Tom Burns Marañón analiza en esta entrevista el proceso de revisión histórica que atraviesa la Transición. Con la visión que le otorga su mirada hispano-británica, el autor de Hispanomanía defiende en su nueva obra, El legado de Juan Carlos I, la vigencia de la Constitución de 1978 frente a una polarización que califica de “tóxica”. En un recorrido que va desde el “Juancarlismo” hasta la transparencia de Felipe VI, Burns Marañón advierte sobre el peligro de juzgar el pasado con los ojos del presente y disecciona cómo los viejos tópicos sobre España siguen condicionando nuestra imagen en el exterior.
—Durante décadas, Juan Carlos I fue presentado como una figura decisiva para la democratización española. ¿Cree que hoy existe un riesgo de revisar su papel con criterios excesivamente moralizantes, sin distinguir entre biografía privada y función histórica?
—Por supuesto que existe ese riesgo pero no por “criterios excesivamente moralizantes”. La izquierda republicana y el nacionalismo independentista, la que dice “Cataluña no tiene Rey”, llevan años dedicados al acoso y derribo de don Juan Carlos. No soportan que la democracia se deba a la acción del sucesor de Franco a título de Rey, que España sea una monarquía parlamentaria y que la Constitución que don Juan Carlos pilotó consagre la unidad indisoluble de España.
Para ellos la Transición fue un pasteleo y la democracia real pasa por la recuperación de la legitimidad de la II República. Por eso se elaboró la Ley de Memoria Histórica con Rodríguez Zapatero y la Memoria Democrática con Sánchez. Ambas leyes ensalzan la República y ninguna de las dos dice algo positivo acerca del papel de don Juan Carlos en la recuperación de las libertades.
—Desde su perspectiva, ¿qué aspectos del juicio histórico sobre Juan Carlos I siguen demasiado contaminados por la polarización política actual?
—En el caso de la izquierda rupturista y el separatismo, todos. La polarización política es tóxica, contamina y se carga la convivencia. Lo importante es tener en cuenta que se retuerce y se falsifica el juicio histórico. Esto lo hacen los políticos totalitarios, En la novela 1984 del británico George Orwell, el dictador, que era conocido como el Gran Hermano, decía que “quien controla el presente, controla el pasado y quien controla el pasado controla el futuro”.
—¿Qué errores cree que se cometieron, no ya por Juan Carlos I, sino por el propio sistema político y mediático español, en la manera de gestionar su figura durante y después de su reinado?
—Durante su reinado hubo un excesivo personalismo, eso que se dio a conocer como el “Juancarlismo”, y no se hizo suficiente hincapié en la Corona constitucional que la izquierda republicana y el nacionalismo independentista, la que dice “Cataluña no tiene Rey”, llevan años dedicados al acoso y derribo de don Juan Carlos restauró. Eso fue un error, pero fue comprensible. En España no había ni cultura ni doctrina monárquica. La que hubo fue borrada por la II República y luego la liquidó del todo el franquismo.
Cuando abdicó don Juan Carlos, el revanchismo tenía vía libre. Ha calumniado sin cesar a don Juan Carlos pero su objetivo es la institución monárquica y lo que hace es atacar a la peana. Sin embargo el “Juancarlismo” sobrevive. Fui a los toros en Sevilla el Domingo de Resurrección y la Maestranza, que estaba llena a rebosar, se volcó con don Juan Carlos cuando apareció en el palco de los maestrantes. El público, en pie, le ovacionó sin cesar.
—Pensando en la monarquía parlamentaria actual, ¿cuál sería, a su juicio, la principal lección que Felipe VI debería extraer del itinerario de su padre?
—Esa lección la extrajo desde el minuto uno Felipe VI. Las cuentas de la Corona son absolutamente transparentes, cosa que no lo son las de determinados partidos políticos. Don Felipe se esfuerza en que la Corona se “útil”, que lo sea de “todos los españoles” y que cumpla escrupulosamente con la Constitución. Eso fue el itinerario de su padre que como todo español sabe y, si no lo sabe, ha de saber, salvó las libertades el veintitrés de febrero de 1981.
Cuando llamó al orden al independentismo catalán en octubre 2017 y denunció como “inadmisible” el referéndum separatista, Don Felipe demostró lo mucho que había aprendido de su padre. También cuando aguantó estoicamente la protesta en Paiporta después de la dana.

—¿La Transición sigue siendo un capital político y moral compartido o se ha convertido ya en un campo de batalla simbólico entre generaciones?
—Debería ser lo primero pero me temo que se ha convertido en lo segundo. Se infravalora la Transición, incluso se ignora por completo porque el consenso, el saber ceder para conseguir acuerdos, la generosidad y el decoro no están de “moda”. La política va de guerras culturales, de encontronazos generacionales y de choques entre civilizaciones, Estamos en una época de posverdad y de polarización. Cada cual inventa el pasado según sus gustos particulares y lo utiliza como arma arrojadiza.
—¿Hasta qué punto cree que la crisis de reputación de Juan Carlos I ha terminado afectando no solo a la Corona, sino también a la memoria pública de la Transición entera?
—Ha afectado a la institución y al más noble proceso político de la historia moderna de España. Ha afectado muy gravemente a ambas. Desgraciadamente creo que esto es evidente. Se olvida , o quizás no se supo nunca, que la “historia” y la “memoria” son cosas muy distintas. Lo primero es lo que pasó y se estudia como ciencia social. Lo segundo es una reflexión íntima y subjetiva.
—Cuando se habla hoy del rey emérito, da la impresión de que España oscila entre la hagiografía y el ajuste de cuentas. ¿Por qué nos cuesta tanto sostener una mirada históricamente compleja sobre nuestras figuras decisivas?
—Porque ha habido muy poca historiografía compartida. España carece de un “relato nacional” ampliamente aceptado y venerado por todos, o casi todos. Eso existe, muy notablemente, en el Reino Unido y también en Francia. Aquí no. Se está con el “Duelo a garrotazos” de Goya y las “Dos Españas” de Machado.
Un amigo mío estaba estudiando en la biblioteca de la Universidad de Princeton, en Estados Unidos, con una compañera americana en una mesa cerca de donde estaba Américo Castro cuando entró en la sala Claudio Sánchez Albornoz. “Ese que llega es el insigne Don Claudio y ahí está el insigne Don Américo,” dijo la compañera de mi amigo. “Sí” dijo él. “No se han saludado” dijo ella. “No” dijo él. Pensativa, la norteamericana dijo “será por la Guerra Civil”. “Qué va,” dijo mi amigo, “Es por el siglo once”. Pues eso es lo que pasa.

—En Hispanomanía usted estudia cómo tantos viajeros y escritores extranjeros construyeron una imagen romántica, exótica y a menudo estereotipada de España. ¿Qué queda hoy de esa imagen?
—No “a menudo estereotipada”. Se recrearon con un tópico, luego con otro y después con uno más. El hilo conductor era el “orientalismo” que separaba España de Europa y el estereotipo pasó de la imaginación de una generación a la de la siguiente. Sin lugar a dudas persiste hoy. Albert Einstein decía que era más difícil acabar con un estereotipo que romper un átomo.
—¿Hasta qué punto los españoles hemos terminado interiorizando algunos de esos tópicos exteriores y utilizándolos como relato sobre nosotros mismos?
—Lo interesante es que los tópicos que prodigaron los viajeros ingleses y franceses en el XIX fueron utilizados por el franquismo en la década de los sesenta del siglo pasado. Aquellos románticos, los llamados “Curiosos Impertinentes”, decretaron que España era “diferente” y eso mismo lo copió como eslogan el ministerio de Información y Turismo que dirigía Manuel Fraga Iribarne para atraer los europeos a la Costa Brava, a la Blanca y a la del Sol. También a la España interior que él se ocupó de poblar de paradores. Fraga era muy listo, se conocía bien lo que escribieron los viajeros y entendió que Spain is different tenía también una útil lectura política. Si España era diferente por su clima, sus playas, sus ciudades históricas y su belleza natural, también podía ser “diferente” por tener un régimen atípico. Hoy los españoles no quieren ser atípicos y diferentes.
—¿Qué cree que revela la fascinación extranjera por España: una singularidad real del país o más bien una necesidad europea de proyectar aquí sus propias fantasías políticas, culturales y morales?
—Las dos cosas pero más la segunda. Los “Curiosos Impertinentes” eran los bohemios y los hippies de su época y como buenos románticos huían de la modernidad y tenían nostalgia por los mitos del pasado. Richard Ford, el mejor de ellos y que era inglés aborrecía el ferrocarril que ya estaba por todas partes en su país y celebraba que en la España que recorrió a caballo no había un solo tren. Escribió que el ferrocarril nunca llegaría a España porque los amigos de sus andanzas, que eran los arrieros “jamás permitirán que la maquina luterana les quite el pan de las manos”. ¡Fantasía pura!

—Su posición biográfica, entre España y el Reino Unido, le da una mirada privilegiada pero también incómoda. ¿Es más fácil entender España desde dentro o desde esa cierta intemperie del que pertenece a dos mundos a la vez?
—Desde la intemperie, desde luego, tanto para mirar a Inglaterra como para mirar a España. Soy, a la vez, forastero y nativo en un país como en otro. Tener dos idiomas, dos culturas y dos vivencias es un privilegio. Mi padre era muy inglés y mi madre muy española. Yo soy muy mestizo. Y me encanta serlo.
—Si tuviera que resumir en una sola frase qué permanece del legado de Juan Carlos I y qué permanece de la vieja “Hispanomanía”, ¿qué diría?
—El gran legado de Don Juan Carlos es la Constitución de 1978. Es una constitución no militante y “de todos” como no lo fue ninguna anterior. Por primera vez la promulgación, de la de hace pronto medio siglo, no desterró a nadie. Al contrario, ya en la Transición volvieron exilados. La “mesa de edad” en la apertura de las Cortes Constituyentes la presidió Dolores Ibarruri “la Pasionaria” que llevaba desde 1939 en Moscú.
El gran legado de Don Carlos, es también y obviamente, haber restaurado la Corona Constitucional que ahora encarna, con gran responsabilidad e innegable éxito, su heredero Don Felipe. El poder contar con Felipe VI como árbitro y moderador del “funcionamiento regular de las instituciones”, como reza el artículo 56 de la Constitución, es una estupenda póliza de seguridad.
En cuanto a “Hispanomanía”, aquel ensayo que escribí goza de buena salud. La pasión por explorar España era un tema que compartían cuatro gatos hace doscientos años y hoy unos cien millones de extranjeros visitan España anualmente. Un dato que, a mi juicio, no se tiene suficientemente en cuenta es que España es el destino de preferencia para los jóvenes europeos que están adscritos al programa Erasmus. Es también el país, más que ningún otro, que eligen los pensionistas del norte de Europa para jubilarse. Conocen bien España, su ambiente acogedor y su clima cálido, porque a lo largo de su vida laboral pasaron sus vacaciones en ella.
