El reciente fracaso de la Gimnástica Segoviana en su intento de ascender a Primera RFEF, salpicado además por dos despidos de entrenadores en la misma temporada, invita a una reflexión que va más allá del resultado deportivo y del habitual cambio en el banquillo. Obliga a mirar también al césped… y a los contratos.
El deportista profesional, según nuestra normativa laboral, es quien libre y voluntariamente hace del deporte su actividad principal, bajo un contrato y a cambio de una retribución. Ese salario suele completarse con incentivos ligados a objetivos: ascensos, goles, puntos, minutos o primas colectivas. Todo ello es perfectamente válido y frecuente. Lo que no es tan habitual es lo contrario: que existan cláusulas que penalicen económicamente el incumplimiento de esos objetivos.
Y es aquí donde surge la pregunta incómoda. No ascender puede deberse, sin duda, a la superioridad del rival, al azar o a factores estructurales. Pero en otros casos, hay situaciones de bajo rendimiento sostenido, dejadez, falta de compromiso o una clara distancia entre lo esperado y lo ofrecido. El empleador, normalmente un club modesto que ha hecho un esfuerzo económico notable ve cómo su inversión no genera retorno deportivo ni financiero. Peor aún: el fracaso puede llevar aparejada la pérdida de ayudas, patrocinadores o subvenciones.
Desde el punto de vista jurídico, la respuesta no es sencilla. La jurisprudencia laboral es clara al advertir que el bajo rendimiento debe ser continuado, voluntario y grave para justificar una sanción o un despido, y siempre con pruebas suficientes. Reducir salarios de forma unilateral no es posible. Sin embargo, sí cabe preguntarse si, desde el inicio de la temporada, podrían pactarse mecanismos más equilibrados: así como existen pluses por objetivos cumplidos, ¿por qué no sistemas de retribución variable a la baja si no se alcanzan mínimos razonables?
No se trataría de castigar el fracaso deportivo, sino de corresponsabilizar a quienes, con derechos laborales plenos, también asumen obligaciones profesionales. Tal vez ha llegado el momento de debatir si el deporte profesional puede seguir blindado frente a una lógica que en otros sectores laborales ya resulta incuestionable. Porque cuando el rendimiento no llega, las consecuencias no deberían recaer siempre en el entrenador… ni solo en el club.
