El papa León ha recordado con fuerza profética en Canarias que “La Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana. Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche”. La amenaza, la oscuridad y el caos en los que nos ha introducido el Leviatán de los poderes promotores de la guerra, del hambre y de la pobreza a través de sus mafias, no puede hacer callar o enmudecer a los cristianos. “Esa voz sigue resonando contra las fuerzas que devoran, esclavizan y descartan a tantos hermanos nuestros. Ahí donde Cristo manda callar al mar, la Iglesia no puede permanecer muda ante quienes son abandonados a sus aguas”.
El Leviatán al que el Papa alude, según las culturas antiguas puesta en resalto por autores modernos como Thomas Hobbes y otros, representa el dragón o la bestia marina que se mueve astutamente y devora todo lo que encuentra. Representa a los poderes ocultos (ideológicos, económicos y políticos) que mueven los hilos de la maldad del mundo de hoy, manipulando a la persona humana.
León XIV nos viene a decir que, frente a estos poderes, la iglesia no puede callar. Lo proclama así de claro porque, si la tarea de los laicos católicos es hacer presente el evangelio en la vida pública, aparece en ellos un excesivo deseo de trabajar en el ámbito del culto o en el interior de la Iglesia enmudeciendo su deber de gritar en la vida pública ante semejantes desmanes.
Jesús de Nazaret fundó la comunidad cristiana, llamada Iglesia, con el fin de anunciar buenas noticias (La Buena Noticia). Del evangelio nacen tres oficios que los cristianos han de cumplir: el culto. los sacramentos y la oración donde los creyentes dirigen su mirada a Dios; en segundo lugar, la predicación del evangelio y la formación cristiana creadora de unidad; y en tercer lugar la labor de la caridad o ayuda a los pequeños y necesitados.
Es verdad que son numerosas las instituciones religiosas y laicales que se preocupan de la formación en los colegios e instituciones formativas y en la atención a los pobres y enfermos. La Iglesia se siente agradecida a la gran labor que los religiosos están prestando en estos ámbitos signo de que la iglesia tiene un lugar para salir de la mudez a pesar de que los leviatanes de turno quieren monopolizar la asistencia y la enseñanza desde los ámbitos estatales asumiendo lo público que pertenece a los ciudadanos.
Pero se nota excesiva mudez o tartamudez en los espacios que afectan a la atención a los pobres ¡que pocas acciones surgen en las parroquias en los campos de atención a los pobres, a quienes se encuentran solos y están marginados! La enseñanza social y la Doctrina social de la Iglesia es una gran fuerza para los laicos, aunque hoy esté enmudecida.
La astucia del Leviatán está tan presente en nuestra sociedad que no solo se apropian de la tarea de la acción social que pertenece a la sociedad civil, entre las que se encuentras instituciones como las caritas diocesanas, sino que entran en estas instituciones imponiendo su ideología y despojándola del sentido de gratuidad y desprendimiento cristiano. Esto sucede cuando las caritas o las instituciones eclesiásticas se dejan utilizar por los poderes públicos en su deber de atender a los pobres.
La Iglesia calla y tartamudea mucho cuando se trata de defender la dignidad de la persona humana. Muchos laicos sienten vergüenza de hacerse presente en la política, la economía, la enseñanza, la familia bajo el “signo de cristianos”. Quedan lejos aquellos tiempos en los que muchos cristianos promovieron el movimiento obrero, la enseñanza en los colegios y la promoción de la caridad.
La presencia del papa en España ha de espabilar el oído de los cristianos y el habla de la iglesia mediante un ‘efeta’ que les haga gritar la dignidad de la persona humana en un mundo dominado por la manipulación, la mentira y el egoísmo político. No se puede creer en Jesús y promover la guerra. No se puede creer en Jesús y maltratar al pequeño. No se puede arrodillarse ante Dios y machacar al emigrante.
