Hace unos días, por razones laborales, tuve que defender en la universidad una plaza como profesor y, con ella, una trayectoria profesional. En ese tipo de actos uno ordena méritos, fechas, responsabilidades y publicaciones; pero, cuando llega el momento de agradecer, aparece lo verdaderamente importante: las personas que, sin saberlo quizá, ayudaron a construir lo que uno es.
En ese instante no pude evitar acordarme de un grupo de compañeros que fueron mucho más que compañeros de equipo. Me refiero a aquellos jugadores del Club Imperio de baloncesto que, cuando yo apenas tenía quince años, me abrieron la puerta del vestuario, de la cancha y del pospartido. Lo de jugar ya era otro cantar, porque una cosa era entrenar con ellos y otra muy distinta estar a su altura. Pero me acogieron con una naturalidad que nunca he olvidado.
El Imperio fue un club referente en el deporte provincial y nacional. Un equipo que durante años compartió canchas con los mejores conjuntos de la zona, incluido el Real Madrid. Para un adolescente, entrar en aquel ambiente era asomarse a un mundo adulto. Carlos Herranz, Juanpi, Santiño y Mollinedo ejercían de hermanos mayores. Yo escuchaba sin rechistar, aprendía sin darme cuenta y asistía a conversaciones que, por edad, quizá aún no me correspondían, pero que me ayudaron a abrir los ojos.
Con otros, algo más cercanos generacionalmente, aunque igualmente mayores para mí, compartí afinidades, gustos y sueños: Javi Muñoz, Ortiz, Cosic, Lázaro, Gonzalo López y Peñas, la estrella del equipo. Todos ellos, cada uno a su manera, fueron moldeando mi carácter. Me enseñaron que el deporte no es solo ganar o perder, sino convivir, respetar, esforzarse y compartir experiencias que permanecen mucho tiempo después de que el balón deje de botar.
Gracias a ellos, el baloncesto se convirtió en ese aliciente que me hacía levantarme con más ilusión los días de entrenamiento o partido. También me obligó a organizarme, a llevar los estudios al día y a soñar, por qué no decirlo, con vivir como deportista profesional. Aquel sueño se truncó en un momento determinado y quizá fue lo mejor que me pudo pasar.
Porque la vida continúa después del deporte. Pero el deporte, cuando se ha vivido así, queda para siempre dentro de la vida de quien lo practica.
