Me falta mucha información, y ello tiene un riesgo grande a la hora de pronunciarse. No obstante, merece la pena asumirlo en la confianza de que nuestra ciudad y nuestra provincia, sus distintos actores, políticos, culturales, y su opinión pública, en su diversidad, tienen capacidad para seguir construyendo convivencia y entendimiento suficientes sobre las que, a su vez, seguir sembrando y cultivando una vida cultural rica, plural, abierta, en la que sepamos conjugar las dos notas que distinguen a Segovia, en este sentido, una sensibilidad por el legado de saberes y expresiones artísticas populares y una apertura de mente, al mundo, mucho mayor de lo que se pueda pensar considerando nuestro “tamaño”, como da fe la bienvenida que, a la postre, de forma fecunda, se ha dado a tantos espíritus creativos y emprendedores llegados de “fuera”. No es momento para hacer relación de estos casos, hay los suficientes a la vista, aún entre nosotros o de reciente memoria, que han dado, de modo evidente, alma y vida a nuestra realidad artística, económica, política y paisajística. Siempre he encontrado apasionante explicar esto, por los lugares por los que he ido, a conocidos y extraños, a la hora de presumir de Segovia. No es cuestión de héroes, aunque bien sabido es que el nuestro por excelencia, Juan Bravo, vino de Atienza. En ello, me gustaba recordar con mi amigo Miguel de la Quadra Salcedo que, en nuestra condición de ciudad y provincia abiertas, acogimos a los dos mayores aventureros españoles del siglo XIX, glorias internacionales, nada menos que Ali-Bey e Iradier. Queda esto, y mucho más, para contar en otra ocasión.
El caso es que me llega la noticia de que se clausura la actividad cultural que se viene desarrollando en el Palacio de Quintanar, hasta ahora bajo el auspicio de la Junta de Castilla y León, para venir a ser sustituida por otras, culturales y administrativas, de la mano de la Diputación Provincial. Confío en nuestras instituciones, y asumo la relevancia y la necesidad de las actividades pensadas por la Diputación; en concreto, aplaudo y celebro toda la apuesta que se haga por el reconocimiento de la cultura tradicional segoviana, con la esperanza de que se prodigue, más allá de la música, la danza y la indumentaria, a los aspectos relacionados con la arquitectura, la albañilería, la forja, la agronomía, la ganadería, el pastoreo, la cantería, la cestería, la alfarería, el textil, la caza, la pesca, y, en general, todas las actividades sociales y económicas vinculadas a los saberes en torno al territorio, los recursos naturales y los paisajes; deseando, además, que ello pueda exponerse y relatarse, con autenticidad y expectativas razonables, en los pueblos de nuestra provincia, donde el mundo rural, con gran mérito, trata de seguir vivo.
Siendo así, lo que no se entiende, y se percibe incomprensible, empobrecedor y destructivo, es cancelar la actividad cultural cuidada, de calidad, que ha proporcionado no poco disfrute y recreación a tantos y tantos segovianos, de toda condición; cualquiera que haya acudido a los conciertos veraniegos en El Jardín, y son muchos los que lo han hecho, sabrá perfectamente de lo que hablamos. El caso es que esa programación del Palacio de Quintanar ha venido mostrando, de forma significativa, un perfil abierto, actual diverso, atento a lo interesante que pudiera ser accesible, con presencias cosmopolitas, junto con otras más locales, en sintonía, consiguiendo en ello una personalidad, reconocible, un prestigio y una acogida feliz del público. En todo esto, además, queremos ver una suerte de mantenimiento del espíritu abierto y cosmopolita que se cultivó en el Palacio de Quintanar, de la mano del Marqués de Lozoya, desde 1949, con los Cursos de Verano para Extranjeros, a los que se unirán los pintores de la Beca de El Paular, desde 1950. La trascendencia y el valor de estos cursos también merecen de un desarrollo que no es posible en este momento. En todo caso, está en el ADN de la Segovia que hoy somos, en términos culturales, el significado de esta “isla” de apertura al mundo a través de las artes; verdadero foco de una apertura que se ha ido extendiendo y metabolizando, a lo largo de décadas y décadas, en la sociedad segoviana, y que hoy se manifiesta en un tejido de momentos, lugares y formas, de lo más variado y extenso, que en conjunto constituyen una parte esencial del carácter, y del orgullo, de lo que somos.
Como símbolo de todo ello, de esa “isla excepcional de apertura, entre lo cosmopolita y lo local”, recordemos que fue en este lugar, durante el Curso de Verano para Extranjeros de 1958, cuando Agapito Marazuela dio un memorable concierto, tras veinte años de marginación de la cultura oficial, por sus ideas y militancia políticas, a los que siguieron otros tantos, hasta que cesara realmente aquella. La revista Estudios Segovianos, en su tomo X, publicado ese año, incluyó la crónica de aquel concierto que empezó con una adaptación a guitarra de Malats i Miarons, de la Escola Catalana de Piano, y culminó con La Entradilla, “el himno espiritual de nuestra tierra”. Por todo ello, el Palacio de Quintanar debe seguir siendo, de una manera u otra, lo que fue aquella noche de verano de 1958, lo que ha venido siendo en todo este tiempo.
*miembro correspondiente de la Real Academia de San Quirce
