Llegó mayo y las compañías de títeres ya están haciendo funciones por nuestros pueblos. Pronto, el martes 12, será la inauguración oficial en el teatro Juan Bravo de la capital, y durante seis días se dispersarán decenas y decenas de espectáculos por las calles y plazas de su casco antiguo, sus arrabales, los pueblos de su alfoz, los de toda la provincia, incluso algunos de allende sierra. Este festival, que pronto empezó a llamarse Titirimundi, cumple, nada menos que 40 años; los nueve últimos siguiendo la estela del amigo que se nos fue a por el paraguas, Julio Michel, su pensador y constructor. Él supo ver que la ciudad y la provincia en las que se enraizó, y de cuya belleza histórica se sintió capturado, eran más que propicias para compartir con sus paisanos la magia de los títeres del “mundus”, y los mundos de los títeres. La imagen, año tras año, de la Plaza de Medina del Campo convertida en abarrotado teatro popular de marionetas, al aire libre, con los niños como público protagonista, pero no exclusivo, resume lo cabal de aquella idea. Precisamente, en Torreón de Lozoya que preside esta plaza, bajo el título “De la caverna al cine, un viaje a través de los títeres”, se está exponiendo una selección privilegiada de estos, de todos los rincones de mundo, de la mano de la compañía granadina Etcétera, dirigida por Enrique Lanz, nieto del célebre Hermenegildo Lanz, quien creó y manejó los títeres vanguardistas que acompañaron a Manuel de Falla en el estreno del Retablo de Maese Pedro, en París, en 1923, en los salones de la princesa de Polignac, que fue quien se lo encargó. El significado musical y cultural de esta obra de Falla, en homenaje expreso a Miguel de Cervantes, es todo un manifiesto de la Edad de Plata de las artes españolas; que se quiso focalizar, con toda la intención, en el capítulo XXVI de la Segunda parte de Don Quijote, en la historia del titiritero Maese Pedro, que coincide con el caballero en la venta de la Mancha, y relata, en su retablo, los avatares de Melisendra, cautiva del rey Moro Marsilio, y de su esposo enamorado Don Gaiferos, de tal manera que nuestro héroe los creería verdaderos, se sintiera obligado a remediar el entuerto y, espada en mano, acabara por no dejar “títere con cabeza”.

El azaroso destino ha resuelto que este año no pueda disfrutar del festival, salvo, quizás, con un poco de suerte, el primer día, porque los amigos abogados de Orán han tenido a bien invitarme a intervenir, por las mismas fechas, en la clausura del curso anual de su colegio. Pero no estaré lejos del mundo que se estará recreando en Segovia en ese momento, porque, como se dice en el panel introductorio de la exposición “el títere está presente en todas las culturas desde hace largos siglos, más cerca de nosotros de lo que muchas veces creemos”. En Argelia existen testimonios de este arte ya antes del siglo XVI y de los tiempos del cautiverio de Cervantes. El dominio otomano dio lugar a que se desarrollase un teatro de sombras, con algunos personajes protagonistas como el Rey Urtila, símbolo de dicha dominación, y Karakoz (inspirado en el Karagöz turco). Sobre ello se puede saber más en la exposición del Torreón de Lozoya. Lo cierto es que la colonización francesa dio lugar pronto a la prohibición del teatro de títeres de sombras, porque a través de él se criticaba a los invasores; y, a su vez, las nuevas autoridades trataron de sustituirlo con la promoción del títere de guante, del guiñol. De nuevo, reapareció la oposición a los conquistadores, y surgió la figura del Ghendja, fetiche para los argelinos, al que se atribuía hacer llegar la lluvia y procurar la fertilidad de las mujeres. Por su parte, Karakoz también se armó de cierta cachiporra para oponerse a los franceses. Todo ello discurrió, al parecer, en representaciones secretas, en lugares privados.
En lo que respecta a nuestros días, pude visitar este verano pasado la ciudad de Sidi Bel-Abbès, enclavada en una zona tradicional de viñedos, a poco más de setenta kilómetros de Orán, de la que sabía que fue lugar habitado sobre todo por españoles durante los tiempos de la colonia francesa, y en la que aún resisten, en los viejos barrios, nombres de calles españoles. El motivo de aquella visita era, aprovechando mi estancia por otras razones en Orán, conocer personalmente a Kada Bensemicha, un titiritero del que había oído hablar, y con el que pude entrar en comunicación. Conocí su fascinante y oculto museo de marionetas, de nombre “Ghanja”, en una suerte de sótano, o cueva, en el barrio de Sidi Djilali, en la que atesora más de mil piezas; supe de sus trabajos comunitarios a través de los títeres, y de sus constantes recorridos por los países africanos vecinos, entre ellos, Mali, precisamente, uno de los países protagonistas de la exposición conmemorativa de los 40 años de Titirimundi. Espero que, en pocos días, podamos vernos de nuevo y hacer nuestro particular brindis por este aniversario. Ojalá pueda acompañarnos en alguna próxima edición y compartirnos sus mundos en nuestra ciudad y en nuestra provincia acogedoras.
