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70, 60, 65, 50, 25 años… ¿de soledad?

por Mario Antón Lobo
12 de mayo de 2026
MARIO ANTON LOBO
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El Titiritero de Sidi Bel-Abbès

¡¡¡QUE VUELVA DON JUAN CARLOS!!!

Con una población de 27.000 habitantes hubo 726 nacimientos

Un año más San Juan de Ávila reúne a los curas en la iglesia del Seminario el día once de mayo. Da gusto ver el entusiasmo de saludos y abrazos, escuchar las respuestas a la liturgia, el canto: a pleno pulmón, entonado, todos a la vez. Se recuerda el paso por entre estas mismas paredes con aquella ilusión, candidez, de los primeros años. Algunos celebran sus veinticinco, sus cincuenta, sus sesenta, ¡sus setenta! años de sacerdocio. Todavía, entre los asistentes, alguno rebasa los noventa de vida. Y cien años que alcanzaran, como en la novela famosa, aunque no les fuera concedido ningún premio nobel, sería motivo de alegría porque, en todos los casos son años de paz, no como en la novela aludida.

En el calor de la fiesta, transportado en el humo del incensario, un sentimiento de hermandad recorre la estancia. Durante este día quedará programación suficiente para refrendarlo. Pero habitualmente tras el “podéis ir en paz”, cuando cada feligrés se va a su casa, a su familia, a su circunstancia, el cura se encamina a la soledad.

(Ya me estoy ganando una tarjeta, que Cristo no abandona.)

El sacerdote cumple con la predicación evangélica. Tantas veces o más es el hombre que escucha. ¿Quién le escucha a él? Entre los humanos, digo. Si se atiene a la ortodoxia aparece como un fundamentalista intransigente. Si se deja llevar por la misericordia y se doblega a las penas, si no caprichos, de sus semejantes puede caer en el relativismo. Podría darse por satisfecho con los dos mandamientos en que se encierran los diez, amar a Dios y al prójimo. No para: la biblia, los santos padres, los concilios, las encíclicas. Si al final examinan de amor a qué tanta aplicación. Se ve que el Espíritu Santo los quiere en plena forma.

Puede ser el cura un hombre que dinamita la convivencia de cada parroquia y añade a sus rutinas, obligaciones canónicas, excursiones, convivencias, hasta equipos de fútbol. Ay como le dé, al modo de San Juan María Vianney, por meterse en el confesonario y esperar a los distraídos parroquianos. ¿Hasta qué punto el cura tiene la obligación de ser un líder, caer en la propaganda y ser agradable con tirios y troyanos?

Como cada vez menudean más los lugares donde Cristo pudiera haber perdido el mechero, se podría ir divulgando otro: por aquí no pasa ni el cura. Pasar quizás sí, que los hay que tocan a una veintena de pueblos. Hasta el punto de que nuestras tierras se van convirtiendo en tierras de misión. Aquí vienen a rescatarnos del paganismo curas africanos, hispanoamericanos, polacos. Que ya nuestras familias no instruyen en el cristianismo y los niños de comunión suelen tomar la primera y la última. Se perdió el orgullo de madre de cura; ahora gimotean: hijo, por Dios, ni se te ocurra meterte alcalde, presidente de algo, cura o labrador. Por eso estalla tanto la alegría almacenada cuando un seminarista termina cantando misa.

Ahora que sube la gasolina, que nos amenazan las pandemias, que las guerras estalladas no terminan, sino que se propagan, quizás el temor nos devuelva a las iglesias, a la Iglesia, porque si Dios no pone su mano ni viene a rescatarnos, da la impresión de que vamos a pique. El cura ganaría protagonismo, como aquel ángel del alcázar al que solo saben borrar de calles e institutos. También, mira tú, estaríamos más cerca del cielo, que no hay mal que por bien no venga.

Si sí o si no, el cura que reparte sonrisas, que lleva a los enfermos a la radioterapia en su coche cuando no llega la ambulancia, que escucha a cuantos se le acercan, cuando termina los oficios, si no es don Mariano y otros expertos en comunicación, se va solo a casa, sin un alma caritativa en la que encontrar consuelo, comprensión, ternura.

Tampoco lo arreglaremos con una torpe glosa. Pero en la rueda de las efemérides haremos valer, homenaje y agradecimiento, que un once de mayo se celebra el patrón de los curas. Loado sea Dios.

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