Quiero aprovechar este espacio para exponer una crítica que, por respeto y necesaria reflexión, he dejado madurar en mis entrañas, permitiendo que tomara forma hasta escribirla en estas líneas.
Hace tiempo que, como sociedad, los españoles hemos sacado pecho como representantes del bien y la moralidad; nos pretendemos defensores del débil y de la paz de las naciones, los valientes que no callamos ante las injusticias del mundo, un pueblo con un Gobierno que planta cara a los bravucones y denuncia las atrocidades de la guerra. Quizás sea cierto, pero, en mi opinión, anhelar la paz y denunciar un genocidio no demuestra elevación moral, sino el mínimo de los mínimos. Si alguien me contestase: «será el mínimo, pero somos de los pocos que lo hacen» responderé que, incluso siendo verdad, no hay mérito alguno en destacar entre mediocres; a ese nivel, cualquier destello parece una hoguera.
Es justamente en los momentos críticos, en los debates éticos más complejos, donde la sociedad española demuestra que no tiene nada de qué presumir. Me refiero al caso de Noelia Castillo, quien falleció por voluntad propia hace ya un mes.
Noelia concluyó que su vida no merecía la pena ser vivida y que su mejor opción era morir lo antes posible. Y parece que tanto su entorno como políticos y medios de comunicación, en lugar de respetar su voluntad o intentar ofrecerle razones de peso para quedarse, decidieron, por el contrario, añadirle motivos para marcharse.
He visto, desde ambos lados del espectro, las mayores bajezas morales que se pueden alcanzar en un asunto de esta índole. A un lado, políticos y activistas celebrando la eutanasia de la joven como si de un éxito social se tratara, llegando a calificarla —siguiendo el mantra de la asociación DMD— como un «acto de amor».
En el otro lado, se ha instrumentalizado esta tragedia para alimentar proclamas xenófobas, como el señor Santiago Abascal al decir que Noelia había sido violada en un centro de menores extranjeros, cosa que se desmintió, y mentiras partidistas como también afirmar que el Estado la suicidó, ya me enteraré como se puede suicidar a otra persona. Todo ello aderezado por asociaciones religiosas que deberían revisar con urgencia la doctrina cristiana que, a la vista de sus actos, desconocen por completo. Todo este circo ha sido jaleado por una familia negligente y unos medios de comunicación que han convertido el morbo de la desgracia en un reality show macabro para inflar sus audiencias en el prime time.
Resulta especialmente vergonzoso ver a supuestos “intelectuales” y “pensadores” rellenar párrafos citando la Biblia o el Quijote. Como español y católico —ambos por nacimiento y convicción—, me produce un profundo hastío que se utilicen dos textos tan fundamentales para apuntalar eslóganes vacíos e ideas vagas.
Incluso un creador de contenido quiso aprovechar el drama para lanzar un argumento a favor de la tauromaquia durante su discurso en la presentación de la feria taurina de Algeciras. Podría haber sido una reflexión profunda sobre el arte, el dolor y el sufrimiento; en su lugar, el susodicho afirmó, parafraseando, que Noelia tendría que haberse echado un novio torero para “aprender a torear el dolor”. Que cada cual reflexione sobre lo que esto significa; para mí, lo único que demuestra es que quien necesitaba un novio torero es este hombre para ver si, con suerte, se le pegaba algo de la profundidad de la que carece.
Volviendo y terminando con la figura del Quijote, estamos muy lejos de ser el caballero andante que ayuda al débil y defiende —como en el episodio de Marcela y Grisóstomo— la libertad de una mujer para decidir sobre su propia vida. Somos, más bien, aquel otro personaje, Juan Haldudo, que maltrataba a su criado y, tras jurar ante Don Quijote que repararía sus deudas y enmendaría sus faltas, en cuanto el caballero se alejó y se vio libre de testigos, siguió azotando al mozo con más saña que antes. Descansa en paz, Noelia. Al menos hasta que Abogados Cristianos decida llevarte a juicio.
