Las cosas no van bien. No hace falta exagerar ni dramatizar: basta con mirar alrededor. Y aunque así fuera, podrían ir mejor. Son muchos los que, sin reparar demasiado en detalles, culpan a Trump, Netanyahu o Putin de casi todos los males. Creen que, si en su lugar hubiera otras personas, el mundo sería muy distinto. Tal vez lleven razón.
Si bajamos la vista al suelo patrio, tampoco tenemos demasiado de lo que presumir. Sin necesidad de escándalos ni corrupciones, yendo simplemente a lo práctico: ¿no avanzaríamos mucho más si, por ejemplo, se aprobaran cada año los Presupuestos Generales del Estado?
No todo puede achacarse a los grandes imponderables –cambio climático, pandemias, guerras, terremotos o tsunamis–, aunque sean útiles para la pancarta: no discuten, no protestan y siempre llegan puntuales, proporcionando excusas perfectas a quien huye de la culpa.
Una buena parte de nuestras desgracias proviene, más que de las veleidades megalómanas de algunos histriones que han alcanzado los tronos más poderosos, de la simple incompetencia del resto. El coste de permitir que la ambición supere cualquier baremo para alcanzar el poder es siempre muy alto. Rara vez la ambición y la honestidad recorren todo el camino juntas; en algún punto, la primera suelta el lastre de la segunda y acelera hacia la meta.
Es el sino de los tiempos: los buenos parecen haberse cansado de lo común y se han retirado a su caparazón, abrumados por la violencia de los ambiciosos y persuadidos de que nada pueden hacer. Tampoco es una queja nueva.
Burke dejó escrito en 1770 que «cuando los malos se combinan, los buenos deben asociarse; de lo contrario, caerán uno a uno…». John Stuart Mill ahondó en la idea al advertir, en 1867, que «los hombres malos no necesitan nada más para lograr sus fines que el que los hombres buenos miren y no hagan nada». Y san Juan Pablo II recordaba la necesidad de ahogar el mal en abundancia de bien.
Estoy convencido de que si los decentes –no los perfectos, que no existen–, los ciudadanos honestos de a pie, los que fallan, piden perdón y siguen adelante, nos tomáramos un poco más en serio lo común, no tardaríamos en ver las aguas volver a su cauce. ¿Cómo? Con las armas propias de la ciudadanía: votar con criterio, preguntar a quienes mandan, pedir cuentas, asociarse, acudir a los plenos, escribir una queja decente, apoyar una causa justa, publicar artículos en prensa o, simplemente, no mirar hacia otro lado.
En cuanto a las organizaciones políticas, va siendo hora de que examinen sus estructuras y miren con mayor exigencia en qué manos depositan la gestión de lo común. Así nos ahorraríamos el penoso espectáculo de verlas repudiar después a la numerosa tropa que acaba sentada en el banquillo: otrora compañeros intachables por los que ponían las manos en el fuego, hoy proscritos contra los que afirman haber actuado con contundencia, como si esa firmeza tardía tuviera alguna relación con su evidente inacción previa.
Se deben exigir filtros serios para confeccionar las listas; filtros que no premien la lealtad ciega ni el servilismo. Solo así, con un poco de sensatez y cordura, podremos volver a ver los bancos azules y los escaños de las instituciones ocupados por personas con verdadera vocación de servicio, con la ambición justa, los deberes hechos y sin dependencia vital de la política.
Al final, todo se reduce a una cuestión sencilla: «Y usted, ¿viene a dar o a pedir?».
