La Sagrada Familia les espera. A los seguidores del Caja que se trasladen a Barcelona no, a los jugadores del Barça; que quede todo claro. Porque si alguien piensa que con el titular una se refiere al monumento de Gaudí, es que no estuvo ayer en el Pedro Delgado.
Ha quedado escrito en alguna ocasión que el Perico es una de las catedrales del fútbol sala español. Y disculpen, pero hay catedrales y Catedrales. En términos futbolísticos nunca he llegado a entender muy bien qué tendrán que ver las catedrales con los pabellones o los estadios, pero habrá que suponer que el concepto se refiere a lo más grande que uno se puede encontrar. Y esto, sin que el tamaño importe; más bien la grada, el sentimiento, la fe concentrada al fin y al cabo. En términos estéticos y arquitectónicos, no se me ocurre mejor Catedral que, sin serlo, o siendo segunda de Barcelona, es la Sagrada Familia. Y eso precisamente fue ayer el Pedro Delgado; por diferente, por único, por colosal, por especial, por las más de 2.000 personas que en él concentraron la fe y los gritos de ánimo, que a veces son como los rezos, tan esperanzadores como resolutivos. ¿Hay algo más infalible que el creer que se puede? ¿Y si quien cree que se puede no son sólo los cinco jugadores sobre la cancha y los siete del banquillo, sino todo un pabellón entero?
La grada del Perico y la plantilla del Caja Segovia fueron una vez más la Sagrada Familia que envidia todo el fútbol sala español; esa que se comprende y se apoya en los momentos difíciles y que se abraza y grita de euforia en los días felices. Ayer fue uno de estos días.
Decir que en el pabellón no cabía un alma sería mentir; había las que estaban y seguramente estaban muchas más de las que había, incluidas las de conocidos como Nano Modrego o Aitor ‘Chino’. Y todos, almas y cuerpos, parecían mirar a las cámaras de televisión diciéndoles “mira a la grada”; y no al revés, como suele ser. Eran los objetivos los que se enamoraban del ambiente y no el ambiente el que trataba de dejar prendado a la cámara.
Las miradas se centraban en la cancha mientras los jugadores de Caja Segovia y Benicarló se preparaban en los momentos previos del partido, y los ojos continuaron en plano fijo durante todo el encuentro; las espaldas encorvadas y muchos de los dientes, pendientes de un masticar nervioso de pipas o chicles. A veces de uñas.
Tan sólo los recogepelotas parecían tranquilos recostados sobre sus sillas y quizás de vez en cuando movían sus piernas al compás de unos gritos de ánimo que no cesaron; los de los chicos de la curva. A ellos hay que agradecerles que la Sagrada Familia no fuese sólo lo segundo por momentos, especialmente cuando el Benicarló se dedicó a ponerse por delante, primero con el 0-1 y luego con el 1-2. En esos minutos, los de 1985, hicieron de hermano mayor y animaron al resto de la prole, que enseguida respondió.
El gol del empate a uno fue como un abrazo gigante, de esos que, sin ser necesariamente de boda o comunión, son auténticos, de verdad. Mientras Cidao cruzaba la cancha hacia la portería contraria, todas las personas en la grada levantaban y estiraban sus brazos, como queriéndose unir al abrazo de los cinco jugadores; por momentos, incluso pareció que los aficionados tenían los músculos de Boomer.
La reacción tras el segundo gol de Benicarló fue aún más espectacular. No hubo ni un sólo segundo de silencio, ni un portazo, ni un mal gesto. De nuevo el hermano mayor se levantó y comenzó a gritar eso de “¡Este partido, lo vamos a ganar!”, los pequeños en estas artes le imitaron, y sin necesidad de escuchar la consigna dos veces, entre Esquerdinha, Borja y Tobe lograban el segundo empate.
De ahí al final, 3-2 y 3-3 incluidos, cada disparo contó con cuatro mil pies más y cada carrera multiplicó por dos los gemelos que la corrían. De repente, todo el pabellón comenzó a botar; euforia sin miedo a las consecuencias, que se llama.
Y eso que era para temerlas, porque una vez más la Historia se puso presumida y se empeñó en ponerle difícil la cita al Caja y sus seguidores. A los aficionados les tocaba repetirse por dentro, “hasta el infinito y más allá”; y es que el infinito volvía a ser una vez más lo más parecido a una prórroga.
Las peticiones de Sergio y Mordi desde el banquillo a la grada eran órdenes ejecutadas y los ánimos de todo el Perico, unido por una misma causa, no cesaron ni para coger aire; más bien lo prestaron a unos jugadores cuyas fuerzas ya estaban en la reserva, reservadas para saltar y saltar. Y saltar aún más, celebrando con su gente, con Segovia, con el pabellón entero, que la familia, en esto del fútbol sala, también es sagrada.
