Cuando Moussa Bathily y Fousseyni Camara abandonaron Mali, no sabían dónde terminaría su viaje. Los dos dejaron atrás a familiares y amigos y una vida marcada por la guerra, el terrorismo y la inseguridad. Tras recorrer miles de kilómetros y atravesar varios países, trabajando y sobreviviendo como podían, acabaron en Segovia, donde hoy intentan construir un futuro gracias al Sistema de Acogida e Integración para solicitantes y beneficiarios de protección internacional, financiado por el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, que en la provincia es gestionado a través de Cruz Roja.
Los dos jóvenes de 26 y 25 años tuvieron que abandonar Mali debido a la violencia y la inseguridad que desde hace años afectan al país africano. Antes de que la guerra condicionara su vida, Moussa cuenta que estudiaba informática y trabajaba en un negocio de copistería. Recuerda aquella época con nostalgia. “Antes de la guerra estaba muy bien”, cuenta.
En el caso de Fousseyni, su situación personal está marcada por la pérdida. Cuenta que sus padres fallecieron en 2018 y asegura que no tiene parientes cercanos, “no me queda nadie en mi país”, explica. A esta circunstancia se sumó la presencia de grupos terroristas en su zona de origen, una amenaza constante que terminó por obligarle a marcharse.
La salida de Mali fue solo el comienzo de un largo camino. Fousseyni pasó varios meses de un lado a otro antes de llegar a Tenerife, desde donde pudo viajar a la península. Moussa por su parte, explica que desde 2020 no ha vuelto a ver a su familia. Primero se refugió en Burkina Faso y después en Níger, donde las condiciones de vida eran especialmente duras. Finalmente logró volar a España, una excepción dentro de unas rutas migratorias que, en la mayoría de los casos, se realizan por vías mucho más peligrosas.
Moussa arribó a Madrid, donde cuenta que pasó varios días sin saber muy bien qué hacer. Preguntó a varias personas cómo podía orientarse y empezar una nueva vida. Un día se subió al primer tren que salía de la capital. Su destino fue Segovia.
“Son historias que muchas veces ni siquiera nos llegan completas”, explica Joana, educadora social de Cruz Roja en Segovia. “Hay personas que han pasado uno o dos años desplazándose de un país a otro, trabajando donde podían para reunir dinero y continuar el viaje. Son situaciones muy duras que en ocasiones escapan a nuestra imaginación”.
Crear una nueva vida
Joana forma parte del equipo que acompaña a los participantes del programa de acogida. “Nuestro trabajo consiste en ayudarles a integrarse en la sociedad de acogida de la mejor manera posible”, explica. Junto a una trabajadora social, atiende a unas treinta personas, ayudándolas en cuestiones tan diversas como la atención sanitaria, los trámites administrativos, la formación o la búsqueda de empleo, mientras que otros voluntarios también se encargan de ayudarles con el idioma, una de las barreras con que se encuentran sobre todo las personas provenientes de África.
Actualmente Cruz Roja dispone de 140 plazas de acogida en Segovia, todas ellas ocupadas. Los usuarios llegan derivados desde recursos de primera acogida, como diversas ONG, especialmente Accem, tras haber solicitado protección internacional.
Entre los perfiles atendidos hay personas procedentes de Ucrania, Venezuela, Colombia, Perú o Kazajistán, aunque Mali es una de las nacionalidades más representadas dentro del programa. Según Joana, los jóvenes malienses suelen mostrar una gran capacidad de adaptación. “Tienen mucha disposición para aprender, trabajar e integrarse”, señala.

La mayoría de los jóvenes malienses que llegan al programa lo hacen solos. A diferencia de muchas familias procedentes de Latinoamérica o Ucrania, suelen emprender el viaje sin pareja ni hijos y con una prioridad clara: encontrar trabajo cuanto antes. “Muchos llevan años sin ver a sus familias y necesitan empezar a generar ingresos para ayudar a quienes se han quedado en su país”, explica Joana. Esa urgencia hace que algunos incluso abandonen el programa antes de completar todas sus fases cuando reciben una oferta laboral a través de conocidos que ya residen en otras zonas de España.
Por eso, una de las primeras prioridades es el aprendizaje del español. Tanto Moussa como Fousseyni destacan la importancia de las clases para aprender el idioma y del apoyo recibido para gestionar documentación, acceder a recursos formativos y desenvolverse en su nueva vida cotidiana.
En 2025, Cruz Roja en Segovia ha atendido a 339 personas solicitantes y beneficiarias de protección internacional, de las cuales 121 eran menores. Desde el Plan de Empleo de la organización se ha acompañado a 148 personas, con una tasa de inserción laboral del 55,57% (81 personas). El sistema de acogida e integración está financiado por el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones y se estructura en dos fases: una primera de acogida temporal y una segunda de autonomía, en la que las personas reciben apoyo social, psicológico y jurídico, además de acompañamiento sanitario, educativo, lingüístico y laboral.
El problema de la vivienda
Aunque encontrar empleo no siempre resulta sencillo para las personas refugiadas, Joana señala que el mayor obstáculo suele ser otro: “El acceso a la vivienda es muy complicado. Ya lo es para cualquier persona, pero para una persona migrante todavía más. Y para una persona migrante negra, más aún”, afirma.
Muchos participantes del programa encuentran trabajo en sectores como la agricultura, la construcción o la gestión de residuos. Sin embargo, disponer de una nómina no garantiza poder alquilar una habitación o una vivienda. Por ello, Cruz Roja actúa frecuentemente como mediadora entre propietarios y usuarios para facilitar acuerdos de alquiler y generar confianza entre ambas partes.
Para poder solicitar una vivienda, es necesario disponer de una resolución favorable de protección internacional, algo que Fousseyni acaba de conseguir, por lo que se encuentra en proceso para buscar habitación y empleo con el fin de avanzar hacia una vida independiente. Moussa por su parte, continúa a la espera de la resolución y desea poder estar pronto en la misma situación.
A pesar de las dificultades, ambos tienen claro que quieren construir un futuro en España. No hablan de regresar a Mali. Consideran que la situación sigue siendo demasiado peligrosa y que las amenazas que les llevaron a abandonar su país continúan presentes. Tampoco creen que el conflicto vaya a resolverse a corto plazo.
Mientras tanto, dedican sus esfuerzos a aprender el idioma, conocer la ciudad y prepararse para encontrar trabajo. Sus objetivos son sencillos: tener una vivienda, un empleo y la posibilidad de vivir con tranquilidad. “Son chicos muy responsables”, concluye Joana. “Han pasado por situaciones muy difíciles y lo único que necesitan es una oportunidad”.
En un mundo en el que más de 120 millones de personas han tenido que abandonar sus hogares a causa de conflictos, persecuciones o violencia, las historias de Moussa y Fousseyni ponen rostro a una realidad que a menudo se reduce a estadísticas. Detrás de cada solicitud de asilo hay una vida interrumpida, una familia separada y el esfuerzo por volver a empezar en un lugar desconocido.
