Cualquier columna que pudiera tenerse preparada para esta semana quedaría obligatoriamente aparcada en el cajón tras conocerse el fallecimiento de Johan Cruyff. Dice mi madre, sabiamente, que “Dios nos libre del día de las alabanzas”. En efecto, son innumerables las muestras de admiración que se han vertido en medios de comunicación y han volado por las redes sociales. Sin duda todas coinciden en que se ha ido una pieza clave en el entendimiento del fútbol moderno pero seguimos siendo tan ‘quijotes’ en este bendito país de esperar a sentirnos despojados de cualquier cosa o sufrir sensación de abandono para echarlo en falta y valorarlo en su justa medida, que ni siquiera la marcha del ‘Flaco’ ha podido cambiarnos la mentalidad.
No tuve la suerte de ver jugar a Cruyff pero entre todas opiniones que he devorado estos días me quedo con las de Santi Segurola que le definía como “un maestro del engaño, frenando y arrancando a una velocidad que desesperaba a sus marcadores”. Esa astucia sólo puede ser adquirida, como en el caso del holandés, cuando desde pequeño te ves obligado a jugar en la calle contra chicos que te superan en edad y sabes que si te ‘rascan’ besarás el cemento de la cancha improvisada en cualquier rincón cercano a su casa en Amsterdam.
Gusta descubrir que alguien que ha alcanzado el Olimpo de los dioses futbolísticos respiró fútbol, desde los 6 años, limpiando botas, cortando el césped y pintando líneas del terreno de juego o limpiando asientos en De Meer, la antigua casa del Ajax. Hoy se antoja casi impensable.
Y si como futbolista fue un genio, como entrenador gestó y completó su leyenda. Siempre he creído que el haber sido jugador de élite te da un plus a la hora de entender al jugador, guardando en el disco duro cientos de experiencias y ganarte inicialmente un respeto hacia ti por parte del grupo…pero tampoco eso es suficiente para garantizar tu éxito, y lo más importante, el de tu equipo. Sus jugadores lo comparaban como el profesor al que los alumnos están deseando asistir a su clase y en pocos segundos es capaz de transmitir su mensaje y esa idea queda tatuada para siempre.
Alguien capaz de dirigirse a un grupo diciéndoles: «Tú juegas al fútbol con tu cabeza y las piernas son las que te ayudan» te está desvelando uno de los secretos más importantes de cualquier deporte en el que la toma de decisiones está presente en cada una de las acciones del juego. Sólo así podemos llegar a trabajar con jugadores inteligentes, capaces de adaptarse a cualquier situación con la confianza y la seguridad de poder llegar a conseguirlo.
Con apenas un margen de días nos han dejado dos personas que en mi faceta de entrenador me han marcado para siempre: Horst Wein y Johan Cruyff: “Amamos lo que perdimos…”.