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Un universo lleno de estrellas

por Sergio Casado
29 de marzo de 2026
Clara Bow, estrella del cine mudo, en una imagen de 1926.

Clara Bow, estrella del cine mudo, en una imagen de 1926.

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No soy un personaje real porque no sé vivir en la realidad. Miro a los que están a mi alrededor y veo que ellos sí que saben. Yo, mientras, perdido en mi observatorio o en mi cine, creo parecerme a Colin Firth y Emma Stone ante la inmensidad del infinito, del firmamento, en la estupenda “Magic in the moonlight” de Woody Allen, una de esas películas del neoyorkino tan poco valoradas.

Las estrellas. Me giro y le pregunto a Elena si elige a Paul Newman o Robert Redford. ¿Cuál escoges? Ella bromea: Paul Redford. Luego nombra a Leonardo DiCaprio y Tom Hanks, pero ya no está tan convencida como con Paul Redford.

Recuerdo “Blonde” y le sugiero a Marilyn. “Claro”, dice ella.

¿Son sólo actores y actrices? No. Son estrellas fugaces, cometas, asteroides, galaxias con millones de estrellas, lunas, planetas orbitando. Telescopios. ¡Muchos telescopios, por favor! Y telescopios no terrestres, como el Hubble o el poderoso James Webb, para ver mejor, para mirar mejor.

Carl Sagan, el de “Contact” entre otros trabajos, nos dijo que hay millones de galaxias, incluso un billón, y que dentro de una galaxia hay a veces miles de millones de estrellas, incluso un billón. Es imposible dar una cifra para los millones de planetas.

Y todos somos cineastas, cada uno a su modo. Hay pues millones de estrellas de cine, fugacísimas o duraderas.

¿Por qué un recién nacido puede morir? Una estrella tan joven. Es el sinsentido de cada día, del fanatismo y la guerra. Es imprescindible ponernos a valorarlo, reflexionar, intentar mejorar como especie. Y el cine es una posible respuesta, frágil, quizá insensata. Halos luminosos de estrellas que fueron, de otras que vendrán.

Pero me desvío. Además de Elena, Vivas Plá nombra a Gary Cooper, Marlon Brando, Ingrid Bergman y Katharine Hepburn. Y dice que una estrella predilecta es Gena Rowlands. Rubén dirige el telescopio a otra constelación: “Cuando pienso en estrellas es fácil recordar las grandes estrellas del cine clásico, del glamour de Hollywood, pero por lo que nos tocó vivir vienen a la cabeza los monstruos del Planet Hollywood, Arnold, Stallone y Willis y las muchas horas de diversión que nos dieron de niños.”

Marty 1955 1

En el estupendo libro de “Historia del Cine” publicado por Blume, ya en las primeras páginas se refieren a las estrellas de cine. Sí, ahí están las primeras divas: “Algunas de las nuevas estrellas tenían méritos dramáticos, significativos, como Mary Pickford, veterana de la escena teatral que se convirtió en la primera estrella cinematográfica poderosa, mientras que otras, como Marion Davies o Louise Brooks, habían sido bailarinas en producciones picantes de Broadway como las Ziegfeld Follies.”

Ellas miran las estrellas masculinas y nosotros las femeninas. O es mejor mirarlas todas, girar el telescopio a toda velocidad. Luego está esa reunión de estrellas en una misma galaxia (la película).

Estrellas. ¿Por dónde empezar? ¿Por qué época?

Empiezo por Ramón Perdiguer. No sé si ya lo conté. Era un cinéfilo que conocí al que no le gustaba perderse ni una película, que leía sobre cine, que escribía. Cuando hice un pequeño libro sobre el cine de Adolfo Aristarain, Ramón vino al cine a felicitarme y a decirme que se había leído el libro. Me invitó a su estudio, donde había cientos de libros y documentos que atrajeron mi atención, pero abrumaba un gran retrato, quizá del tamaño de una puerta o dos puertas, no recuerdo bien. Era algo espectacular. Greta Garbo. Me detuve ante el retrato. Sí, sí, recordaba aquella película que había visto de joven, muy joven, “La reina Cristina de Suecia”. ¿Qué tenía Greta Garbo que se convertía fácilmente en reina? ¿Había existido alguna vez Greta Garbo? ¿O era, poco a poco, una imaginación?

Me sigo viendo a mí mismo ante el retrato de Garbo. Apenas sé nada de ella. Miro en el Blume a ver si encuentro algo. Un capítulo se llama “Ha nacido una estrella”: “Cuando Greta Garbo quería que la dejaran en paz no era la única. A medida que las estrellas se convirtieron en el mayor producto de Hollywood, el público empezó a querer más información sobre sus vidas personales.”

Claro. Seguramente Perdiguer quería saber más y más de ella, tenerla ahí al mayor tamaño posible. No quería disimularlo. Estaba orgulloso de su estrella. La amaba, la adoraba. Ella era suya.

“La Casa del Cine”. Sí, sí, existía. O todavía existe, en la red. Los padres de un amigo mío habían abierto una tienda que tendría miles de fotografías y postales de estrellas, cartelería, libros, muchos libros de cine. Y los cinéfilos acudían allí religiosamente. Ya aquello pasó, aquel cine. Hoy las estrellas del pasado y las actuales, más imágenes y toneladas de información pueden encontrarse en la red, en la que todos o casi todos hemos caído.

Los adolescentes cubrían sus carpetas con músicos o con estrellas del cine. A veces, incluso, la misma estrella lo era de la música y el cine, como Frank Sinatra o Elvis. O nuestro Raphael en sus exitosas películas.

¿Hubo un Big Bang en el cine, como en el inmenso universo? Quizá en la pintura, en la fotografía o en el zoótropo.

Dorothy McGuire en La escalera de caracol, de Robert Siodmak, 1946.
Dorothy McGuire en La escalera de caracol, de Robert Siodmak, 1946.

Me estoy preguntando si las mayores estrellas pudiesen ser James Dean, Bogart, Marilyn, John Wayne o Audrey Hepburn mientras en mi mesa tengo varios libros con los que me distraigo. Me encuentro un par de versos de Antonio Machado: “(…) y la noche azul ardía/ toda sembrada de estrellas”.

A los pocos días de escribir esto y leer a Machado no acabo de encontrar acomodo escrito para mi divagación cuando aparece “Marty”. Estoy viéndola solo y ya hace años que no me encuentro cómodo viendo películas solo. Cambié. Ya no me importa tanto la película que veo y sí con quién la veo. A lo que iba. “Marty” es una película de 1955 y de nuevo aparece la grandeza del cine para originar un lapso en el que escapamos de la realidad con nuestro telescopio. Y aparecen las estrellas fugaces, como esta película. Esta película existió, existe. Claro, esta escondida, olvidada, pero no hoy para el catalejo. Cómo brillan esas estrellas fugaces de Ernest Borgnine y Betsy Blair. Es una película sobre la soledad, la tristeza, pero también sobre el azar y la esperanza. Te la recomiendo, lector. Borgnine y Blair están vivos, sí, están vivos. Ambos esperan algo en el azar de “Star dust”, el salón de baile decisivo en sus vidas. El polvo de estrellas.

Chaplin, claro. Charlot. ¿Cómo sería en su tiempo ver, asistir al estreno de una de sus películas? ¡Y del mudo al sonoro! Una estrella del cine podía hablar. Nacían estrellas de nuevas galaxias, como Clara Bow, Rodolfo Valentino, Douglas Fairbanks. Ahora son una vaga luz. ¿Quién les recuerda? ¿Qué destino les espera?

A veces las estrellas son niños, otras son animales o criaturas como King Kong. Otras veces son personajes irresistibles como Drácula o Frankenstein. Otras veces lo es una película inmensa, inaudita, inabarcable como “Lo que el viento se llevó”. La película era una galaxia y los cines estaban repletos. Cine en color para que brillaran las deslumbrantes estrellas como Clark Gable y Vivien Leigh. El “star system”, el sistema estelar.

Quién recuerda. Quién recuerda. ¿Quién recuerda a Cary Grant? El libro de Blume le sitúa como estrella de los años 30 y 40 pero su brillo continuó. Blume dice: “Cary Grant personificaba la sofisticación de Hollywood, aunque su verdadero nombre era Archibald Leach, había nacido en la clase obrera de Londres y empezó su carrera como acróbata. Sus mejores papeles desplegaban su destreza física y su impecable ritmo cómico. Conocido por su mezcla de rápido ingenio y humor mordaz, forzó las reglas de la censura, pero siempre mantuvo una imagen de caballero.”

Me mareo. Fred Astaire y la irresistible Ginger Rogers. Marlene Dietrich es infinita en su alfombra fantasía. Abismo. Vértigo. James Stewart y Donna Reed en Navidad, porque qué bello es vivir. O no.

Estoy viendo “Misión de audaces”. 1959. John Wayne es una estrella sin contemplaciones. El viaje. Nuestros viajes. Actos de presencia. Elena sonríe si le pregunto si recordarán a Wayne. Mientras, el coronel Marlowe y el médico Henry Kendall se adentran en territorio enemigo, el Sur.

Me quedo soñando y me desanimo, así que interrumpo la escritura. No sé si lo que escribo vale algo y dejo el pilot en la mesa. En la plataforma cercana veo el título de una película, “La escalera de caracol”, de 1946, Robert Siodmak. La película se inicia con la joven protagonisma admirando una proyección de cine mudo, entregada, fascinada. Ella mira cine y ahora nosotros la miramos a ella. Pronto averiguamos que es una mujer muda, lo que nos sitúa también a nosotros, en cierto modo, ante una película muda. Dorothy McGuire brilla. Su estrella brilla. Nosotros, al verla a ella, en cierto modo estamos “recordándola”. Llama, como diciendo, fíjate en mí. Existimos. Queremos estar vivos.

Rafael Alonso y Fernando Fernán Gómez en El Abuelo, de José Luis Garci, 1998.
Rafael Alonso y Fernando Fernán Gómez en El Abuelo, de José Luis Garci, 1998.

El caso es que yo me he fijado en Dorothy McGuire. El plan ahora es no olvidarla. Como escribiendo aquí. Quizá algún lector adelantado descubra su McGuire particular. Seguro. En este viaje espacial no podemos llegar a todo. Podemos hacer un imaginario viaje de películas, de estrellas, o bien quedarnos orbitando en un planeta estudiando sus aguas, sus minerales, sus montañas, sus habitantes.

A veces se cumplen aniversarios. Tal año de nacimiento o muerte de un actor o actriz, o el centenario de una película. Es una gran idea la de los aniversarios. Es como con el cometa Halley pasando por nuestro mundo cada 75 años. Recuerdo ser un chaval y escuchar la matraca del Halley. Seguramente los astrónomos no perdían detalle. ¿Cuándo volverá a pasar?

En fin, que están los aniversarios y los cometas y los agujeros negros que se lo tragan todo. No queda ni rastro tras ellos. Son terribles, ¿la muerte? ¿Qué sentido tiene el “como si no hubiera existido”? Quizá lo mejor es no pensar que son indestructibles, abrumadores. ¿Y qué podemos hacer? ¿Qué hacer ante el desánimo, la depresión?

Resistencia. Pelea y no bajar los brazos, recordar a los nuestros, a Emma Penella o Fernando Fernán Gómez o Paco Rabal o María Luisa Ponte, magnífica, brillante. Olvidar el olvido, la desmemoria. Volver a los estantes en que tenemos nuestras películas, los libros de cine, los cines y sus butacas, destartalados o desaparecidos. Pasamos delante de una fachada y decimos: “¡Aquí había un cine!”.

No sé la razón de ser como soy. Me parezco poco a los míos, creo yo. Ellos son sensatos, saben moverse perfectamente en la realidad, la dominan. Yo no domino nada. Yo necesito el cine como una transfusión. Como mi padre con el cine del Oeste: ve las películas una y otra vez.

William Holden como Pike Bishop, en Grupo salvaje, de Sam Peckimpah, 1969.
William Holden como Pike Bishop, en Grupo salvaje, de Sam Peckimpah, 1969.

¡Nuestras estrellas! ¡Nuestras estrellas! Sí, sí. Ahí quería yo llegar. Nuestras estrellas son los nuestros, los que tenemos al lado. Tenemos un momento, el momento actual antes de que nos trague el agujero negro. En ese momento estamos nosotros y ellos. Nos filmamos, nos fotografiamos, nos dibujamos, nos escribimos. Nos recordamos. La familia, los amigos… ¿hay algo más? El deseo de hacer un mundo mejor del que nos encontramos. Un deseo cristiano. Y yo no soy religioso, pero necesitamos ese deseo cristiano. Un deseo para pedir a las estrellas.

Y me despido con una película, la de la región perdida. William Holden, el de ojos azules, el médico de “Misión de audaces” se mueve a territorios Peckinpah. La película es “Grupo salvaje”. ¿Un grupo? ¿Qué grupo? El lector tendrá que averiguarlo en esa extraordinaria película del Oeste. Cuando el cine es a corazón abierto, sobre dar la espalda, sobre un villano que parece estar por todas partes, asfixiante, me detengo procurando un segundo de serenidad al mirar por el catalejo y observar el agujero negro.

Yo confío en las estrellas, aquí en Holden, Oates, Borgnine… Pintemos el firmamento con estrellas. ¡Esperadme!

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