Llegó el cumpleaños de mi hermano y como siempre no sabía que regalarle. En esa situación hay que refugiarse en los libros. Regalar libros. No se me ocurre nada mejor. Y afortunadamente este año iba a acertar de pleno. Había leído críticas muy positivas de un tebeo llamado “Las guerras de Lucas”. No tardé en ir a la librería a buscarlo y no me importó demasiado el precio un tanto desproporcionado. Lo bueno es que el tebeo tenía una pinta formidable.
Mi hermano quedó un poco sorprendido con el regalo pero rápidamente lo leyó. Inmediatamente me dijo que era un tebeo en el que había más de lo que parecía y que yo también debía leerlo. El libro trata fundamentalmente de las peripecias de George Lucas previas al gran éxito de “La guerra de las galaxias”, ahora comúnmente llamada “Star Wars”.
Al mismo tiempo del regalo, viéndome un tanto atascado en mis escritos, mi madre me dijo que tenía que escribir, que basarme en mis cosas propias.
George Lucas. Tardé en familiarizarme con ese nombre. Había algo mucho más grande que él, su propia creación. Y sin creación no existe nada, dice Hayao Miyazaki. Y este escrito también es creación. Y en ella me sitúo con once años, en algún sábado o algún festivo. La familia ha salido y nos reunimos con mis tíos y mis primos. A mi primo Carlos le van las trastadas y andamos alborotados por la calle. Mi tío Baldomero es todo vitalidad y empuje y quiere llevarnos a alguna cafetería que conoce. Seguramente pretende tomar su ginebra con coca-cola y fumar y fumar. Pero parece que andamos perdidos y no acabamos de encontrarla. Posiblemente Baldomero no acierta en su expedición. Pasamos por la sala de cine quizá más atractiva y me quedo mirando el título de la película y los horarios de las sesiones.

El título me deja estupefacto: “El retorno del Jedi”. ¡¿Qué título era aquél?!
Era un título para nuestra infancia. Podría serlo. Para la mía. Y las películas no son sólo películas. No pueden serlo, no pueden simplemente esfumarse. ¿Por qué esta película y no otra? ¿Es todo eso importante?
No olvidé el título. De algún modo lo retuve, olvidé toda aquella tarde pero el tal retorno del título quedó presente, posiblemente hasta aquél verano o el verano siguiente, en el que la película se programó en el Cine Pineda. Sí, sí, mi cine sin techo de la infancia. En los carteles sólo se anunciaba la película de aquél día y del día siguiente. A por ella.
No sé con qué soñaría aquella noche. Posiblemente con Vader, pero más posiblemente con ese héroe, ese joven que manejaba una espada de luz. Luego empecé a llamarla sable láser. Y Luke Skywalker entraba en duelo con Vader. Pero yo andaba un tanto perdido porque parecía que me estaba perdiendo parte de la historia.
Pronto debí averiguar quién era Lucas. Y me sorprendió la semejanza con el nombre del protagonista. ¿Serían la misma persona?

A mí pronto me entró la afición a la música, a comprar cassettes y discos de vinilo, álbumes. Esos álbumes pasaron a mis estantes y pronto fui haciéndome mayor y se rompió mi tocadiscos. Pero antes de eso hubo abundantes discos que compré con la propina que me daban mis padres. Entre ellos había bandas sonoras de películas.
Un día, de repente, en una feria del disco, repasando algún cajón, encontré un álbum, la banda sonora de la película “El retorno del Jedi”. Sí, sí, aquella portada en la que no había ningún rostro. Sólo el sable láser empuñado por una mano.
Baldomero ríe desde otro tiempo. ¡Lo has encontrado! ¡Has encontrado el fetiche!
Y lo conservo. Lo palpo. Lo tengo en mis manos tantos años después y escribo sobre él con mi bolígrafo pilot, en esos viejos folios que no usaba y ahora me sirven para escribir. Luego reciclo ese papel y de algún modo al mismo tiempo estoy haciendo un exorcismo de recuerdos y sueños. Me sirven para luchar contra los efectos secundarios desagradables que me produce la medicación que tomo desde hace varios años.
E intento hacerlo con dos palabras: optimismo y esperanza. El Diccionario de la Real Academia dice lo siguiente a propósito de optimismo: Propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable. Ilusión, ánimo, entusiasmo, aliento, exaltación, euforia, esperanza, alborozo, alegría, jovialidad, humor.
¿Y esperanza? Proviene de la palabra esperar. Y la Academia nos dice que es el estado de ánimo cuando se presenta como alcanzable lo que se desea.
A mi estado lo llamo cansancio. Cansancio al despertar y al conciliar el sueño por la noche. En medio, lectura y lectura. Un poco de escritura y la búsqueda de palabras como optimismo y esperanza gracias a los míos. Y deseo vincular estas palabras a George Lucas y su cine, frente a otro cine que tan a menudo cae en el fatalismo y la depresión.
Palpo de nuevo el álbum de “El retorno del Jedi” y acude el joven George Lucas antes del rodaje de su guerra de las galaxias: “(…) Me di cuenta de que desde que murieron los westerns, no han existido películas de mitología fantástica, como aquellas en las que crecí, disponibles para gente joven. (…) Y el problema es que había tantas cosas que podía incluir que era como estar en una tienda de golosinas: es difícil no terminar con dolor de barriga después de toda la experiencia. Pero había cosas que sabía que no quería incluir, como un exceso de explicaciones. Quería que la historia fuera muy natural. Quería que fuera una película completamente de aventuras, en lugar de algo con una tecnología tan compleja que perdieras gran parte de la película hablando de esa tecnología”.

“Los cineastas” es el título de un libro que quiero escribir. Los cineastas como capaces de dar un sentido, cómicos junto a los que tomar al menos un cuenco de leche y pasar un buen rato si no se es capaz de ganar al ajedrez a la muerte. Es Bergman en “El séptimo sello”.
Y en “El retorno del Jedi” había una gigantesca, descomunal Estrella de la Muerte. Sí, sí, los héroes habían vencido por un instante a la Estrella de la Muerte en “La guerra de las galaxias”. En “El retorno del Jedi” vuelve la Estrella. Quizá son estrellas infinitas de la muerte a las que hemos de enfrentarnos en esta vida. Y lo hacemos con esos personajes, con esos “cómicos” como los de Bergman.
No sé si deliro comparando a Bergman con Lucas. No importa demasiado. Lo que cuenta es que ambos son cineastas. Comparten el mismo oficio.
Y vuelvo a lo que estaba. Vuelvo a mi viejo álbum de vinilo de “El retorno del Jedi”. ¿Qué haré con él y con otros discos? No lo sé. Quizá pudiese sacar unos pocos euros vendiéndolos. ¿Para qué? Mientras tanto, me quedaré con mis cineastas, con los héroes, jugando a la aventura de los cuentos. Cuentos de personajes amigos como Luke Skywalker, Obi Wan Kenobi, Yoda o Han Solo. Reflejos de Lucas, de los cineastas. Sí, sí, su amigo Francis Ford Coppola se parece a Han Solo. Y ríen sus otros amigos, Spielberg o De Palma. Quizá se ven a sí mismos en la pantalla o quizá no se reconocen. En cualquier caso, amistad según el diccionario de la Real Academia: Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato.
Personajes amigos para entablar combate con el maldito y vil cansancio, con el hastío, hartazgo. Optimismo y esperanza, una nueva esperanza frente al Imperio cotidiano. Acerquémonos a los nuestros.
La pequeña nave en misión diplomática (o rebelde) huye de un monstruoso artefacto, una nave kilométrica que no tiene fin en su paso por la pantalla. O los rebeldes se esconden en el helado planeta de Hoth. Resistencia.
Gracias, George.
¿Y mis amigos del cine? ¿Qué opinan de Lucas? Rubén Sánchez: “Nunca he pensado en Lucas como director porque “THX1138” y “American Graffiti” eran muy prometedoras pero de repente se convirtió en un líder religioso de un culto. (…) Hubiera sido muy interesante ver su carrera si “Star Wars” hubiese fracasado (…) Y encima ahora todos los del culto reniegan de su antiguo líder como si fuera un vendido más”.
Me interesan estas perspectivas de Lucas distintas a la mía. Miguel Vivas Plá: “Pasó de ser cineasta innovador, político… a uno de los reyes midas de Hollywood por culpa de un taquillazo inesperado. Una pena”.

El experto en cine Carlos Gracia: “George Lucas no fue nunca un director de cine (si lo fue alguna vez fue con “American Graffiti”). “Star Wars” sólo fue un (maravilloso) artefacto para poner a prueba su faceta de visionario que quería revolucionar el negocio del cine y evolucionar el nicho de los efectos especiales. Lucas siempre ha sido un empresario que ha usado su talento creativo para madurar su Imperio y ha funcionado más como productor, bien para asentar franquicias espectaculares, bien para testar la evolución técnica que salía de Industrial Light and Magic y THX. Desgraciadamente al final se jubiló y cedió su multimillonario legado a una Disney que lo ha dilapidado”.
A George Lucas, sin duda las inyecciones de dinero, del vil metal, afectaron a su creatividad. Quizá incluso dejó de interesarle el cine. ¿Qué hubiera sucedido (algo que pudo pasar perfectamente) si su amigo Francis Ford Coppola hubiera intercambiado los papeles del destino con él? Coppola pudo dirigir “La guerra de las galaxias” y Lucas “Apocalypse now”.
¿Y después? Después “utiliza la fuerza” y “¡qué la fuerza te acompañe!”.
La fuerza frente a la Estrella de la Muerte. Escribir esta memoria es usar la fuerza frente al sinsentido y el absurdo. Optimismo y esperanza incluso en la pérdida de los seres queridos. Y un cine destruido también es un ser querido y si no supero el duelo, pienso en mi tío Baldomero pululando buscando una cafetería y yo detenido ante el cartelón de “El retorno del Jedi”. ¿Ganarán la partida, la gran batalla, los rebeldes? Han Solo. ¿Serán los rebeldes amigos capaces de rescatarlo y devolverlo a la vida? La palabra que manejamos es “resurrección” que ha de venir de dos robots tan humanos como C3P0 y R2D2, de Leia, de Luke-Lucas, porque de nuevo se mezclan ficción y realidad.

Es emocionante. Y me gusta el cine que es emocionante. Mi amigo José Cantos me dice que nunca le ha interesado Lucas. Y me digo que él se lo pierde. O quizá sea él quien tenga la razón. No lo sé. Yo me vuelvo hacia el tebeo y me sorprendo de la cantidad de problemas y disgustos que Lucas tuvo para levantar “La guerra de las galaxias”. Me asombro de su empeño.
Recuerdo una noche en vela obligatoria para unas pruebas médicas de alergia. Me propuse ver seguidas las tres películas de la trilogía clásica de “La guerra de las galaxias”. No era necesario dormir, pensar que iba a dormirme. El sueño estaba allí cerca, en aquellos viejos DVD.
“Haz algo cálido”, le dijo Coppola a Lucas. Y Lucas pensó: “… así que hice “American Graffiti” y luego pensé que “Star Wars” tenía una oportunidad de despegar. Había ido por todos los estudios por décima vez con “Apocalypse now” y dijeron, no, no, no. Entonces emprendí este nuevo proyecto, esta película para niños. Pensé: todos sabemos el desastre que hemos hecho del mundo, todos sabemos cuán equivocados estábamos con lo de Vietnam. Todos sabemos, como cualquier película hecha en los últimos diez años señala, cuán terribles somos, cómo hemos arruinado el mundo y que imbéciles somos y cuán podrido está todo. Y pensé que lo que necesitábamos realmente era algo más positivo”.
Lucas no quería en ese momento un “2001”. Necesitaba a Flash Gordon o Errol Flynn o John Wayne o “La isla del tesoro”. No quería que olvidáramos los cuentos de hadas, los dragones y Tolkien.
Y yo necesitaba, como no, “El retorno del Jedi”, aquél álbum de vinilo que todavía conservo, necesitaba mi Cine Pineda y grandes cartelones anunciando la película, cuánto más grandes mejor. Y necesitaba optimismo y esperanza, una nueva esperanza frente a la Estrella de la Muerte. Y ahora los necesitamos más que nunca.
