Amanece lloviendo con intensidad en Espinosa de los Monteros. «Lo malo del tiempo es que no puedes reclamar al Gobierno», comentan unos vecinos en la Plaza Sancho Gracia. Pronto avanzamos hacia Las Machorras, una comarca que aglutina los valles de La Sía, Lunada, Ríoseco y Trueba, donde los pastos y la ganadería han sido el modo de vida tradicional condicionado por un escenario único, con una arquitectura muy particular, desniveles superiores a los mil metros, y sus habitantes, los pasiegos burgaleses, ganaderos que transitan de prado a prado, de cabaña a cabaña, buscando hierba para su ganado.
El tránsito hacia Las Machorras es lento, de otro tiempo. Ajeno a la persistente lluvia, un pasiego conduce a la carrera una manada de unas 40 reses, que ha hecho suya la calzada impidiendo el tráfico rodado. Con paciencia, les superamos y ascendemos La Sía, habitualmente cerrado al tráfico en invierno igual que Lunada, donde nieva con ganas a finales de mayo. En lo alto del Picón Blanco divisamos la antigua base militar del Ejército del Aire, hoy desmantelada. A nuestro lado, en el Portillo de La Sía, el ruido de los aerogeneradores crea una atmósfera muy especial, con el valle a nuestros pies, envuelto en nieve y niebla.
Son varias las casas del valle de La Sía y de Lunada que aún hoy carecen de agua corriente. Solventar esa carencia es la vieja batalla que lleva años librando Roberto Ortiz, el alcalde pedáneo de Las Machorras. «¡Qué menos que la gente tenga un grifo de agua en casa! Está muy bien que la Junta colabore con el Tercer Mundo, pero antes deberían arreglar las cosas de casa porque esto no es tercermundista, sino lo siguiente».
Al descender vemos a una cuadrilla de tres obreros que reforma una de las viviendas. Nos cuentan que llevan unos tres años trabajando en la zona y nos muestran la reforma integral que realizan: «Más habrá que hacer, pero no hay dinero para todo», comentan. En este caso, han tirado una habitación para hacer más amplio el salón, reconstruyendo la estructura interior con paredes de pladur y suelos nuevos, y un aseo creado de la nada. Caminando por la estancia puede olvidarse la vivienda original, que se desvela al abrir la última puerta, un viaje en el tiempo que revela los suelos reemplazados, el techo ennegrecido sin sobrecubierta que aísle el tejado y la ausencia de luz natural y artificial. En la estancia inferior, lo que antaño daba cobijo al ganado para que su calor llegara a la estancia superior, ahora está repleto de leña para varios inviernos.
A continuación nos detenemos en una casa que ya nos llamó la atención en el ascenso. Inevitable fijarse en ella; es la más colorida y llamativa de todo el valle, presidido por la sobriedad y la piedra. La postal armónica con el verde de los campos, con vallados de piedra que delimitan cada finca y las sobrias estructuras de cada vivienda, se rompe con la vivienda de Jaime y Damián, dos hermanos que han pasado toda su vida en la casa que ahora visitamos.
El propio vallado exterior está decorado en tonos saltones, como el naranja de los sacos que envuelven los troncos de los árboles ubicados al lado de la calzada, coronados con antiguos anuncios de Kas con exuberantes ‘pin up’, o los botes blancos que coronan cada estaca. Al fondo, la casa deslumbra. Encalada por completo, el blanco salpicado de llamativos colores puntuales, atrapa la mirada. Estamos ante ‘El Guggenheim de La Sía’, como los vecinos de la zona llaman al lugar.
La parte inferior de la vivienda, la más visible desde la carretera, está rodeada en su parte inferior por una redecilla de plástico naranja. Más arriba, los tonos verdes, rosas y amarillos impregnan todo tipo de objetos encontrados incrustados en la pared con vocación ornamental: tapacubos, cascos de obreros, regaderas, cajas de botellas, ventiladores, cubos, fragmentos de persianas, matrículas bilbaínas y burgalesas, paraguas o frontales de radiocassettes son los elementos que Jaime ha reutilizado para decorar el exterior de la estancia, logrando una composición abrupta en el entorno que resulta extrañamente armónica en sí misma.
Los dos nos reciben con una sonrisa, pese a la inesperada visita, y tras las presentaciones de rigor Damián se lanza a refunfuñar contra la reciente intervención del catastro y la consecuente concentración parcelaria que ha afectado al lugar. Solteros y de avanzada edad ambos, sólo les salva de la soledad su perra Lobi, el ganado que permanece a salvo de la lluvia en la planta inferior, y la radio, que no deja de sonar a lo largo del día como compañera inseparable. Ahora, en un contraste absoluto, suena Manel, el refinado grupo catalán que tras quince años por primera vez se encaramó a lo más alto de las listas de ventas en España con un disco cantado en la lengua de Serrat.
«Hemos estado toda la vida aquí. Cuando yo tenía 15 años, estas laderas estaban todas ocupadas, cada parcela con su ganado, pero ya cada vez hay menos gente por aquí», lamenta Damián.
Jaime, por su parte, nos cuenta que el comienzo de su afición decorativa comenzó «por casualidad». «Cada pieza tiene su historia, y viene de sitios diferentes. Algunas cosas las encontré yo y otras me las ha ido trayendo la gente», añade. Damián vuelve a refunfuñar al preguntarle por la labor de su hermano; ante la pregunta ‘¿pero no te gusta?’, la respuesta es un seco «no», si bien al volver a la carga con un ‘pero da alegría…’ le cambia el gesto y asegura «eso sí».
