Casi ha pasado un año desde que David Fernández debutara con el Viveros Herol Nava ante Bordils, un día especial. “Descubrí algo nuevo. La gente no me conocía de nada, y después del partido me felicitaba como si llevara ahí toda la vida. Eso es lo que más me llamó la atención de Nava, daba igual que fueras del pueblo o no, que llevaras un año o diez. Todos te trataban igual y me sentí como uno más desde el primer día”. Tras una temporada extraordinaria y comprometerse verbalmente en junio con el club para el próximo curso, el zurdo de oro firmó hace dos semanas con el Atlético Valladolid, de vuelta a su hogar. “Me arrepiento de cómo han salido las cosas, en su momento me precipité al decir que sí a Nava. Después de cómo me han tratado y lo bien que he estado allí, que han sido como mi segunda familia, me habría gustado salir de otra forma”.
El lateral valoró dos alternativas deportivas muy atractivas y, en una categoría sin talonarios millonarios, optó por la proximidad. “Al final, lo que me hizo decidirme fue ahorrarme esos viajes entre semana y llegar tarde a casa, poder entrenar en un pabellón… Ha sido un tema de comodidad, porque los proyectos eran muy buenos, pero he querido quedarme en casa con mi familia y amigos”. Ha sido un mes complicado para una promesa del balonmano nacional que hace tan solo unos días escuchaba el himno nacional con la selección juvenil en Suecia. “Les he pedido que lo entiendan porque tampoco ha sido fácil para mí, he estado un poco jodido”.
Sin la química interna sería impensable que el cuadro navero hubiera peleado con argumentos por el ascenso a Asobal. “La clave del vestuario es que antes de compañeros son amigos. A la gente nueva se la acoge desde el primer día, intentan que te adaptes lo antes posible porque ellos piensan que va a ser lo mejor para el equipo”. Por eso, explicar su partida, vulnerando un acuerdo no escrito y con el club lamentando la situación, a sus socios de batalla, algunos miembros de la directiva, era muy importante. “También soy muy joven y cometo errores, he pedido disculpas a mi entrenador y mis compañeros. Solo puedo darles las gracias por lo que me han ayudado. Me quedo que con la gente que me conoce en Nava lo ha entendido, y estoy muy contento por ello”.
Transcurridos los meses, el David Fernández que deja Nava es un quilate moldeado. “Me he hecho más jugador. Empecé la temporada siendo un niño, el juvenil del equipo, y poco a poco he ido cogiendo galones, madurando en la medida de lo posible para mi edad, y ahora vuelvo a Valladolid mucho mejor de lo que fui a Nava”. Una de las claves de su evolución fue su técnico: “He aprendido muchas cosas gracias a Álvaro [Senovilla] y le estoy muy agradecido. Esta temporada me ha salido así de bien gracias al trabajo diario que ha hecho conmigo”.
Tras haber jugado en Segunda Estatal o en juveniles, la puesta de largo en División de Honor Plata supuso un reto para Fernández. “En esta categoría los fallos se ven muy claros, no es como en juveniles, que puedes tener un error y aun así la jugada acaba saliendo bien. Aquí se pagan”. Ese fuego real también se nota en lo físico, en una división tan pareja que no da fines de semana para el descanso, máxime con un cuadro navero abonado a finales apretados. “Físicamente me ha costado adaptarme a la categoría porque venía de una exigencia mucho más baja. La temporada se me ha hecho bastante larga, he ido teniendo problemas físicos, partidos en los que he estado mucho más bajo…”
Habitual gladiador en ataque y máximo goleador navero, el lateral, de 19 años, marca el principal aprendizaje del curso en su iniciación defensiva. “Siempre he sido un jugador que no defendía nada y en eso estoy muy contento. He sido un jugador con muchos minutos y que Álvaro haya confiado en mí para defender ha sido un orgullo. Te hace mejor en ataque, porque cuando solo atacas estás más limitado y menos cómodo”. A su temporada edad, ser el jugador a vigilar por la defensa rival supone un reto añadido. “A alguien le tienen que pegar, si un día hago yo el partido bueno, me tocará a mí. Hay que ir aceptándolo y acostumbrarse, al joven siempre se le da un poco más. Lo llevaba bien, eso sí, hasta cierto punto…”
Ahí llegaban sus veteranos a defenderle, los que le sacaban una sonrisa cuando este lateral, siempre autoexigente, se marchaba cabizbajo a casa. “El balonmano no es un deporte, es una vida entera”.
