En mi última columna comentaba cómo el Real Madrid de baloncesto en la final de la Euroliga dio, pese a la derrota, un ejemplo de esfuerzo, sacrificio y mérito que, en mi opinión, trasciende incluso al propio título. Hoy quiero insistir en esa idea, esta vez de la mano del Papa León XIV.
Hace unos días escuché su mensaje sobre los valores del deporte, en el que dejó una reflexión que merece la pena rescatar: el deporte es una escuela de fraternidad, un espacio donde aprendemos que nadie llega lejos completamente solo. Y, posiblemente, esta sea una de las lecciones más valiosas que ofrece el deporte: el compañero que ayuda cuando las fuerzas flaquean; el entrenador que corrige para ayudarnos a crecer; el rival que nos obliga a superarnos. Incluso la derrota, tan incómoda, nos aporta humildad, resiliencia y respeto. Y la victoria, siempre según León XIV, gratitud.
Pero pierde su esencia cuando se convierte en una competición de egos, cuando la rivalidad nos ciega y consideramos al adversario como un enemigo, o cuando la grada olvida que detrás de cada camiseta hay una persona. Vemos demasiado a menudo insultos, desprecios y enfrentamientos absurdos, tanto en el deporte de competición, como en el de formación.
Uno ha compartido bastantes vestuarios como jugador y como entrenador. La experiencia me dice que un grupo en el que sus componentes se ayudan, se complementan, persiguen un objetivo común y se reconocen mutuamente, tiene garantizado el éxito en forma de crecimiento personal y, además, mayores posibilidades de alcanzar la victoria.
Me resulta paradójico que el mejor resultado no aparezca en ningún balance. Y me doy cuenta de que en ninguno de los clubes en los que he estado se mide al final de la temporada el respeto, el esfuerzo, la solidaridad o la gratitud. Solo se evalúa el resultado deportivo y la mejora en términos técnicos o tácticos. Demasiado poco para todo lo que aporta esta actividad.
Al final, los títulos se guardan en vitrinas y, quietos y silenciosos, acabarán cubiertos de polvo. Lo que permanece en el interior del deportista son las experiencias vividas y las amistades construidas. Y por eso creo que el mejor resultado no es ganar una liga o una copa, sino salir del terreno de juego siendo un poco mejor de lo que eras cuando entraste en él.
