Me declaro muy fan de la figura del directivo de cualquier club, sin importar demasiado la modalidad deportiva de la que forme parte. Y donde se escribe ‘directivo’ puede leerse sin ningún problema la palabra ‘ayudante’, ‘asistente, ‘colaborador’ o cualquier nombre propio de esa persona que no suele aparecer en la relación de los protagonistas de los éxitos deportivos, pero del que todo el mundo se acuerda cuando no está, porque nadie hace lo que él. Y gratis… o perdiendo dinero.
Porque, siendo sinceros, echar una mano a cambio de una mayor o menor (casi siempre lo segundo) contraprestación económica le hace perder mucho romanticismo al trabajo del directivo. Entiendo que en ocasiones el directivo lo es porque un hijo/a ha pasado a formar parte del club, y cuando el heredero/a deja la entidad, el directivo también lo hace, y por eso me quedo con la persona que entra en un club por convicción personal (o por amistad con el presidente, o por la razón que al amable lector le venga a la mente) y se queda una temporada tras otra, felicitándose en las alegrías, y aguantando en silencio cuando vienen mal dadas. Organizando partidos, gestionando fichas, recogiendo la ropa, pagando recibos, buscando patrocinadores…
Uno, que ya cuenta algunas canas (demasiadas para mi gusto) ha conocido a un buen número de personas que en un momento u otro de su vida han invertido su tiempo, en algunos casos sus recursos, y buena parte de sus energías, en formar parte de este colectivo. Por eso puedo afirmar que por cada uno que ha entrado en un club para servirse de él, hay cien que lo han hecho para servirle, y a los que les encantaría que aquellos que viven de la crítica permanente pasaran un par de semanas trabajando para un club cualquiera, más que nada para que, en lugar de hablar a la ligera, muchas de sus afirmaciones gratuitas se realizaran con conocimiento de causa.
