No sé cómo escribir esto y tengo que averiguarlo. Por un rato apareció la paranoia. No consigo dormir. He pensado en los amigos idos. Y algo terrible había sucedido. Ahora me tocaba empezar un camino, una ruta. Me agarraría a mi biblioteca en diagonal. ¡Sí, eso haría! Y algo vencía a la paranoia: los fantasmas.
El fantasma que tengo más cerca, junto a mi escritorio, es el de Manolo Marinero, viejo amigo de Adolfo. Manolo me invita a tomar las primeras notas de este escrito. Se trata de encontrar un lugar en el mundo, sí, el de los amigos, el de los nuestros. Ese lugar infinito en el que Mario Camus, en su biblioteca de más de tres mil ejemplares, me señala una botella de whisky que Adolfo le envió al terminar, en 1994, el guión de “La bandera”. Es un trabajo extraordinario adaptando la novela de Pierre Mac Orlan. Es el privilegio del trabajo en común, el de los documentos de amistad. Aparece publicado en el libro de Adolfo, “El oficio del cine”, reeditado por GES y retitulado “Al norte de Marrakesh”. ¡Fantasma! Adolfo Aristarain. Y se vuelve hacia mí y escribe: “Escribe, aunque te cueste”.
La voz: escribe. Escribe. Intento seguir la premisa. En el malestar, otra paranoia. Me levanto de la cama. No se ha ido esta fiebre. ¿Qué te pensabas? Desmemoria, un puzzle, o mejor, un laberinto. Nos refugiaremos en Hans Mayer Plaza (José Sacristán) y Mario Dominici (Federico Luppi). Son homenajes al director de fotografía Hans Burmann y al director Mario Camus.

¿Están idos Aristarain, Camus, Marinero? Están juntos. Hans Mayer Plaza y Mario Dominici andan bebidos, como Manolo Marinero y Adolfo Aristarain en los instantes de alegría en esos rodajes entre 1970 y 1973. Hans: “Es un Frontera. Borracho o vencido, un Frontera nunca pierde su dignidad.” ¿Qué significa este momento en Un lugar en el mundo? ¿Qué es un Frontera? Manolo Marinero pone su mano en mi hombro. Quizá es un sueño. Y me explica qué es un Frontera: “Alguien que actúa según sus principios sin concesiones”. Y al mismo tiempo, porque en el cine todo transcurre al mismo tiempo, Adolfo, en su casa de Buenos Aires, a diez mil kilómetros de distancia se acerca a su gran librería, a sus discos de jazz y a sus cómics. Revisa los libros de Marinero del estante. Lee y está copiando un fragmento de un poema de su amigo, “En el mar, en las ciudades y en las tierras”: “(…) Jazz: otea/ embosca orden y caos/ retrocede y rodea,/ bucea sufre el hedor/ vuela esa sangre humeante sin humor/ risa de tonto en escondite/ y el jazz/ ríete,/ es lo único que amanece y anochece/ a las 4.15 de la tarde./ Puntualidad de genios enlatados”.
¿Dónde estás, Adolfo? ¿Dónde estás, mi amigo? Cerca de Marinero, seguro, porque él estuvo, está y estará en tu biblioteca.
¡La banda sonora! ¡Sí, la banda sonora de Roma! Tu mejor película, la más honda, la de mejores interpretaciones. Voy a buscar el disco compacto. ¡A la escalera! ¡Demonio, tenía que estar en lo más alto! Ahí están, Adolfo: Charlie Parker, Billie Holiday, John Coltrane y la selección de tu jazz favorito. Compré el álbum unos minutos antes de conocerte… Louis Armstrong Hot Seven, Miles Davis, Lester Young & Count Basie & his orchestra… Adolfo: “El jazz está metido en mi organismo y se sigue notando en los guiones y sobre todo en el montaje. Llevo un ritmo y un fraseo inconsciente que me hace saber dónde está el corte, sentir que es un cuadro y no en el que sigue o antecede. Es puramente instintivo, pero el ritmo del montaje está dado por un oído interno”.

Y mi viejo cine estaba entonces en pie. El buen compañero me cubrió aquella tarde para que pudiera conocerte. Escribo este tótem y aparecen más y más fantasmas y me hago la ilusión de que estás vivo. No es una ilusión. Estás ahí, al lado. He hecho una pileta con la banda sonora, con el libro “Llamará el Acordenista” de Manolo Marinero, con tu libro “El oficio del cine” reeditado por GES, con el libro que escribí (“Adolfo Aristarain. Un nuevo humanismo”), con los programas de Martín (Hache), Lugares comunes, Roma.
Recortes en la pileta. Un retrato que te hizo el fotógrafo Alfonso Reyes. Pareces un actor o director americano de los años 50, tranquilo, mirando directamente a la cámara, fumando. Se explica: “Mi idea es que la narración te enganche como si fuera una buena novela. Estás exigiendo concentración y mucha complicidad por parte del espectador. Lo que hago es pedirle que se convierta en un tipo pensante que va construyendo cosas que yo le doy juntas, pero no masticadas”.

El alfiler mientras escribo esto. De recuerdos, de los espectros. Estoy de nuevo confuso, desconcertado. Ahora yo soy el fotógrafo, el pintor. “Estos retratos tuyos, para verte”, escribió Manuel Altolaguirre.
Este diabólico juego en el que estamos todos metidos. ¿Y frente a esto? De Roma: “Piensas en todo lo que te hace mal y lo dices en voz alta, como si lo tiraras al río: las penas, la tristeza… la corriente del río se lo lleva todo.” Un río y dentro Sacristán y Botto, Mundstock, … Gustavo Garzón, Susú, la maravillosa Marina Glezer (sólo ella podía ser una mujer Frontera)…
En Roma tenemos un niño en la butaca de un cine. Es el origen. Es Adolfo. Su madre también se llamaba Roma. Ahí está todo. Pienso, de nuevo, que es su película más importante, la película para la que Aristarain se estuvo preparando toda su vida, preparando para la escena final, preparando para el río.
“Signos de un gran cineasta”, escribió el crítico Ángel Fernández Santos a propósito de Últimos días de la víctima: “La película supera la pobreza de medios, para que Aristarain use las salidas imaginativas”.
Me quedo pensando en esto: “salidas imaginativas”. Un encuentro decisivo de Mario Camus y Adolfo Aristarain. Y es que Camus había viajado a Argentina para el rodaje de Digan lo que digan. Adolfo Aristarain colabora como traductor y acaba siendo ayudante de dirección. Camus y él hablan el mismo lenguaje del cine (Ford, Hawks, Walsh) y de la literatura (Conrad, Dumas, London, Baroja, Stevenson). ¡A regalar libros!

Baroja. Uno de los sueños de Aristarain fue filmar “Memorias de un hombre de acción”. Camus y él coincidían también en “Los pilotos de altura”. Baroja: “¡Pero, hombre! -contestó él-. Yo digo que no hay obstáculos, y si los hay, que no valen la pena para convencerme. Si vas a hacer un viaje peligroso con la idea de que todos han de ser obstáculos, percances, naufragios, enfermedades, ¿qué espíritu vas a tener? Hay que pensar lo contrario: creer en el éxito.”
La parte del león, Tiempo de revancha y Últimos días de la víctima son el cine cerebral, implacable, directo. Las películas desde Un lugar en el mundo son cine del corazón, de un autor. Con veinte años vi Un lugar en el mundo y no me ha abandonado. Cine hecho en cooperativa. ¿Era eso posible? Jack London, el maestro Luppi, el geólogo José Sacristán, un caballo en carrera con un tren. Siempre cerca en el cine el tren de los hermanos Lumière.
Y con veintitrés años vi La ley de la frontera, cine de aventuras, luminoso. Invertir los términos, de eso se trata. Es divertida, ligera, sin pretensiones, entre Galicia y Portugal. Entre la aventura y la vida cómoda, entre la locura y el equilibrio.

Kathy y Bruno. Los tuyos, te encontrarán. ¿Y nosotros? Y nosotros. Nos encontraremos aunque sea dentro de diez mil años. Creer, creer. No puedo creer que Aristarain ya no esté. “Llamará el Acordeonista y me dará instrucciones”. El Acordeonista es un músico que nos llama y da instrucciones para vivir, da sentido a nuestra existencia. Mientras trabajaba en ese libro a veces no sabía cómo seguir. Adolfo me sugirió que leyera “En busca del barón Corvo”, de A.J.A Symons. Funcionó.
Al ir a dormir una noche después, sigo sin creer que Adolfo Aristarain no está. No es cierto, me repito. Recuerda sus películas, sus músicas, sus libros, recuérdale allí cerca con la fotografía de Alfonso Reyes o con Susú Pecoraro y José Luis Alcaine en Casa de América, en Madrid. Pero ahora tengo que tomar mi medicación y aparecen los efectos secundarios, el síndrome de inquietud en las piernas. No podré dormir pero al final concilio el sueño y me encuentro en mi diagonal. Camino y camino entre infinitos estantes. Busco respuestas, respuestas. De nuevo me repito… …algo que venza a la paranoia: los fantasmas. ¡Ayudadme, fantasmas! ¡Ayudadme! Yo solo nada puedo hacer. En la Frontera del sueño y la realidad salgo a la calle y pienso que caminando se aclaran mis ideas. A veces puedo tardar años para reconocer “Adolfo Aristarain: Un nuevo humanismo” o “Llamará el Acordeonista” de Marinero. Los dos libros muy cerca, y también los cuentos de Mario Camus.
Adolfo no paraba de sugerir libros: “A bordo del Spray” de Joshua Slocum, que compartía con Mario Camus, Cendrars, Stevenson… Se trataba de evitar ese asesino difuso que nos mata día a día sin que nos demos cuenta, llegando incluso el villano al suicidio. Acosa y acosa a las Alicias de Martín (Hache) y Roma, por la tristeza y el desamor. Acosa a Marinero.
Cuidemos a los nuestros, ¿Y que pasa con los que nos quedamos? Víctor Erice, al escribir sobre Marinero: “Los muertos sólo se hacen presentes a través de los demás, es decir, de todos aquellos a quienes nos ha correspondido la difícil tarea de sobrevivirles. Su recuerdo acecha nuestras individualidades, nos obliga a asumirlos de buen o mal grado; pero ya no están solos (…)”.

Cuando estuve enfermo (en una de las ocasiones), en el delirio, pensé que era mi final. Afortunadamente desperté y allí estaba Aurora. Escribí a Adolfo y le dije que tenía la sensación de haberme asomado a un Abismo. Esto me obsesionó, me obsesionará el resto de mis días. No puedo evitarlo; rápidamente me encontré con un correo de Adolfo a propósito de esto: “Se puede llegar a la Frontera del Abismo y sentir su presencia, pero no se puede intentar cruzarlo, porque nadie camina con los pies en el aire.”
Tenemos una palabra clave: “Aventura”: “Empresa de resultado incierto o que presenta riesgos”. No todo es Abismo. Aventura para esquivar al Asesino difuso, escribe Adolfo: “Por la Aventura, que existe, que se puede vivir, y que deriva de “advenir”, que es lo que llega, lo que sucede. Es la atracción del riesgo, del peligro, de la suerte, de la fortuna del romance, del suceso extraño. Y todo está ahí, aquí y ahora, si uno lo busca.”
Como buen acomodador, voy ubicando a los espectadores. Luego la película será de ellos, de lo que busquen de Adolfo Aristarain. Ya me lo dijo él cuando yo dudaba sobre mi libro de “los cineastas”: “Todo depende de tu voluntad”. Sí, sí, de mi fuerza. Y escribió sobre el cine Borau: “Es un oficio arduo, propio de gente enloquecida, sin perspectiva, ni sentido común, ni prudencia”.
El barco para viajar a España en 1967. Libros pero poco dinero. Camus le espera para ayudarle. Ayudante de dirección en un montón de películas. Y vuelta a casa. La parte del león en 1978. El director de la película de un cine curativo. Hasta Roma. Con Kathy y Bruno.
Tomo de nuevo en las manos mi libro. Lo había olvidado. Ahora soy lector de él, del libro que me hubiera gustado hallar en la librería y encontré. Paso las páginas y cierro los ojos, soñando. Paso las páginas y recuerdo el final de “La bandera” que Aristarain y Camus escribieron. Es un final que no es final, que por eso me gusta tanto. Es el final que quiero que sea siempre principio: “Pero después les volví a ver, tranquilos, caminando hacia el Sur en busca de nada, quizá de otro paisaje, de otro aire que fuera más limpio, quién lo sabe. La única verdad es que eran hijos de la aventura, y que iban a su encuentro allí donde estuviera, dejándonos a los que les habíamos conocido con la secreta esperanza de volverles a ver algún día… Cuando les perdí de vista en la infinita pista del desierto puse el punto final a esta historia”.
