Hace ya unos cuantos días llegó al diario una esquela, la de Esteban Orejudo, que me dejó pensando durante un buen rato de qué me sonaba a mí ese nombre. Como pasa con tantas y tantas cosas, la realidad del día a día hizo que tuviera que ponerme a otros menesteres, y que ese nombre se me fuera borrando poco a poco de la cabeza…
Hasta que, un día después, Juan Martín ‘Chas’ me refrescó la memoria con un tremendo jarro de agua fría: “Se ha muerto Esteban, el del bar de La Albuera, el de la caseta del Mariano Chocolate…”. Y su figura bonachona, su sonrisa mientras me ponía el café y su “¿cómo lo llevamos hoy?” durante tantos y tantos años se me vinieron al recuerdo.
Esteban, su esposa Magdalena y sus hijos, fueron los confidentes de cientos y cientos aficionados que antes y durante los partidos, ya fueran de fútbol sala, baloncesto, fútbol… pasaban por la barra de sus establecimientos. Siempre profesionales, siempre educados, siempre buscando ganarse la vida de la mejor manera posible hasta que los avatares de la vida y las ‘cosas’ municipales acabaron con la concesión que tenían de los bares de las instalaciones deportivas de Segovia. Y pese a todo, cada vez que me cruzaba con alguno de ellos, siempre una sonrisa, siempre un “qué tal va todo”, siempre la educación por delante.
Esteban y sus bocadillos de panceta han hecho más por el juego limpio en los campos de fútbol de hierba artificial de la capital que bastantes de las medidas que se han tomado para evitar los altercados, aunque sólo fuera porque si gritabas al árbitro se te quedaba la panceta fría. Y ni pensar en agredir a nadie, no fuera a ser que se te cayera el bocata por bobo. Se le echó de menos, y mucho, en el tiempo que los bares y el ‘chiringuito’ estuvieron cerrados.
Ojalá exista ese cielo al que van las personas buenas porque, de ser así, ya sabemos dónde encontrarle.
