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El Adelantado de Segovia

Aguirre, el artista que arrimó la realidad al deseo

por Miguel López
12 de abril de 2026
Dix, Grosz, mi perro tiene memoria, 1994. Óleo sobre tela.

Dix, Grosz, mi perro tiene memoria, 1994. Óleo sobre tela.

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La vida y obra de Luis Fernando Aguirre (1935-2021) bascularon entre el arte pictórico y el oficio periodístico, siempre con una generosa humildad que le alejó de todo protagonismo. Unas veces con el pincel y otras con el tipómetro, Aguirre dejó una impronta personal en la pintura expresionista española de la segunda mitad del siglo XX y también contribuyó a la modernización visual en prensa que supuso la puesta en marcha del diario El País. Un lustro después de su fallecimiento, vuelven a exponerse en Madrid algunas de sus pinturas en una doble muestra titulada Mi Perro Tiene Memoria: oportunidad de oro para descubrir su talento y universo creativo.

La vocación por la pintura y el dibujo se instaló entre los afanes de Aguirre desde que llevaba pantalones cortos. El entorno familiar y el temprano fallecimiento de su padre cuando solo tenía diez años le empujaron desde su localidad natal, Villaviciosa (Asturias), hasta Madrid. Tras un tiempo en un internado, “Agui” (apodo para sus amigos) estudió Derecho. No obstante, la inclinación por la dimensión visual de la realidad le llevó muy joven a trabajar en productoras de cine (como la de Samuel Bronston, en filmes como La Caída del Imperio Romano o El Cid) y en el diseño de producción de varias películas, entre las que cabe destacar Campanadas a Medianoche, con guion e interpretación de Orson Welles, y rodada en varios puntos de Segovia para lograr la ambientación de la Inglaterra medieval.

Aguirre, junto a uno de sus cuadros.
Aguirre, junto a uno de sus cuadros.

Aguirre no abrazó la comodidad como vía estética ni moral en su trayectoria. Se las arregló para atesorar una sólida formación autodidacta que se expandió gracias a sus viajes por Europa. Pudo estudiar de cerca el expresionismo alemán y le deslumbró el trabajo de los artistas integrados en esa corriente. Ese expresionismo alemán, especialmente el del grupo Die Brücke (“El Puente”, fundado en 1905), se convirtió en un trampolín creativo que le permitió construir un lenguaje propio sobre los lienzos. Fue en ese momento cuando comprendió que la expresión artística era un vehículo muy útil para ejercer la crítica social. Luis Feás, periodista cultural y comisario de la exposición, destaca la “expresividad punzante de Aguirre”. La primera exposición individual de su obra data de 1964, en la galería Quixote de Madrid. Escribe Feás que Aguirre estaba empeñado en esos primeros lances artísticos, junto a una nueva camada de artistas, en el “afán de renovación figurativa que presidió la pintura española de finales de los sesenta y principios de los setenta, según se pudo ver en exposiciones como El Arte de los Setenta, organizada por la Comunidad de Madrid. También con otros compañeros de generación como Luis Gordillo. En 1966 pudo estudiar en Alemania el expresionismo de la Nueva Objetividad, en especial Otto Dix, George Grosz y Max Beckmann, gracias a una beca de la Fundación Juan March”.

Entre la gran variedad de estilos que conviven bajo el paraguas conceptual del Expresionismo, Aguirre sintió especial afinidad por la corriente Die Brücke cuya pintura constituye una de las primeras expresiones de las vanguardias al arrancar el siglo XX. Junto a su carácter innovador, también alberga una protesta contra los academicismos. Los expresionistas rechazaban leyes o disciplinas y atendían a las presiones emotivas del propio ser. El propio Aguirre señalaba que su pintura “apunta pero no explica”.

Ilustraciones sobre el 23 F.

Ilustraciones sobre el 23 F.
Ilustraciones sobre el 23 F.

Se puede enmarcar su obra entre lo lírico y lo violento, con una carga emocional que algunos críticos definieron como “expresionista, íntima y narrativa”. A lo largo de décadas, desarrolló un universo personal poblado de figuras en movimiento y atmósferas urbanas. También empleó de forma recurrente elementos simbólicos, concediendo un espacio muy relevante a los animales. Precisamente, la exposición que acaba de abrirse esta semana en las madrileñas salas Espacio Jovellanos (obra sobre tela y cartón) y Malvin Gallery (obra sobre papel) se titula Mi Perro Tiene Memoria. Pueden verse en esas paredes, hasta el 24 de abril, una selección de sus trabajos con un arco temporal de seis décadas.

Cerca de la mitad de las obras expuestas están pobladas de animales, fundamentalmente perros. Explican sus hijos, impulsores de esta muestra, que Aguirre detestó a los perros durante los años sesenta y setenta, aunque la madre era una apasionada los canes. La llegada de un bóxer al hogar le trasladó al extremo opuesto de afectos y cuidó con todo cariño a sus queridos Golo, Lodi, Marley (por el músico jamaicano, pasión musical de su hijo Oky, que ha incluido en la cartela de cada pieza expuesta un código QR que enlaza con una canción ad hoc) y Nesta. En bastantes lienzos se observan estos animales, además de todo tipo de personajes de aire onírico, probables remedos de una realidad interior compleja. También le gustaba mucho pintar motivos circenses y mujeres, como también puede constatarse en varias obras con carga erótica.

Luis Feás subraya que “morir es el olvido. Es importante que los artistas sigan presentes y que estén en galerías y en el mercado para que no desaparezcan”. Narra en el catálogo que Aguirre “pasó ya entrados los años setenta a aplicar denodadamente el método paranoico-crítico de desdoblamiento de imágenes, con un fuerte componente surrealista. Su pintura de aquel tiempo, mucho más abigarrada, se volvió compulsiva, como expresión del instinto, lo que explica la frecuente presencia en sus cuadros de animales, en especial perros, amigos y compañeros, con los que se identificaba y en los que se reconocía. Otra concomitancia iconográfica con las nuevas corrientes fue el desbordamiento que aparece en su pintura, presente en los vómitos, derramamientos y estallidos de materia líquida, bien sea agua o semen. Era una expresión de cólera, una reacción contra los poderes instituidos de la época, con una visceralidad que probablemente también tenga algo de ejercicio psicoanalítico”.

“Susana y los viejos”, 1967. Óleo sobre tela.
“Susana y los viejos”, 1967. Óleo sobre tela.

La muestra ofrece obras sobre tela, cartón y papel y abarca desde 1967 hasta 2015. Aguirre no buscó el reconocimiento del mercado ni el brillo mediático. Pintó “haciendo camino”, ajeno a las modas, construyendo una obra coherente y profundamente personal.

El pintor Alfredo Alcaín (Madrid, 1936) trató mucho a Aguirre por la proximidad de los estudios que ambos alquilaron en los años sesenta en la madrileña calle de Hernani. Explica Alcaín en el catálogo de la exposición que Aguirre “hacía una pintura diría que incómoda, áspera, heredada de sus amados expresionistas alemanes. Una pintura nada amable con el espectador, sin concesiones”. Destaca asimismo que “Luis Fernando hacía una crónica crítica de la sociedad, del machismo, de la injusticia, de una forma clara y contundente. Gran pintura”.

Pero su trayectoria no puede entenderse sin su otra vida: la del periodismo. Trabajó en Nuevo Diario, donde se curtió en el manejo de los tipómetros, reglas que se utilizaban en artes gráficas, graduadas en cíceros o puntos tipográficos. Con ellos se encajaban y distribuían los textos en las páginas de los periódicos. Hoy son casi piezas de museo tras la informatización de los medios impresos.

Desde ahí, Aguirre entró en el diario El País durante el año de su fundación, 1976, hace ahora medio siglo. En concreto se integró en el Departamento de Arte (el nombre lo dice todo), donde permaneció hasta su jubilación. Además de sus labores de confeccionador (incluida la trascendente selección de imágenes y jerarquización de las noticias a la hora de pintar las páginas, en diálogo con los reporteros), fue una pieza clave para la construcción visual de un diario que revolucionó el diseño periodístico en España, muy encorsetado hasta entonces, salvo excepciones, y anclado en fórmulas casi decimonónicas. Hacía falta quitar la caspa visual e ideológica reinante y Aguirre fue, junto a sus compañeros de sección, uno de los pilares en la modernización de la imagen del diario Y eran tiempos en que la atención de los profesionales de la información se concentraba en el fondo (libertad de prensa) y no tanto en las formas de presentar el periódico a los lectores.

Caricaturas.

Caricaturas.
Caricaturas.

“Agui” también publicó en sus páginas abundantes ilustraciones. Como él mismo explicó hace unos años, “cuando no se podía acceder a los juicios con cámaras de fotos, los diarios enviaban a ilustradores para dibujar lo que allí ocurría, de esa forma tuve la oportunidad de informar de los juicios de Atocha, el del 23-F, y el del GAL”. Sus habilidades como dibujante también se aprovecharon para ilustrar relatos veraniegos de Manuel Vicent o Rafael Sánchez Ferlosio, entre otros muchos.

Su lápiz fue, en ese sentido, una herramienta informativa. Donde no llegaba la cámara, llegaba su mirada. Precisamente escribió sobre esa peculiar forma de ver Juan Cruz, escritor, periodista y amigo de Aguirre: “una mirada que va más lejos que la tierra o que el cielo: es la mirada que se va al horizonte, quizá al horizonte de su pintura, o de su pensamiento, que era una forma de lo que pintaba”.

También colaboró durante años en el Grupo Zeta, en revistas como Ronda Iberia, Interviú o Tiempo, donde forjó amistad con César Lucas o Paco Arriba. Además de publicar sus ilustraciones, escribió en esas páginas crítica de arte bajo el seudónimo Ortiz de Zárate. La faceta de análisis y valoración de las novedades de los artistas concluyó abruptamente cuando desde altas instancias se intentó condicionar su opinión escrita: doblegarse nunca figuró entre sus costumbres morales.

Aguirre compatibilizó su trabajo en periódico con la pasión artística durante toda su vida. Muchas noches empalmaba su trabajo con los lienzos en su taller con la entrada en el periódico. Luis Feás apunta que “a partir de 1981, su pintura experimentó una revalorización ante el triunfo internacional de los expresionismos, que en su obra se matizó con un claro acercamiento a los artistas pop británicos, en especial a David Hockney. Eso se tradujo en una resolución más fluida, que en su trabajo sobre papel gana luminosidad y transparencia con respecto a la densa consistencia matérica de los óleos de los años sesenta y setenta. A los elementos clásicos de influencia alemana añadió otros de carácter más colorista y mediterráneo, aunque el tratamiento de sus figuras siguió siendo expresionista. En plena era del entusiasmo, su pintura se alineó con la de los ‘esquizos’ de la Nueva Figuración madrileña, en una posición que se mantuvo hasta el final de su carrera, bien entrada la década de 2010”. El título del texto que publica Feás en el catálogo alude a esa evolución creativa: “Post-expresionista, paranoico-crítico, esquizo”.

“El embate de la fuerza bruta”, 1982. Tinta sobre papel.
“El embate de la fuerza bruta”, 1982. Tinta sobre papel.

El artista se autodefinía como un “hombre urbano”, fascinado por la vida cotidiana, los bares y el tránsito anónimo de la ciudad. Sin embargo, nunca pintaba directamente del natural: prefería transformar esa experiencia en una visión interior, filtrada por la memoria y la emoción. Tal tensión entre lo vivido y lo imaginado dio lugar a una pintura que mezcla lo real con lo simbólico, lo narrativo con lo fragmentario. Sus cuadros, a menudo, sugieren más de lo que muestran: lo importante, decía, está también “fuera de campo”.

Aguirre falleció en Madrid, a los 86 años, nueve años después que su mujer, Cecilia. Participó en notables exposiciones, como el “Salón de los 16”, organizado por Miguel Logroño en el Museo Español de Arte Contemporáneo (MEAC), y colaboró con galerías como la Sala Amadís o la Sala Macarrón, con la que participó en ARCO. Jamás dejó de mirar a su tierra asturiana, donde expuso individualmente en la galería Tantra de Gijón (1976) y en la Sala Nicanor Piñole o la Casa Municipal de Cultura de Avilés (1981). Sus últimas apariciones en vida tuvieron lugar en la Galería Chagall de Mieres (1995) y en la Fundación José Cardín Fernández de Villaviciosa (2007). Su obra forma parte de colecciones del Museo Reina Sofía o la Biblioteca Nacional, si bien su nombre sigue siendo menos conocido que el de bastantes de sus contemporáneos.

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