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La Procesión del Silencio de La Granja

por Elena Martínez Piedra
30 de marzo de 2026
Javier Ruiz.

Javier Ruiz.

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La Procesión del Santo Entierro o del Silencio del Real Sitio de San Ildefonso, ha sido recientemente declarada Fiesta de Interés Turístico Regional, un reconocimiento que pone en valor una tradición con más de tres siglos de historia y profundamente arraigada en la vida del municipio. Esta distinción no solo refuerza su proyección turística, sino que reconoce el esfuerzo de generaciones que han sabido conservar intacta una de las expresiones más auténticas de la religiosidad popular en Castilla y León.

Los orígenes de esta celebración se remontan al siglo XVIII, cuando la monarquía impulsó la vida religiosa del Real Sitio mediante la creación de cofradías y actos litúrgicos. La que puede considerarse como la primera procesión documentada estuvo vinculada a la Real Archicofradía Sacramental de las Ánimas Benditas del Purgatorio, hoy extinta, y puede situarse en torno al año 1724. Su finalidad era orar por la salvación de las almas de los difuntos. Estas primeras manifestaciones penitenciales sencillas y profundamente simbólicas constituyen el germen de la actual procesión de Viernes Santo. Sin embargo, uno de los episodios más significativos en la consolidación de la procesión tuvo lugar en 1753, en un contexto de grave sequía. Ante la desesperación, se decidió sacar en procesión al Cristo del Perdón y a la Virgen de los Dolores como acto de rogativa. Ese mismo día comenzó a llover, hecho que marcó profundamente la devoción popular y dio origen a la actual Hermandad de la Real Esclavitud del Santísimo Cristo del Perdón y de la Virgen de la Soledad. En 1759 se incorporó la Virgen de la Soledad. Desde entonces, ambas imágenes procesionaron juntas cada Viernes Santo hasta 1804. En este año se decidió sustituir al Cristo del Perdón, que en definitiva es un Cristo Resucitado, por el Santo Sepulcro.

Elena Martínez Piedra.
Elena Martínez Piedra.

A lo largo del tiempo, la procesión ha ido incorporando elementos que hoy forman parte de su identidad. En 1763 se documenta la talla de los conocidos “San Juanines”, pequeñas imágenes del Niño Jesús y san Juan Bautista que, desde entonces, son portadas por niños, manteniendo viva una tradición que simboliza la continuidad generacional de la fe. Un año después se introdujeron instrumentos como trompetas y tambor, enriqueciendo el acompañamiento procesional.

Otro de los elementos más singulares es la columna de madera del siglo XVIII, portada por un penitente durante todo el recorrido sin poder apoyarla en el suelo. Este símbolo, heredado de antiguas procesiones como la del Calvario organizada por la Venerable Orden Tercera, constituye uno de los vestigios más antiguos que aún se conservan y aporta una carga simbólica única dentro del conjunto procesional.

Especial relevancia tiene también el origen de los penitentes, que se remonta a la Venerable Orden Tercera Franciscana. En el siglo XVIII, sus miembros acompañaban a los hermanos difuntos portando el hábito mortuorio, cruz y hachas de luz, en un ejercicio de recogimiento, humildad y caridad. Con el tiempo, esta práctica derivó en la figura actual del penitente del Viernes Santo, que recorre las calles en silencio portando cruces elaboradas artesanalmente. Cada cruz, hecha a medida y conservada durante toda la vida, simboliza una promesa, una petición o un acto de agradecimiento. La indumentaria de los penitentes se mantiene fiel a esa tradición. Visten hábito de sayal o paño, generalmente en tonos pardos o marrones, con escapulario y cordón franciscano. El rostro permanece cubierto por un velo o capucha que preserva el anonimato, reforzando el carácter íntimo y personal de la penitencia. Portan además coronas de mimbre, y realizan el recorrido descalzos, en señal de sacrificio. La uniformidad y sencillez del atuendo, unida al silencio absoluto, contribuyen a crear una imagen sobrecogedora que ha permanecido prácticamente inalterada con el paso del tiempo. Los hábitos marrones o pardos corresponden a los penitentes de la Venerable Orden Tercera, los negros con capucha a la Real Esclavitud del Cristo del Perdón y de la Virgen de la Soledad. Por último, los hábitos negros sin capucha son los de la Hermandad de los Dolores.

Hoy, junto a imágenes como el Cristo Yacente, la Virgen de la Soledad —obra de Luis Salvador Carmona— y el Cristo de los Alijares, los penitentes se han convertido en uno de los elementos más sobrecogedores y distintivos de la procesión. Su caminar lento, su anonimato y el absoluto silencio que los envuelve generan una atmósfera única que define la esencia de esta celebración.

Elena Martínez Piedra.
Elena Martínez Piedra.

Pero la Procesión del Silencio no se puede entender únicamente desde la historia o la tradición. Es, sobre todo, una experiencia íntima, profundamente personal, difícil de explicar con palabras.

Cuando termina la procesión, el pueblo recupera poco a poco su pulso habitual. Las calles vuelven a llenarse de voces, las luces sustituyen a la penumbra y la vida continúa. Pero algo queda suspendido en el ambiente, difícil de nombrar.

Ese algo se ha ido construyendo durante todo el recorrido, en pequeños instantes de una emotividad enorme: el silencio atronador que se hace cuando se abre la puerta de la Orden y comienzan a salir los primeros penitentes, capaz de poner los pelos de punta; las lágrimas de muchas personas al ver salir a la Virgen de la Soledad con su imponente manto desde la iglesia de Nuestra Señora del Rosario; la sobriedad y el respeto con el que los costaleros, perfectamente indumentados, portan las imágenes; o ese momento sobrecogedor en la plaza cuando, de repente, todo se detiene y el silencio lo invade todo cuando, tras cantar el himno a la Virgen de los Dolores, los penitentes se ponen de rodillas al paso de las imágenes.

Son instantes que trascienden lo visible y que, especialmente para los vecinos de La Granja, tienen un significado profundo. Porque esta procesión es mucho más que un acto religioso: es la representación misma de la esencia del pueblo. Las cruces que portan los penitentes están hechas con madera del pinar de Valsaín; muchos de los hábitos y escapularios han sido cosidos por manos del propio municipio; y es difícil encontrar una familia que no tenga o haya tenido a alguien vinculado a la procesión, ya sea como penitente o como costalero del Santo Sepulcro, del Cristo o de la Virgen.

En esas dos horas de silencio está presente todo un pueblo: los que están, los que ya no están y los que vendrán. Cada penitente no carga solo con su cruz de madera de roble, cerezo o álamo, sino con el peso simbólico de generaciones enteras que han mantenido viva esta tradición. Sobre sus hombros va la memoria colectiva, la fe heredada y el compromiso de seguir transmitiendo una forma de sentir que define a La Granja.

Porque, al final, la Procesión del Silencio no es solo lo que se ve. Es todo lo que se lleva dentro.

Javier Ruiz.
Javier Ruiz.

 

Nos acercamos al verdadero significado de esta procesión a través del testimonio de quien la vive desde dentro, un penitente que lleva muchas procesiones a sus espaldas:

“Ser penitente en la Granja es un honor y una experiencia muy gratificante a nivel personal. Unos lo hacen por devoción, otros por promesa, otros para dar gracias y otros por tener una nueva experiencia (cuidado, que engancha).
Todo comienza unas dos horas antes del inicio de la procesión, que acudimos a la capilla de la Orden Venerable Tercera de los Franciscanos de La Granja, depositamos nuestros bártulos en el mismo sitio de siempre. Los nuevos buscan su sitio, que suele ser al lado de sus amigos, de tal forma que casi todo el mundo mantiene su sitio, no porque sea de la propiedad de uno, sino que los grupos de amigos van cambiando de forma ordenada, despacio, a lo largo de la vida. Unos han cumplido su promesa, otros siguen, así, sin seguir una norma hay una perfecta armonía. Después esperas a que te nombren, sacas tu cruz, los que cargan a la izquierda las dejan en una parte del patio preparadas para cargar y salir. Los de la derecha hacen lo mismo y las depositan en el otro lado del patio.
Llega el momento de ponernos el hábito, se escucha un ligero ajetreo, todo el mundo preparándose para la procesión. Se reza un rosario. El ambiente de la Orden es prácticamente indescriptible, silencio, respeto, paz, sosiego, tranquilidad y respeto. Dicho ambiente deslumbra a los nóveles, ya que cuando hay misa, suele haber ambiente festivo (bodas y bautizos), dolor y pena (entierros) y en las misas normales hay cierto grado de rutina.
Terminamos el rosario, nos tapamos la cara con el velo, y salimos al patio. Se palpa tensión, ansiedad por salir. Llega el gran momento, se oye el cerrojo y una voz quebrada que todos la conocemos dice: Silencio y buena procesión.
Se abre la puerta, silencio sepulcral. Los penitentes comienzan a salir, los amigos intentan salir juntos agarrando la parte de atrás de la cruz del compañero. A unos les gusta salir los primeros, y a otros nos da igual, salimos cuando no hay aglomeración en la salida.
Ya está, caminas hasta la puerta y…ya estás sólo, con tus pensamientos, tus emociones y tus sentimientos. De nada importa el tamaño de la cruz, de nada importa salir descalzo, sólo importa tu fe, tus convicciones, tu filosofía y tu trayectoria en la vida. Todas estas circunstancias hacen que en esas dos horas seas tú mismo, con tus imperfecciones. Meditas, meditas, y disfrutas.
Llega el final, la plaza, la despedida de los Pasos. Para mí uno de los momentos más emotivos, se acaba tu introspección. Nos colocamos de forma estratégica para arrodillarnos e intentar no molestarnos. Otra vez se oye una voz que rompe el silencio: ¡Penitentes! ¡de rodillas! Momento de esfuerzo, de técnica y a veces divertido; a uno le golpea la cruz en el banco y no puede bajar, a otro se le enredan los faldones del hábito, otro se queda clavado de rodillas después del esfuerzo. Se despide a los pasos; El Cristo de Los Alijares, El Cristo Yacente y La Virgen de La Soledad. Entramos en la Orden, dejamos la cruz y nos vestimos de calle, los compañeros te saludan, se despiden, y sólo queda ir a ver los Pasos en la iglesia, y reunirte con la familia, con los amigos. Todos comentan la procesión en lo superficial, si ha sido larga o corta, si hacía frío, pero nadie comenta lo que ha sentido, es difícil, es para sentirlo”

Firmado: Un penitente anónimo

Javier Ruiz.
Javier Ruiz.
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