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El número de Dunbar: el límite a la amistad entre humanos

por Miguel López
29 de marzo de 2026
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Las redes sociales se han apoderado de grandes cantidades del tiempo humano y lo han conseguido en tiempo récord. Los jóvenes españoles dedican tres horas diarias a esa forma de relacionarse, según varios estudios, si bien con frecuencia se rebasa ampliamente ese tiempo. Las redes estimulan de forma personalizada el incremento de “amigos” que acumula cada usuario y muchos adolescentes se obsesionan con elevar sus “contactos” o “seguidores”, sintiendo ansiedad o tristeza si no lo consiguen. Pero esta sed de sociabilidad choca frontalmente con el llamado “número de Dunbar”: el límite biológico de afectos reales que puede reunir un humano.

Parece mentira la rapidez con la que las redes sociales han acaparado la atención de los seres humanos. Esas plataformas digitales condicionan hábitos de consumo, modelan emociones, marcan comportamientos o deciden elecciones políticas, a pesar del poco tiempo transcurrido desde que irrumpieron en la escena social a lomos de la era digital.

Facebook nació en 2004 y desembarcó en España tres años más tarde, pero en menos de veinte años ya acumula entre 27 y 33 millones de usuarios, según distintas fuentes. YouTube cumple durante 2026 veinte años en nuestras pantallas y suma, según informa IPMARK, 39,7 millones de usuarios en España (el 86 % de los internautas), mientras que Twitter se implantó en la península ibérica en 2008 y hoy ronda los 10 millones de usuarios activos mensuales bajo el nombre “X”.

Son más recientes Instagram y TikTok, con penetración tremenda entre jóvenes de 16 a 34 años. La primera, controlada por Mark Zuckerberg (también hombre fuerte de Facebook y uno de los timoneles de la Inteligencia Artifical), está presente en la piel de toro desde 2011 y supera los 37 millones de usuarios mensuales. Por su parte, TikTok cumple ahora la primera década en España y celebra sus 23 millones de usuarios activos al mes. Los datos resultan abrumadores y no admiten comparación con otras formas de relación social, como por ejemplo la política o el sindicalismo. Se calcula que el Partido Popular ronda los 800.000 afiliados y que el PSOE supera los 160.000. Si el contraste se traslada a los sindicatos, las veteranas asociaciones de trabajadores españoles suman unos 2,7 millones de miembros (una décima parte de Tik Tok).

Está claro que algo hay en los humanos que incita a relacionarse con semejantes y no semejantes, por vías naturales o electrónicas. El psicólogo Matthew D. Lieberman (autoridad mundial en neurociencia cognitiva social) ha investigado la necesidad de conectarse de las personas y sostiene que los humanos están “programados” para conectar. Para el investigador, la búsqueda de acercamiento social no anda muy a la zaga de necesidades como la comida o el refugio. Los cerebros indagan sobre otras personas y practican técnicas de proximidad. Con mayor o menor fortuna, la persecución de la amistad es uno de los grandes vectores del comportamiento humano.

Y ese es precisamente uno de los negocios que mueven las redes sociales, máquinas que gestionan datos ofrecidos generosamente por los usuarios a algoritmos diseñados para atrapar el deseo de atracción que albergan las personas. Las redes pescan en ese afán inagotable que impele a muchos individuos a sumar relaciones afectivas, ya sean amores, contactos o amistades. Las plataformas transforman la mera conexión en sensación de amistad muy creíble. La banalización de los afectos se canaliza a través de mediciones de interacciones (“likes” o corazoncitos, recompensas emocionales y descarga de dopamina) en lugar de apoyo auténtico, tangible y analógico. Las citadas plataformas dominan cada vez más el tiempo, como se ha visto, pero crean más «conocidos» o registros de conexión que verdaderos amigos, porque una cosa es facilitar la interacción inicial y otra muy distinta forjar lazos profundos y duraderos.

La febril búsqueda de reconocimiento social, que muchas veces evidencia baja autoestima, choca con la tesis del antropólogo británico Robin Dunbar sobre los límites del número de amigos reales que puede gestionar un humano. Las redes pueden estimular hasta el paroxismo el deseo de conexión social, pero es un espejismo, según las investigaciones publicadas hace décadas por este científico.

Robin Ian MacDonald Dunbar (Liverpool, 1947) es una figura influyente en el estudio contemporáneo de los comportamientos sociales. Al igual que se asocia a Einstein con la fórmula E=mc2, el nombre Dunbar se vincula a una cifra concreta: 150. Esos tres números, y en ese orden, han proliferado en multitud de debates en psicología evolutiva, sociología, antropología e incluso en el propio diseño de redes sociales. El guarismo 150 es el “número de Dunbar” y plantea que existe un límite cognitivo para la cantidad de relaciones sociales estables que es posible mantener al mismo tiempo.

Robin Dunbar, hijo de un ingeniero, estudió en Magdalen College (Universidad de Oxford), uno de los centros más prestigiosos en investigación biológica. Aprendió con lumbreras de la biología evolutiva y la etología, como Nikolaas Tinbergen y Richard Dawkins. Inicialmente se centró en zoología y comportamiento animal, disciplinas que le inclinaron hacia el estudio comparado entre humanos y otros primates. Tras consolidarse como investigador y escritor científico, en los años setenta y ochenta trabajó en la Universidad de Cambridge, la de Bristol y en el University College London, destacando por sus investigaciones sobre la organización social de primates. Ya en 1994 fue profesor de psicología evolutiva en la Universidad de Liverpool hasta que regresó en 2007 a Oxford para dirigir el Instituto de Antropología Cognitiva y Evolutiva.

Pero la contribución más conocida de Dunbar se remonta a principios de los años noventa del siglo XX. Publicó entonces un estudio que relacionaba el tamaño del neocórtex de los primates con el volumen de sus grupos sociales. El análisis comparativo de especies estableció que los primates con cerebros más grandes pueden mantener grupos sociales más numerosos y complejos. Dunbar extrapoló el modelo a los humanos. Utilizó datos de 38 géneros de primates y aplicó modelos de regresión. Así calculó que el tamaño medio de un grupo social humano estable sería de aproximadamente 147,8 individuos, cifra que luego redondeó a 150.

La hipótesis de Dunbar plantea que el cerebro humano solo puede gestionar de forma eficaz un número limitado de vínculos sociales significativos. El investigador comparó esta predicción con evidencias históricas y antropológicas, como el tamaño de aldeas agrícolas neolíticas; el número de soldados en unidades militares romanas o modernas, o el tamaño de comunidades religiosas, entre otras. Muchas veces tales agrupaciones tendían a situarse en ese mismo límite cercano a 150 miembros.

También explicó que las relaciones sociales se organizan en “capas” concéntricas de intimidad. En el centro existe un núcleo muy reducido (unas cinco personas) que forman el círculo de mayor confianza emocional; en un segundo nivel aparecen cerca de diez personas con las que se mantiene contacto frecuente; luego se sitúan grupos de 50, y finalmente el círculo completo ronda las 150 relaciones sociales, incluidas amistades y conocidos estables. Como escribe Lewis Dartnell, “dentro de cada círculo las cantidades parecen permanecer bastante constantes, de manera que, si hacemos un nuevo amigo, tendemos a perder el contacto con uno antiguo al que llevamos tiempo sin ver. Esta estructura estratificada de nuestras redes sociales se ha identificado en distintas sociedades modernas y queda patente en a quiénes llamamos o enviamos SMS y con qué frecuencia”. Por tanto, si el tiempo de vigilia es limitado y también lo es el número de amigos reales, las horas diarias dedicadas a las redes sociales se detraen necesariamente del tiempo dispensado a los seres cercanos realmente importantes.

La aceptación generalizada (pero no unánime y con reservas metodológicas) entre la comunidad científica de este modelo ha extendido su uso para estudiar redes sociales digitales, organizaciones laborales y estructuras comunitarias. También se ha difundido a través de series de televisión como The Big Bang Theory, Black Mirror o Sherlock, entre otras.

El número de Dunbar se ha utilizado para analizar la dinámica de plataformas digitales, donde el número de contactos suele superar ampliamente el límite teórico fijado por el antropólogo. En otras palabras, rebasar los 150 amigos o contactos equivale a tener lleno hasta arriba un vaso de agua y seguir vertiendo líquido inútilmente. Es verdad que las redes permiten mantener contactos más numerosos, pero queda establecido el límite de los que pueden implicar vínculos profundos.

Tres décadas después de su formulación, el número de Dunbar continúa siendo una idea muy potente en la antropología evolutiva. El concepto ha consolidado la hipótesis del cerebro social, porque el desarrollo cognitivo humano está muy vinculado a la complejidad de las relaciones sociales. La obra de Dunbar resalta que nuestra especie no solo evolucionó para pensar o fabricar herramientas, sino para convivir en sociedades densas de relaciones personales. Comprender los límites y mecanismos de esas relaciones permanece como uno de los desafíos centrales de las ciencias sociales y biológicas. El contraste entre la hiperconexión que ofrece el mundo digital (miles de contactos y comunidades digitales por doquier) y las investigaciones que limitan a unos humildes 150 vínculos significativos debería resaltarse, dadas las ingentes cantidades de tiempo que se pierden en el sumidero de las redes sociales. En Facebook o LinkedIn es posible amontonar miles de contactos, pero Dunbar responde que esos vínculos digitales no contradicen su teoría: muchas conexiones no representan relaciones profundas. Según su perspectiva, la tecnología puede ampliar la comunicación, pero no cambia las limitaciones cognitivas del cerebro humano.

En definitiva, en medio del ruido de los contactos digitales, la vida social de cada lector de este diario gira alrededor de un pequeño núcleo de amigos, familiares y conocidos, un círculo limitado, íntimo y profundamente humano. Ese límite no lo marca la tecnología ni la cultura, sino la arquitectura misma de nuestro cerebro. De esa forma, el tiempo destinado a las redes sociales supone privarse de afectos auténticos y equivale a comer chopped, relegando el Jamón 5 Jotas para el escaso tiempo libre que dejan las redes.

Un prolífico divulgador científico

Robin Dunbar ha explorado la evolución del cerebro social, la amistad, el lenguaje, la religión y las estructuras de cooperación humana durante su carrera académica. El antropólogo también ha destacado por sus magníficos libros y artículos de divulgación científica. Entre sus primeras obras se puede destacar Primate Social Systems (1988), dedicado a la organización social de los primates y sus implicaciones para la evolución del comportamiento humano. Más adelante, en Grooming, Gossip and the Evolution of Language (1996), Dunbar propone la “hipótesis del cotilleo”: el lenguaje humano ha evolucionado como una forma de “acicalamiento vocal” que reemplazó al acoso sexual físico típico de otros primates. Así, el intercambio de historias y rumores ha servido para reforzar vínculos sociales dentro de grupos cada vez más numerosos. Ese mismo año publicó The Trouble with Science (1996), ensayo sobre el funcionamiento del sistema científico y los conflictos entre investigación, política y opinión pública.

Robin Dunbar

Su obra más popular se titula How Many Friends Does One Person Need? (¿Cuántos Amigos Necesita una Persona?), de 2010, donde examina la teoría del número de Dunbar y su relación con la amistad, el amor, la cooperación o la religión. En Human Evolution (2014), el antropólogo analiza la evolución humana y la interacción entre cerebro, cultura y comportamiento.

La exploración que aborda en Friends: Understanding the Power of Our Most Important Relationships (2021) se centra en el papel de la amistad en la salud, la felicidad y la supervivencia, sosteniendo que la calidad de las relaciones sociales puede influir incluso en la esperanza de vida, examinando el papel de la amistad en la salud física y emocional.

Entre las obras más recientes están How Religion Evolved (2022), donde afronta el origen evolutivo de las prácticas religiosas y su función en la cohesión social de las comunidades humanas, y The Social Brain (2023), dedicado a la hipótesis del cerebro social y su relación con el funcionamiento de grupos humanos complejos.

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