Leer historia nos permite, a menudo, establecer paralelismos inesperados que nos ayudan a interpretar el presente. Distintos protagonistas, distintos momentos y contextos, distintos lugares, pero con un mismo sentido simbólico. Estas comparaciones son sorprendentes y, desde luego, arriesgadas, pero también reveladoras. Lo intento.
La invasión de Roma por los vándalos en el año 455 d.C. y la reciente visita del Papa León a España pueden parecer acontecimientos alejados entre sí. Y lo son. Sin embargo, ambos ilustran la interacción entre poder, fe, autoridad moral y evolución social.
En el siglo V, los vándalos de Genserico pusieron en jaque el poder político del Imperio saqueando Roma sin que, a diferencia de la invasión visigoda de Alarico tan sólo medio siglo antes, hubiera —cosa rara en la época— derramamiento de sangre ¿Por qué? La intercesión del Papa León I, un referente moral y diplomático en aquel momento, fue capital para que el saqueo fuera quirúrgico recortando los excesos que su tiempo permitía a los conquistadores. Además, los vándalos —cristianos arrianos para más señas— pensaban que el nombre de una persona hablaba de sus virtudes de modo que era mejor no contrariar a alguien que se llamaba León I, el Magno. Respetaron su autoridad moral y espiritual preservando lo que quedaba del orden romano. Entonces, ganó el acero y atemperó la palabra.
Siglos después, la visita del Papa León a España también puede analizarse en clave simbólica. León XIV no vino a conquistar territorios; vino a conquistar corazones y a buscar lugares de encuentro. Llegó como un líder espiritual y se irá —muy a pesar suyo, ya lo verán— como un referente político. Mientras que en las calles había bulliciosas multitudes, en las conciencias había silencios reflexivos, en los que el protagonista era el diálogo como vía y como puente. Cada palabra se ha convertido —aunque sea por unos días— en una brújula moral de nuestro tiempo y todo, junto al símbolo de la cruz, ese que arracimó a millones de personas —por cierto, con una media de edad muy joven— en las calles de Madrid.
La comparación no pretende equiparar situaciones ni forzar los hechos; pretende resaltar que, en momentos de transformación o incertidumbre, las figuras espirituales, su referencia y su simbología adquieren una relevancia especial. Ambos hechos históricos, sin ser comparables, me recuerdan el poder transformador de la palabra cuando germina en las conciencias fértiles y quien la usa tiene la altura moral necesaria para ser un referente. Y el Papa lo es.
Hoy los “vándalos” disgregadores y oportunistas de rapiña representan a una parte del pueblo español. Se han levantado muros y se han desmantelado puentes por intereses espurios. Los símbolos de estabilidad y las instituciones democráticas también se pueden demoler. El Papa ha venido a decirnos lo que fuimos para que recordemos lo que somos y lo defendamos. Escuchemos para pensar de manera racional y no visceral.
León I consiguió que se mirase a Roma con otros ojos; León XIV —el tiempo lo dirá— tal vez consiga que los españoles nos queramos más y que seamos capaces de apreciar más y mejor nuestras tradiciones, nuestra esencia y nuestro origen. Tal vez sea un buen momento para abandonar los extremos y buscar mayor cohesión social y mejores valores compartidos.
España, heredera de la tradición romana y profundamente engarzada al cristianismo debiera ser hoy el escenario de un diálogo entre pasado y presente. Aunque el contexto actual dista enormemente de las invasiones bárbaras, persisten desafíos que, en otro plano, también ponen a prueba a la España que queremos y en la que vivimos.
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