrita de su celebración, con este rito inmemorial en esta villa mudéjar ubicada a mitad de camino entre Segovia, su provincia, y Valladolid […].
En el mismo título el autor establece claramente la distinción entre el encierro tradicional -con un recorrido por campo, núcleo urbano y llegada al coso- y los encierros urbanos -también en alza y con ejemplos segovianos muy populares, como los celebrados en el mes de agosto y con horario nocturno: en la capital, el caso del Barrio de San Lorenzo; y en la provincia, en La Granja de San Ildefonso-. Para ello, argumenta lo siguiente: […] El presente de los encierros tradicionales nos muestra, con evidencia emocionante y fidelidad encomiable, el argumento básico del rito, que no es otro que el traslado de ganado en el que debe atravesarse un espacio de encuentro en libertad con la naturaleza para dirigir la conducción hacia un lugar en el que el hombre recupere el dominio sobre las reses. Durante siglos, este núcleo ritual ha ido incorporando elementos que ahora parecen irrenunciables, entre los que destaca la existencia de un tramo urbano en el que los mozos corren a punta de pitón delante de los astados. Así se pasó de encerrar a los toros a “correr el encierro” antes de que el grupo de bóvidos quede enclaustrado en los corrales del coso […]. […] Los denominados encierros urbanos son, apenas, una versión tristemente amputada de los verdaderos encierros, en los que se pone énfasis en adjetivarlos como tradicionales, para dejar claro desde un principio que no han perdido por camino toda la extensión, geográfica y semántica. Correr toros por las calles es un festejo ya no solo digno, si no de posibilidades y emociones infinitas. Pero iniciado el trayecto en el ámbito urbano, el término encerrar queda reducido a la acción final del enclaustramiento de las reses los corrales o chiqueros de las plazas. Y encerrar, realmente, es el radical cambio que sucede cuando los animales, libres, pasan al dominio o control humano en un laberinto de talanqueras y puertas. Se encierra cuando se traspasa el umbral entre el campo y lo urbano, entre el horizonte abierto y las calles […].
