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Javier Morales: “Berger era capaz de dar luz a lo sombrío y convertirlo en una rosa”

por Miguel López
17 de mayo de 2026
El escritor y periodista Javier Morales (1968, Plasencia). Fotografía de Nati Leal.

El escritor y periodista Javier Morales (1968, Plasencia). Fotografía de Nati Leal.

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El escritor Javier Morales acaba de publicar Mientras Quede Una Rosa, una obra muy personal sobre John Berger (1926-2017), escritor, crítico de arte y pintor que dejó honda huella en la propia trayectoria vital y profesional del autor. Las 214 páginas desprenden un aroma de esperanza y están trufadas de testimonios de artistas españoles que le conocieron, citas literarias y reflexiones en torno a su obra y personalidad.

Este libro sobre Berger se publica cuando se cumplen cien años del nacimiento de este “hombre del Renacimiento”, como señala Morales. No es en absoluto una biografía al uso, sino una suerte de conversación escrita en prosa poética que invita a adentrarse en el universo creativo y moral de un artista muy vinculado al mundo cultural en España.

Mientras Quede Una Rosa (Editorial cuatro lunas) constituye un híbrido de géneros (entrevistas periodísticas, poesías, citas literarias, confesiones autobiográficas…) que sorprende al lector tanto como sorprendió a la propia editorial que lanza la obra. Ante un manuscrito tan inclasificable, los editores optaron por integrarlo en su colección Nómadas, categoría pensada para obras que se resisten a ser etiquetadas, una indefinición de amplio espectro que encaja armónicamente con la vida y obra de Berger.

Javier Morales (1968, Plasencia), periodista cultural y profesor de escritura creativa, ha publicado una docena de ensayos (Caminar con Gary Snyder y Otros Poetas o La Hamburguesa que Devoró el Mundo) y libros de relatos (Escribir la Tierra o La Moneda de Carver, entre otros), marcados por la defensa de la naturaleza y la crítica al tecnocapitalismo.

Este volumen desgrana cómo, a partir de su labor como crítico de arte, Berger amplió la mirada de muchos y enseñó a sentir los paisajes y otras formas de vida con más cuidado, compromiso y esperanza. El autor explica que “el libro nace del vínculo con un pensador, con un artista que de alguna manera me ha acompañado casi toda mi vida de adulto y ha transformado mi mirada literaria y personal hacia el mundo en el que vivimos. Empecé a leer a Berger con veintipocos años y fue con Porca Tierra (1979), que forma parte de la trilogía De Sus Fatigas. Es sobre el campesinado. Fue una persona que se adelantó a su tiempo, porque cuando se publicó ya vaticinaba lo que luego se ha convertido en una especie de éxodo del mundo rural. Y también nos advirtió de una cosa muy importante: puede haber agricultura sin agricultores, porque están en manos de fondos de inversión, maquinaria, etcétera. En esos años, en Inglaterra, y en esto han ido desgraciadamente por delante de muchos países, solo un uno o dos por ciento se dedicaba a la agricultura. Esa obra modificó mi propia visión del mundo y al cabo de un tiempo acabé yéndome a vivir desde Madrid a Extremadura”.

Morales narra que en su juventud, influido por las enseñanzas de Berger, abandonó Madrid y pasó tres años en el Valle del Jerte, trabajando en una fundación dedicada al cooperativismo agrario. La inmersión en “el mundo rural me oprimía un poco, está bastante idealizado, sobre todo cuando uno tenía entonces veintitantos años”. Y aclara: “John Berger forma parte de mi vida. La existencia de alguien al que le gusta leer está hecha de sedimentos literarios. Entre esos sedimentos, Berger ocupa un lugar central. A partir de ahí, supe por una conversación que él mantuvo con Jorge Riechmann que España era uno de los países donde más eco había alcanzado. Empecé a ver ese vínculo con nuestro país. Justo tras su muerte, durante un homenaje en el Círculo de Bellas Artes, fue donde se me ocurrió la idea. Dado su vínculo con España y con personas con las que él había trabado amistad, e incluso colaborado a nivel artístico, inicié un viaje personal a través de su obra”.

Revela el autor que el proceso creativo y de escritura “ha supuesto un trabajo de, entre comillas, investigación, de relecturas suyas, de viajes, y ha transcurrido durante mucho tiempo. Lo intenté escribir con espíritu bergeriano. Evidentemente es mi propia manera de ver la literatura, pero también ha sido una apuesta porque no es un libro convencional. Ese trabajo me ha llevado a una construcción y estructura diferentes, donde se va mezclando la voz del propio Berger, porque concibo también la obra como una conversación con él, la que nunca llegué a tener, con voces de otras personas que lo trataron, con las lecturas…”.

Los testimonios de artistas y creadores que conocieron a Berger se suceden en una veintena de capítulos: Mercedes Camino, Manuel Rivas (que firma el prólogo), Nacho Fernández Rocafort, Leticia Ruifernández, Ramón Vera, Pilar Vázquez (traductora a la que dedica el libro), Juan Cruz, Joaquín Araujo (no se conocieron, pero le influyó), Joan Besalduch, Isabel Coixet, Gervasio Sánchez, Juan Muñoz, Lali Bosch… Precisa que “podrían haber aparecido muchas más personas, pero tienes que acotar el terreno. Yo soy de una escritura más bien breve, me gusta la brevedad y la intensidad”.

Afirma el escritor que Berger “era un hombre casi del Renacimiento. Empezó siendo pintor, crítico de arte, dibujante… Se dedicó a la escritura porque pensaba que lo que podía contar llegaría mejor literariamente que a través de la pintura, aunque nunca dejó de dibujar. Pero además hizo guiones de cine, obras de teatro o escribió para un grupo de danza catalán”. Respecto al riesgo de escribir sobre alguien con alto magnetismo, matiza que “la admiración se basa también en la crítica, no en una fe ciega sobre quien estás escribiendo”.

El inglés John Berger recibió por su obra “G” el premio Booker en 1972.
El inglés John Berger recibió por su obra “G” el premio Booker en 1972.

Indica Morales que “Susan Sontag, con la que tuvo una relación estrecha porque ambos eran en su momento los críticos de arte, especialmente en fotografía, más importantes del mundo anglosajón, habla de su escritura como muy plástica y muy vitalista. Es una capacidad suya la de pintar con las palabras y de crearte universos. Y además tenía otra facultad como autor y como intelectual: ser crítico, pero no caer en la desesperanza. Si no, uno acaba abatido. Por ejemplo, tiene una novela muy hermosa sobre el SIDA que se llama Hacia la Boda y, en contra de lo que uno podría pensar, es una novela vitalista. Tenía esa capacidad de darle una luz a lo sombrío y convertirlo en una rosa”.

La escritora Marta del Riego apuntó, durante la presentación de la obra en Madrid, que Berger fue “uno de esos escritores fascinado por España, como, por ejemplo, John Banville, Paul Auster o Murakami”. El narrador lo atribuye a que “él se sentía más del sur mediterráneo. Los tópicos aportan a veces una cierta verdad. Los ingleses son bastante fríos a la hora de mostrar los afectos. En cambio, él era un tipo que, por lo que sé, te daba un gran abrazo, te daba una mano y sentías la fuerza, no como esas manos blandengues. Era muy vitalista. Se sentía un escritor mediterráneo y continental. Siempre dijo que era un escritor europeo. En Gran Bretaña tienen esa idea de la isla y de hecho en su país no tuvo mucha aceptación, aunque le dieron el Premium Booker Prize, uno de los más importantes, pero no alcanzó la penetración entre los lectores de países como España.”. Se reproduce en Mientras Quede una Rosa el discurso de aceptación de Berger, donde mostró el origen del dinero que iba a recibir por el galardón: “Booker McConnell comerció e hizo negocios en el Caribe durante más de 130 años. La actual pobreza del Caribe es el resultado directo de esta explotación y de otras semejantes”. Y añadió: “De manera que mi libro sobre trabajadores emigrantes se financiaría con los beneficios logrados directamente a costa de ellos, sus parientes y sus antepasados”.

Explica Javier Morales que “también tenía muy buena relación con Italia, incluso con Turquía, con Grecia. Uno de sus grandes amigos fue soldado en la Segunda Guerra Mundial y se fue a vivir a Galicia. Berger alquiló casa en Galicia y venía todos los veranos desde Ginebra a Galicia con la moto, porque era muy motero. Estuvo yendo a Betanzos la tira de años. Todo eso va creando vínculos, que también los da un poco el azar”.

La relación de Berger con Marisa Camino se aborda en el libro de forma especial: “Es una persona a la que admiro mucho, muy consecuente y a la que no le gustan los focos. Se fue a vivir al norte de Burgos, a las Merindades. Es de Madrid y tenía una carrera sólida como restauradora de iglesias. Me contó que le conoció cuando Berger visitó la Residencia de Estudiantes. Fue a verle y llevaba unos dibujos para dárselos. Cuando terminó el acto, se atrevió a pasárselos, como una especie de regalo. Berger recibía múltiples solicitudes para escribir prólogos de fotógrafos o colaborar con artistas. Casi siempre decía que no, porque, si no, sería inviable. Le gustó mucho el trabajo de Marisa y le dijo que si iba a Quincey, el pueblo donde él vivía, al lado de los Alpes, cerca de Ginebra, pues que fuera a visitarle. Ella, un día, ni corta ni perezosa, iba a un festival de arte en Alemania. Fue con su coche, un dos caballos de los antiguos, y paró allí. Preguntó dónde vivía Berger y estuvo esperándolo, porque estaba en el campo. Hubo una especie de química entre los dos por la generosidad que tenía. Esta mujer era desconocida absolutamente en el mundo del arte y él era ya un referente a nivel europeo. No tenía ese sentido de jerarquías. Mucha gente se acercaba a él porque era famoso, pero él no te medía por tu fama. Entabló con ella una relación muy fructífera, muy artística. Empezaron a escribirse cartas que en su caso eran, a veces, dibujos pequeños y esculturas. De hecho, Marisa Camino cuenta que debió cambiar el buzón de su casa y poner otro muy grande para que entraran las cosas que le mandaba Berger”.

Pero el polifacético Berger también era poeta. Cuenta Morales que “su poesía está reunida en una edición del Círculo de Bellas Artes, con elaboración de Nacho Fernández Rocafort. Intentaba hacer poesía de cada gesto cotidiano, impregnaba toda su vida. Decía que no se consideraba poeta, que eran los demás los que tenían que decir si lo era o no, porque es un calificativo demasiado grande. Y esa poesía está incluida en algún título anterior como Páginas de la Herida, publicado en Visor, pero también en algunos de sus libros que eran narrativos”. En Porca Tierra, prosigue Morales, “mete poemas enmedio. Hoy quizá estamos más acostumbrados, pero en los años setenta no era tan habitual que un autor metiera poemas en un libro de cuentos. Los temas que trata son parecidos a los que aborda en el resto de cuentos: la inmigración, la vida, la vida dura en el campo. Por ejemplo, nunca se consideró un campesino en realidad. Era muy honesto, en ese sentido. Llegó a un acuerdo con quien le prestó la casa a cambió de trabajar en el campo todos los días, pero sabía que no era campesino. Era muy consciente. Sabía cómo los intermediarios se quedan con gran parte de los beneficios, el éxodo a las ciudades, pero luego también está el arte. Y todo lo hace con la misma naturalidad y plasticidad que hace la prosa. Por ejemplo, Tus Rostros Breves Como Fotos es un libro maravilloso, donde se mezclan los poemas, la reflexión, la narrativa… Fue un libro que le costó mucho publicar, por cierto”.

El autor no olvida la dimensión política de Berger: “Todo lo que hacía era político. Eso no quiere decir que haya que escribir de modo panfletario ni que no puedas ver las luces y las sombras de los personajes, o que no tengas una ambición estética. Su poesía, narrativa, ensayo y su propia vida era política”. Resalta que Berger posaba su mirada sobre “los más vulnerables, siempre. Era un hombre muy implicado con lo que se puede entender como causas perdidas. Fue un montón de veces a Palestina, hace bastantes años. Como tenía esa mirada, dejó la pintura. Pensaba que a través de la literatura podía ser más eficaz. La pintura se le quedaba limitada y trasladó esa mirada desde la pintura a la escritura. En Modos de Ver, escribe una frase que define mucho su mirada: la vista llega antes que las palabras. Decir eso implica que él casi las ve antes de escribirlas y eso conforma un estilo. Afirma sobre Raymond Carver, al que admiraba, que era un gran escritor porque tenía tacto. Y la escritura es una cuestión de tacto, una manera de definir la escritura y el arte. Se sale fuera de lo convencional, del estereotipo. Convertía las zonas más frágiles de los humanos, con nuestras contradicciones y una crítica social imbuida de un marxismo muy heterodoxo, en belleza. Debajo de todo siempre asomaba la belleza, porque para él la belleza y la bondad eran similares, eran sinónimas”. Berger escribió sobre el dualismo en su forma de pensar: “La aceptación de un tiempo biológico e histórico en el que tiene lugar la evolución y al mismo tiempo la creencia en Dios y en una creación divina me ha acompañado toda mi vida”.

Concluyen las páginas con Marisa Camino, “la pintora con la que abro y cierro el libro. Visitó a John Berger cuando vivía en Quincey, un pequeño pueblecito. En una de las visitas, le preguntó “John, ¿y tú hasta cuándo vas a quedarte aquí en este pueblo?”. Él fue al jardín, cogió una rosa y le dijo “mientras quede una rosa”. Porque iba a la belleza, a la resistencia. Hay pocas cosas tan hermosas”. De ahí procede el título esperanzado de este libro.

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