Valdeprados se asienta a 985 metros sobre el nivel del mar, en terrenos con suaves ondulaciones que se rompen abruptamente hacia el sur por la acción erosiva del agua del arroyo del Quejigar, creando una pequeña y fértil vaguada que contrasta con la dureza pétrea del resto del solar, cuya plataforma de piedra caliza históricamente ha proporcionado el principal material constructivo para la edificación de su caserío y monumentos que lo adornan. En su entorno aparecen los montes “Canto del Gallego” y “Posada”.
Hasta no hace mucho tiempo, Valdeprados tenía como anexo, pedanía, la pequeña puebla de Guijasalbas, hoy despoblada.
Valdeprados se ubica entre las poblaciones de: Fuentemilanos al noreste, Zarzuela del Monte al este, Vegas de Matute al sur y Otero de Herreros al este, a escasos 25 km al suroeste de la capital provincial. La puebla está servida por las carreteras: GS-723 y la N-110.
El nombre original de la puebla hasta mediados del siglo XV era el de “Valseca”, denominación que describía el lugar donde se ubicaba, —en un valle seco—, pero entonces el nuevo señor de esos territorios por concesión real de Enrique IV, don Diego Arias Dávila, lo renombró como “Valdeprados”, que vuelve a referirnos a su orografía, y de valle seco pasa al actual de —valle entre prados—.

Actualmente tiene un censo poblacional de unos 65 habitantes. Históricamente, los moradores de Valdeprados han venido dedicándose a la actividad agropecuaria, agricultura con algo de huerta y ganadería de trabajo (fuerza motriz) y despensa, así como a la extracción y labrado de la piedra caliza y granito muy abundante en la zona, que se ha venido utilizando fundamentalmente para la construcción local, zonal y en la capital, Segovia.
Adicionalmente, existieron molinos hidráulicos a los que acudían a moler gentes de toda la comarca.

Pero como ocurre en otros muchos pueblos en las faldas de la sierra, por las inmediaciones de la puebla pasaba la Cañada Real Soriana Occidental conocida en toda la provincia de Segovia como la Cañada de la Vera de la Sierra, lo que propició que un importante segmento de la población laboral de Valdeprados, a lo largo de más de quinientos años de existencia de la Mesta, se dedicara en cuerpo y alma a las diferentes funciones y laborales que necesitaba y ofertaba la Mesta en su industria ganadera, tales como: pastoreo, esquileo, lavado, secado, seleccionado y empaquetado de la lana, así como el cuidado y mantenimiento de sus viales: cañadas, cordeles y veredas, a lo que sumamos el control, conteo y cobro de los peajes en pasos del río y zonas de pastos.



En la actualidad, la economía de la puebla es un reflejo de la llamada España Vaciada, y su economía se centra en la agricultura mecanizada, la gestión de fincas recreativas y el turismo rural con especial incidencia en la organización de eventos sociales y de hostelería.
Muchos de sus visitantes acuden a Valdeprados, lo hacen para ver la Zona de Especial Protección para las Aves donde se puede observar, entre otras muchas especies, al águila imperial ibérica, especie en peligro de extinción; y a visitar la “Ruta de la Risca del río Moros” a su paso por las tierras municipales de Valdeprados, consistente en un estrecho, profundo y casi rectilíneo cañón de unos 300 metros de longitud de caída vertical de hasta 40 metros de profundidad y sólo 5 de anchura en cuyas paredes laterales se refugia gran cantidad de avifauna.

Tras la reconquista de estos territorios de manos mahometanas durante el siglo XII, se puso en marcha un proceso de colonización con fundación de las diferentes poblaciones, que aún perduran en la comarca del curso del río Moros, con gentes cristianas del norte peninsular bajo jurisdicción señorial, en pago a los servicios militares de conquista y ocupación del territorio. Una de esas pueblas es Valdeprados, que inicialmente quedó vinculada a la Corona.

Durante los reinados de Juan II y Enrique IV apodado el Impotente, don Diego Arias Dávila, de origen judeoconverso afincado en Segovia, ocupó diversos cargos en la administración del reino, incluida la Contaduría Mayor del Reino, desde cuyo importante puesto hizo acopio de grandes extensiones de territorios en la zona centro de España, entre los que se encontraba la entonces puebla de Valseca. Fue nombrado por Enrique IV primer señor de Puñonrostro con jurisdicción señorial sobre sus estados, y poco después, en 1462 decidió cambiar el nombre de la puebla de “Valseca” por “Valdeprados”.

Don Juan Arias Dávila, nieto de don Diego y cuarto señor de Puñonrostro, fue nombrado conde de Puñonrostro por Carlos I en 1523, y éste convirtió Valdeprados en la joya rural de su condado; fue entonces cuando la puebla cambió su fisonomía con la construcción del Torreón, aunque el conde titular, raramente acudía a la puebla, era el administrador quien vivía en el torreón. Con el paso del tiempo, los enlaces matrimoniales llevaron el señorío de Valdeprados a poder de los condes de Chinchón. Actualmente pertenece a la familia del famoso escultor Luis Sanguino que lo utiliza como vivienda.

Patrimonio histórico cultural. El torreón de los condes de Puñoenrostro. Protegido por Declaración de Patrimonio Histórico Español; iglesia parroquial de Santa Eulalia de Mérida con torreón campanario y el consabido nido de cigüeña en su cima, construido en estilo herreriano. Conserva en su interior dos notables retablos del siglo XVIII, así como una representación pictórica de la Virgen del Rosario obra del Maestro de Maello; y el llamado Puente de Los Enamorados; es un viejo puente de piedra y madera que salva las aguas del río Moros en las proximidades de La Risca.
Celebra sus fiestas: San José, el 19 de marzo; San Isidro, el 15 de mayo; Santa Bárbara, el tercer domingo de mayo; Fiesta de la juventud y Convivencia Vecinal, durante agosto y la Patronal de Santa Eulalia, el 10 de diciembre.
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* Juan Fco. Sanjuán Benito
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