Se resisten a ser una generación perdida. De ahí que, superados los cinco millones de parados en el país y con la tasa de desempleo juvenil más alta de la Unión Europea, no es de extrañar que cada vez sean más los licenciados nacionales que buscan su desarrollo profesional en otros países.
Ante la falta de un horizonte laboral, miles de ingenieros, arquitectos, médicos, enfermeras, científicos o periodistas abandonan su patria, España, en la que políticos y empresarios no están por la labor de ofrecerles, fuera de campañas electorales, un puesto. El número de titulados que ha cruzado la frontera desde que comenzó la crisis en 2008 supera los 300.000.
Y es que, en la actual situación en el mercado laboral, son ellos los que se llevan la peor parte. Aquellos cuyas edades están comprendidas entre los 16 y los 24 años tienen casi tres veces más posibilidades de estar desempleados que los adultos, a lo que hay que añadir que son pocas las esperanzas que tienen de encontrar empleo.
Ante esta expectativa, el vicepresidente de la patronal de consultoría (Fenac), Francisco Aranda, calificó hace unos días de «alarmante» que la nación cuente con una cantidad tan exagerada de licenciados «haciendo cola» ante las oficinas de los servicios públicos de empleo.
Aranda denunció que a la generación «más formada de la historia contemporánea española, no se la puedan ofrecer ahora los puestos de trabajo prometidos después de años de formación.
Sus padres, en su mayoría, se sacrificaron quitándose lo básico para que tuviesen un porvenir mejor que el suyo, una educación a la que ellos no tuvieron acceso y, sobre todo, una preparación que les abriría las puertas a empleos acorde con su preparación. Y, en cambio, contemplan asombrados cómo sus hijos, aunque hayan tenido los mejores expedientes de su promoción, forman parte del fenómeno conocido como Generación JESP (Jóvenes Emigrantes Sobradamente Preparados) en busca de una colocación, la que sea.
Ante estos resultados, Fenac advierte de que «estamos experimentando una peligrosa huida de conocimiento, que obstaculizará nuestro desarrollo hacia una economía de valor añadido».
Por otro lado, según un informe del grupo Adecco, el éxodo de jóvenes que emigran se produce en primer lugar en Canarias, «ya que desde el inicio de la crisis ha visto cómo 37.086 de sus habitantes mayores de 18 años han abandonado las islas para afincarse en otras naciones».
Esa cifra supone un aumento del 51,5%. Le sigue Baleares, con un aumento del 44,4%, y La Rioja, del 39,4%. Extremadura y Castilla-La Mancha son en las se ha producido menos movimiento.
Según Adecco, «los sectores más demandados para trabajar en el extranjero también han sido alterados como consecuencia de la coyuntura económica». Previamente a la crisis económica, los puestos que más se cubrían en otras naciones estaban relacionadas con la investigación, la medicina y la biología.
En la actualidad, esta lista se ha ido ampliando considerablemente e incluye perfiles de ingenieros, arquitectos o informáticos que han perdido su empleo, llevan tiempo sin encontrar una nueva ocupación o consideran que su trabajo será más mucho valorado fuera de España.
Ante un panorama tan incierto, la nota de color la puso hace unos días el primer ministro italiano, Mario Monti, al emplazar a los jóvenes a «acostumbrarse» a no tener un «empleo para toda la vida», y lo argumentó con la frivolidad de que es «bonito» cambiar y «aceptar los desafíos». Ahí es nada.
Son palabras pronunciadas por todo un primer ministro.
