No tenemos remedio. Por muy sensatos que nos creamos, por muy discretos, nos da por hacer cosas extrañas, por tener comportamientos reprochables en los momentos menos oportunos. Nada grave, pero sí molesto. Pequeñas manías que no podemos evitar, hábitos que nos hacen alzar las cejas y mover la cabeza cuando los vemos en otros, costumbres enojosas que, consciente o inconscientemente, también nosotros practicamos con sincera vocación y que acaban irritando al personal.
Hoy la reflexión es ligerita. Venga, va, vamos a reírnos de cómo somos: maniáticos, cargantes, incorregibles. Todos, que aquí no sobra nadie. ¿Cómo era aquello de la primera piedra? Les propongo una miscelánea de casos que pueden ayudarnos a ejercitar cristianamente la virtud de la paciencia con nuestros semejantes en el sufrido día a día. Con cariño y con humor, por favor, que nadie se me ofenda.
Comienzo por uno que, por más vueltas que le doy, sigo considerando un misterio insondable, un fenómeno digno de aparecer en Tercer Milenio. No tiene mayor importancia (ninguno de los casos que aquí se refieren la tiene), pero les confieso que me llevan los diablos cuando lo sufro. Y es este: ¿qué se gana con dejar encendido el motor del coche cuando uno se detiene para recoger a alguien o para hacer un recado? ¿O el de la furgoneta —¡qué decir del del camión!— para hacer una descarga? Descargas, esperas, recados que no duran unos segundos, no, sino sus buenos minutos, más de uno, más de dos y más de cinco.
Seguro que habrán contemplado el fenómeno mil veces porque ocurre a diario. Más en los pueblos que en la ciudad, ya se lo digo yo. Disculpen si alguno de ustedes practica de vez en cuando este entretenido deporte aún sin nombre. ¿Cuál podría ser? ¿Full contacting? ¿Non stop gas? Perdonen, ya les digo, pero ¿qué se gana? No lo entiendo. Se consume gasolina, se contamina, se molesta a los vecinos… Lo que sí parece demostrado es que su práctica es adictiva: al que ha cogido la afición, le cuesta un mundo desengancharse.
Otra manera muy provechosa de ejercitar la paciencia es cuando, en el teatro, y a pesar de los avisos previos, empiezan a oírse los móviles o algún espectador, urgido por el mono que provoca la abstinencia del Whataspp, enciende el suyo creyendo que nadie se percatará de la luz de la pantalla. Desde el patio de butacas no pasa de ser un incordio; desde el escenario es un desafío para el actor. Aclaración importante: esto no aplica a la muestra de teatro aficionado del Juan Bravo, donde la interacción entre móviles y representación va de suyo noviembre tras noviembre. Este juego, esta entrañable relación, es, digámoslo así, parte de la atmósfera, una fuerte seña de identidad de la muestra. Una realidad que —alguien debería de ponerse manos a la obra— habría que proteger como genuina expresión de la idiosincrasia provincial.

Y ya que hablamos de móviles, un clásico: ese momentazo en el que un teléfono empieza a sonar en misa (generalmente, durante la consagración) y el dueño lo descuelga y dice: «Sí, que estoy en misa, sí, luego te llamo, adiós, adiós». Si nunca han sido testigos de esta simpática escena, es que van poco a la iglesia.
Y qué me dicen de aquellos otros que, en los momentos de mayor recogimiento, proceden a desenvolver lentamente, lentamente, lentamente, el papelito del caramelo pretendiendo con ello hacer poco ruido, pero consiguiendo todo lo contrario para exasperación del sacerdote y de los fieles más devotos. Y si ustedes no van a misa, quédense tranquilos: el numerito del caramelo también pueden disfrutarlo en el cine, en el teatro, en las conferencias, en los conciertos… Allá donde haya público en silencio y un amago de tos, puede surgir la magia.
«Podéis ir en paz», así concluye la Eucaristía. Pues a medias, oiga, porque en saliendo de la iglesia, indefectiblemente —¿será un atavismo de la especie?—, los feligreses más presurosos, y luego los siguientes y los siguientes, formando compacto grupo, se plantan un metro después del dintel y, atornillando los pies al suelo, comienzan a charlar alegremente de lo suyo, entorpeciendo la salida del resto del pueblo de Dios. Y digo yo: ¿es que no han tenido tiempo de hacerlo antes? ¿Es que no se dan cuenta de que el vermú no puede esperar?
Y ya puestos a estorbar, rematemos la serie con una de las más depuradas tradiciones segovianas, cual es la de encontrarse con conocidos en la calle Real y pararse en el sitio el tiempo que haga falta para preguntar por la familia, hablar de terceros y acabar con la consabida coletilla que todos piensan incumplir incluso antes de salir de la boca: «A ver si quedamos un día de estos y tomamos unos chatos». Todo este ritual, por supuesto, sin echarse a un lado para facilitar el tránsito, ¿qué gracia tendría si no?
Aunque todos practicamos esta saludable costumbre (que bien podría considerarse patrimonio inmaterial de la ciudad), es de ley reconocer que hay quien la ha sublimado hasta un extremo inalcanzable para el resto. Hablo de esos matrimonios que se encuentran justo a la entrada de la plaza de las Sirenas, orilla del rincón del Minutero, en el punto más estrecho de la calle, y ahí pasan el mejor rato del día, una tarde sí y otra también. Estoy convencido de que muchos quedan previamente: «Hoy nosotros de subida y vosotros de bajada; mañana cambiamos».
La imagen, no me digan que no, es tan propia y reconocible de Segovia como lo son la del Acueducto desde el Postigo y la del Alcázar desde San Marcos. Igual que otros rasgos de reconocida segovianidad, como quejarse del adoquinado y las obras recurrentes de Padre Claret (¡esto sí que es santa paciencia!). Aunque ahora, albricias, con el asfaltado de San Agustín se nos abre un nuevo mundo de posibilidades para la queja y la polémica. Y no sin razón, pero ese es otro tema…
Concluyendo, que todos tenemos nuestra pedrada, que todos hemos de soportarnos de la mejor manera posible y que nada es para tanto. Que nada hay más sano que reírnos de nosotros mismos. Y que, si alguna vez nos encontramos en plena calle Real, detengámonos un momento. Ustedes me cuentan sus cosas, yo les cuento las mías y quedamos para tomar un chato un día de estos. Y si yo no cumpliere, que es lo más probable, por favor les pido: ténganme un poquito de paciencia.
