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Asfaltando la verdad

por Javier López-Escobar
5 de abril de 2026
JAVIER LOPEZ ESCOBAR
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RESIDENCIA EL SOTILLO-CÁRITAS

EL OFICIO DE TINIEBLAS

Los ‘Gavarreros’ en el siglo XVIII

He oído, me han dicho, he leído. Mi vecino dice. He hablado con alguien muy metido en el Ayuntamiento. Conozco a un promotor. Mi prima trabaja en el hospital. Un taxista me lo explicó el otro día. Toda la vida se dijo. He visto de todo y ya peino canas…

Como si hubiéramos dedicado horas a la atenta lectura de prensa nacional y extranjera, salimos cada mañana a sentar cátedra. Con el blindaje que ofrece el conocimiento adquirido en charletas de pasillo y frases oídas en la cola del súper, disparamos a la menor ocasión opiniones parciales, apresuradas y radicalmente ajenas a una realidad que, admitámoslo, ni usted ni yo conocemos del todo. Nadie lo reconoce, pero todos estamos seguros de acertar.

Todo esto me vino a la mente al tropezar con una cita de Proust: «Los hechos no penetran en el mundo donde viven nuestras creencias». Es verdad, es como si la realidad nos resbalara. Por mucho que la evidencia desmienta nuestras certezas mil veces, nunca llega a arañarlas; el cerebro es impermeable al dato que lo contradice. A fuerza de querer tener razón a toda costa, hemos sustituido el ágora por el fondo sur. El debate público es puro hooliganismo, un combate donde las argumentos son crochés.

Y sin embargo, la realidad exterior no desaparece para darnos la razón. Más nos valdría dejarnos de arrogancias y asumir la lección de aquel profesor de francés del Instituto de Segunda Enseñanza, hoy IES Mariano Quintanilla, D. Antonio Machado: «La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés». Frente a un mundo que premia el exabrupto, nos urge resucitar al aficionado cabal, ese capaz de ovacionar un gol por la escuadra aunque lo firme el adversario.

Buscar la verdad exige desenterrar virtudes olvidadas: la pausa reflexiva, la mente abierta y la audacia de admitir un «tiene usted razón». Es un esfuerzo colectivo donde toda certeza es provisional y el mayor logro consiste en dejar que un argumento limpio desmantele nuestra ignorancia.

«El propósito de abrir la mente, al igual que el de abrir la boca, es cerrarla sobre algo sólido». La advertencia es de G.K. Chesterton, un autor al que profeso una devoción inagotable y cuya urgente relectura recomiendo siempre. Los viejos escritores son un antídoto infalible contra la tontería contemporánea.

El catecismo del «mi cuñado dice» no es material sobre el que merezca la pena cerrar la boca. Enfrentarse a la propia ignorancia exige el incómodo trance de callar, dudar de uno mismo y salir a buscar algo más consistente en el lugar adecuado: en libros que dinamiten nuestros dogmas, en datos asépticos que arruinen nuestro relato y en adversarios que razonen con honestidad. La verdad reclama rigor, estudio, tiempo y la decencia para admitir la derrota argumental.

Mil ejemplos ilustrarían esta deriva, pero déjeme detenerme en uno reciente y cercano: el asfaltado provisional de la calle San Agustín. Es natural que la estampa sorprenda al paseante y que excite la opinión ciudadana, tan libre como necesaria; nada más lejos de mi ánimo que censurarla. Sin embargo, convendrá conmigo en que pocos conocen a fondo los laberintos burocráticos de Patrimonio que condicionan cada adoquín o ladrillo que se mueve en nuestra ciudad. A menudo se ignora la urgencia técnica de una intervención, su carácter estrictamente provisional o el complejísimo vía crucis de normas, leyes, procedimientos y protocolos que un Ayuntamiento debe sortear para estampar una sola firma y sacar adelante un pliego administrativo.

Gobernar una ciudad histórica exige encajar un complicado rompecabezas institucional y financiero que rara vez trasciende a la calle. Por ello, aplicándome el cuento, reservo mi dictamen y propongo tomar este caso como un modesto ensayo de prudencia cívica. Demos una oportunidad a la pausa y al sano interés por conocer las circunstancias y las razones de la administración antes de dictar sentencia. Vale la pena aguardar un rato, al menos hasta asomarse al expediente, para evitar que nuestra prisa termine asfaltando la verdad.

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