Tenía yo diez años cuando nos conocimos. Mi recuerdo, Pablo, permanece desde aquel día, domingo, que junto a Isaac, Ángel… y algunos compañeros más del grupo de las Congregaciones Marianas, llegaste a la pequeña iglesia de San Marcos, para impartir catequesis a los peques del barrio. A todo aquel ‘equipo’ de futuros adolescentes nos enseñante, también, a competir. El grupo de las Congregaciones, repartidos por las parroquias de la ciudad para un mismo fin, organizó competiciones de fútbol. Jugábamos los partidos en el pequeño patio de tierra en la Plazuela de Colmenares, junto a la iglesia de San Juan, que era el lugar de residencia de los Jesuitas, tras su regreso después de su segunda expulsión. Para nosotros, los peques, era toda una fiesta. Quién me iba a decir a mí…
Luego, para completar la gran labor de enseñar, los que formabais aquel grupo, tras el permiso concedido por D. Alberto, nuestro párroco, llevasteis vuestro compromiso con el barrio a sacar en procesión al Cristo de la parroquia. Una gran iniciativa que ha perseverado en el tiempo con personas nuevas e implicadas a través de la Cofradía. Fue un gran trabajo el vuestro.
El paso de los tiempos. Los niños que se hacen mayores. Los caminos de la vida… y sin embargo, Pablo, no perdimos la amistad. Y un día del año 1969 -hacía ya años que trabajabas en El Adelantado –‘nuestro periódico’-, me atreví a echar mano de la amistad para pedirte que me publicaras una colaboración sobre temas deportivos. Fue la amistad, que no la narrativa, la que me permitió abrir un nuevo camino al andar. Luego, pasada otra ‘parcela’ de años, siendo como eras redactor de deportes, me ofreciste escribir las crónicas de los encuentros de equipos segovianos.

Los años se sucedieron. Fuiste director del periódico. Yo estaba allí aprendiendo. La amistad continuaba. No hubo ‘tirón de orejas’ nunca… trabajar a tu lado fue un premio. Pusiste en mí tu confianza y nunca me salí del camino. Aprendí contigo desde pequeño con tus enseñanzas de vida y me contagié del periodismo trabajando a tu lado.
Ahora, cuando la vida, tu vida, ha llegado a su fin, me queda la gran satisfacción de haber compartido contigo una buena parte del camino. Has sido Pablo, te lo digo de corazón, buena gente. Permíteme que me despida con aquellos versos que José Feliciano escribió y nos dejó:
Ya mis amigos se fueron casi todos / Y los demás se irán después de mí / Es una pena porque era feliz en su compañía / Pero todo pasa, todo se va.
Con un abrazo sincero y el orgullo de haberte tenido como enseñante, maestro y, sobre todo, amigo.
