Es el icono de la perfección, de la belleza, del erotismo, de la naturalidad, del éxito, de la ingenuidad, de la picardía, del sueño americano, de la deidad y de la inspiración artística. Todo eso y mucho más es Marilyn Monroe, porque la tentación rubia -a pesar de haber muerto hace tan solo 50 años- sigue estando muy presente en la conciencia colectiva.
Pero no todo fue gloria en la vida de la Venus de Hollywood. La rubia platino por excelencia daría para un extenso tratado sobre psicología sobre el amor y sobre su déficit de cariño en uno de los momentos más claves de la vida de un ser humano: su infancia.
Un afecto que le fue negado por su madre, que se separó del padre de Marilyn -un noruego llamado Edward Mortenson- al poco tiempo de quedarse embarazada, y a la que no pudo cuidar. Más tarde llegarían los casi 50 hogares de acogida, los abusos sexuales en algunos de ellos, así como la búsqueda desesperada del amor en sus tres matrimonios fallidos. Todo ello trenzado por una obsesión insuperable por conseguir el cariño a través del éxito, de la ambición cinematográfica y del reconocimiento exterior.
Sin embargo, Marilyn -o mejor dicho, Norma Jeane Mortenson, bautizada como Norma Jeane Baker- era mucho más que una simple diosa que atraía la atención no solo del público que veía sus películas o escuchaba sus canciones, sino de personajes tan relevantes como los pertenecientes al clan Kennedy. Intelectuales de renombre o publicistas y fotógrafos de moda descendían hasta el mundo terrenal para codearse con una figura que generaba royalties a todo lo que tocaba. Empero, ella desconocía que detrás de esa compensación siempre existía una utilización interesada.
En lo más alto
El cine fue la gran pasión de Marilyn y no era para menos. Nació en Los Ángeles, paseaba por Boulevar Hollywood, veía desde su casa los estudios Paramount y visionaba las películas del momento. Quería y deseaba ser como las grandes actrices de las producciones que veía de niña… y lo logró.
Cuando apenas tenía 20 años realizó las primeras fotografías de moda para una revista. Pero fue en los años 40 y 50 cuando la rubia tocó su trocito de cielo con títulos como Las chicas del coro, Eva al desnudo, Billete a Tomahawk, Encuentro en la noche, Niágara, Los caballeros las prefieren rubias, La tentación vive arriba o Con faldas y a lo loco.
Los estudios Fox transformaron a una huérfana en un producto de masas, en una mercancía de deseo, en una modelo según la producción del momento. Mientras el cine vendía una única Marilyn Monroe, Norma Jeane se debatía entre sus múltiples máscaras y caras.
Precisamente, el aclamado director Billy Wilder reconoció en reiteradas ocasiones que, a pesar de su impuntualidad, de su nerviosismo y de ciertas formas, Marilyn ofrecía al producto final un éxito inigualable. Fue la pantalla la que creó el mito, un icono del que ya no podía escapar, como la imagen de la actriz con la falda levantada en una boca de aire del metro en La tentación vive arriba (1955).
Al final, el alcohol y los somníferos acabaron con la vida de una de las mujeres más bellas, más interesantes y más idolatradas del panorama fílmico mundial. Tal es así que, hoy en día, 50 años después de ese fatal desenlace causado por una sobredosis de barbitúricos, tal y como indicó la versión oficial, la tentación rubia sigue estando muy viva en la percepción actual, tanto en el mundo publicitario, como en la moda o en el cine, aquel que fue su gran ambición y al que tuvo a sus pies.
